Si alguna vez recibiste comentarios negativos, sabés lo estresante que pueden resultar. Tal vez no tenés claro cómo interpretarlos, cómo volverlos útiles o cómo evaluar si realmente se alinean con tus valores. Esa incertidumbre te deja dando vueltas y puede hacer que dudes de vos mismo incluso después de que la charla terminó.
La situación se complica todavía más si ya sufrís el síndrome del impostor o cargás con inseguridades. Cuando ponés en duda tu propio valor, cualquier crítica golpea directo en una confianza que ya viene frágil. Aunque la intención sea ayudarte a crecer, muchas veces esos señalamientos refuerzan esa voz interna que insiste con que no encajás.
Incluso si el comentario llega con cuidado y buenas formas, la retroalimentación negativa activa la respuesta de lucha o huida. El cerebro no distingue con claridad entre una amenaza social y una física. Por eso, un señalamiento crítico puede disparar el mismo mecanismo de supervivencia que se pondría en marcha si te cruzaras con un oso en el bosque.
La retroalimentación negativa puede volverse todavía más irritante cuando es vaga o apunta directo a tu identidad. Si sos una persona de alto rendimiento y te importa de verdad la calidad de lo que hacés, cualquier devolución que no sea excelente se siente como un golpe bajo.
Frente a ese escenario, conviene frenar y ordenar las ideas. Hay cinco estrategias que pueden ayudarte a responder con más confianza y claridad.

Apretá el boton de pausa
Como la retroalimentación negativa suele activar la respuesta de lucha o huida, conviene hacer una pausa antes de contestar. Bajo estrés, la corteza prefrontal pierde eficacia y eso complica el pensamiento estratégico y la capacidad de expresar con claridad tu punto de vista. En ese contexto, es lógico que se te trabe la lengua en una charla con tu jefe.
Unas cuantas respiraciones lentas y sostenidas alcanzan para calmar el sistema nervioso y abrir un espacio entre lo que escuchás y tu reacción. También puede que necesites más tiempo para procesar lo que te dijeron. En ese caso, es válido plantearlo con claridad: "Me gustaría pensarlo un poco. ¿Podemos volver a conectarnos más adelante esta semana?". Ese margen te permite responder con reflexión, en lugar de reaccionar a la defensiva.
Pedí ejemplos concretos
Las evaluaciones de desempeño muchas veces arrastran inconsistencias, sesgos y hasta cierto temor a decir las cosas de frente. Según un estudio de Gallup de octubre de 2024, apenas uno de cada cuatro empleados afirmó que recibe devoluciones realmente valiosas de sus compañeros de trabajo.
Si la retroalimentación te suena vaga o incompleta, tenés derecho a pedir mayor claridad. Solicitar ejemplos específicos no implica confrontar, sino buscar información concreta que te permita entender qué pasó y qué podés mejorar.
Si te dicen: "Necesita mejorar su liderazgo", pedí precisiones. Podés responder: "¿Podría compartir una situación en la que haya sentido que mi liderazgo fue deficiente? Me gustaría comprender mejor el contexto". Los ejemplos concretos te permiten detectar patrones y evaluar si realmente hace falta un cambio.

Entender cuál es el verdadero problema
En un artículo para la Asociación Americana de Liderazgo Médico, Marcus Buckingham y Ashley Goodall plantearon que la evaluación de un gerente muchas veces refleja sus propias preferencias y rasgos. Si tu jefe afirma que sos demasiado directo, tal vez esa observación hable más de su incomodidad con la comunicación frontal que de una falla real en tu desempeño.
Para entender qué está realmente en juego, vale la pena que te hagas algunas preguntas:
- ¿Cómo impacta esto en mi rendimiento?
- ¿Qué cambiaría si hiciera más o menos de esto?
- Si aplicara este cambio, ¿qué habilitaría que hoy no sucede?
Esas preguntas te permiten detectar si la devolución apunta al impacto de tu trabajo, a una preferencia personal de quien la hace o a un tema de alineación.
Nombrá tus valores
La retroalimentación muchas veces refleja los valores de quien la da. Cuando esos valores chocan con los tuyos, aparece una tensión interna. Por ejemplo, si sos más bien introvertido y tu jefe es extrovertido, puede que te impulse a hablar más seguido o a ocupar mayor espacio en las reuniones. Muchos profesionales cuentan que este tipo de comentarios les genera ansiedad, porque lo viven como un pedido para cambiar su forma de ser.
Si sentís que la devolución contradice tus valores, poné en palabras lo que es importante para vos. Podés decir: "Suelo procesar la información antes de hablar porque quiero que mis contribuciones sean reflexivas e intencionales". Cuando explicás tus motivaciones, le das a tu jefe más contexto y abrís la puerta a un intercambio mucho más productivo.

Definí un plan
Los comentarios negativos incomodan porque tocan inseguridades. Sin embargo, no todos pesan lo mismo. Después de reflexionar, aclarar qué ocurrió y revisar si eso encaja con tus valores, llega el momento de decidir cómo vas a responder.
Si la retroalimentación marca una oportunidad de crecimiento relevante, armá un plan de acción. Usá los ejemplos concretos que reuniste para detectar en qué situaciones podés probar conductas distintas. Luego, retomá la charla para evaluar avances y ajustar lo que haga falta.
Si todavía dudás sobre si conviene actuar o no, mirá la fuente. ¿Es alguien a quien admirás y respetás? ¿Alguien a quien le pedirías consejo? ¿O se trata de una persona atravesada por intereses o preferencias propias que pueden teñir su mirada? Esa evaluación también forma parte de tu decisión.
Si la retroalimentación sigue dando vueltas en tu cabeza, buscá otras miradas. En vez de descartarla de entrada, contemplá la posibilidad de que marque un punto débil. Pedí la opinión de colegas o mentores de confianza antes de definir cómo avanzar.
Ahora bien, si después de una reflexión honesta concluís que esa devolución no encaja con tus valores ni con tus objetivos, podés soltarla. No tenés la obligación de cambiar solo porque alguien prefiera otra manera de hacer las cosas.
La retroalimentación negativa cumple un rol en el crecimiento, aunque casi nunca resulte agradable en el momento. Cuando hacés una pausa, pedís claridad y te apoyás en tus propios valores, recuperás el control. Desde ahí, decidís qué merece tu energía y avanzás con determinación.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com