La inflación en Argentina mostró una clara moderación en 2025, pero todavía sigue el debate sobre la ambiciosa promesa del presidente Javier Milei de alcanzar la “inflación cero” en 2026 y hasta se pone en duda si siquiera se cumplirá el objetivo de un dígito para ese año.
Los datos preliminares de 2025 indican que el país cerrará el año con una inflación anual estimada de entre 31,1% y 31,7%, lo que representa el nivel más bajo de inflación anual desde 2017.
El dato resulta significativo si se lo compara con el escenario de 2023, cuando la inflación superó el 211%, y confirma una marcada desaceleración del ritmo de precios durante los primeros dos años de la gestión de Milei.
Este retroceso en la inflación no es casualidad: responde a una mezcla de ordenamiento fiscal, reducción del déficit y políticas de apertura económica con importaciones que moderaron algunos precios.
Sin embargo, la concentración de presiones inflacionarias en sectores sensibles como alimentos, servicios públicos y tarifas aún mantiene el índice en valores elevados respecto a economías de la región.
En este contexto, el Presupuesto 2026, recientemente aprobado por el Congreso argentino, incorpora una estimación oficial de inflación de apenas 10,1% para el año próximo, un número muy optimista si se lo compara con la trayectoria real reciente de los precios.

La proyección se basa en una supuesta continuidad de la moderación de precios, un ajuste fiscal mantenido y un esquema de bandas cambiarias que ajusta el dólar según la inflación, con mayor flexibilidad de intervención. El Gobierno argumenta que estas políticas son consistentes con un proceso de reducción de la inflación.
Aun así, este número de 10,1% es ampliamente discutido, incluso entre analistas oficiales, dado que ya quedó algo desfasado respecto al contexto monetario y cambiario actualizado.
Según el consenso de consultoras y relevamientos de mercado, la inflación anual podría rondar entre 17,1% y 38%, con una mediana alrededor de 23,9%, según LatinFocus, casi el doble que la estimación presupuestaria oficial.
El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central también refleja una expectativa de inflación superior a la gubernamental, estimando alrededor del 19,6% para 2026, con tendencia creciente hacia la segunda mitad del año.
“De cara al primer semestre de 2026, un factor a tener en cuenta es el estacional. Históricamente, el primer trimestre presenta una estacionalidad alta en marzo, para luego disminuir a lo largo del segundo trimestre. Actualmente, el mercado opera con cautela, priceando una inflación break-even promedio del 2,0% para el primer semestre, descendiendo al 1,5% posteriormente, lo que sugiere que los precios de los instrumentos no descuentan mejoras sustanciales en el corto plazo”, detalló Maximiliano Donzelli, director de Estrategias y Trading en IOL.

“Frente a esto, planteamos dos escenarios probables. El primero de continuidad en la desinflación (TMAP), donde el IPC marcaría 1,8% y 1,6% en el bimestre enero-febrero, para luego rebotar estacionalmente al 1,9% en marzo y perforar el 1,5% en el segundo trimestre. También planteamos un escenario alternativo de pausa, donde la inflación encuentra resistencia en el 2% durante el primer trimestre, postergando la perforación de ese piso hacia el segundo trimestre del año”, agregó.
En este caso, la promesa de Milei de que para agosto de 2026 la inflación comenzaría a caer prácticamente a cero se quedaría en sólo eso, una promesa.
Esta idea parte de una concepción monetarista fuerte: si se logra equilibrar perfectamente la oferta y demanda de dinero, teóricamente la inflación debería “desaparecer”. Pero dicha visión simplificada no considera completamente otros componentes de los precios internos, como el efecto de expectativas, tipo de cambio, costos de producción y rigideces estructurales del mercado argentino.
“La inflación cero en 2026 es improbable. Los procesos de desinflación que llegan a niveles cercanos a cero requieren condiciones que Argentina hoy no tiene: expectativas nominales estabilizadas por años, un esquema cambiario sin fragilidad y un Banco Central con reservas netas positivas que reduzcan el traslado del dólar a precios”, aseveró Leonardo Anzalone, director del Centro de Estudios Políticos y Económicos (CEPEC).
De acuerdo a los especialistas, con reservas netas negativas y un mercado financiero que no ofrece tasas reales consistentes, el pass-through cambiario sigue siendo un canal activo, incluso ante movimientos leves del tipo de cambio.
“Ni siquiera los escenarios más optimistas del mercado esperan alcanzar esos niveles en 2026, posiblemente por dos factores: por un lado, el consenso proyecta un crecimiento elevado en términos históricos, lo que limita el proceso de desinflación; por otro, las anclas nominales tendrían un impacto acotado sobre las expectativas, lo que se refleja en una elevada inercia inflacionaria”, mencionó Federico Filippini, jefe de Investigación y Estrategia en Adcap Grupo Financiero.
Por otra parte, cabe señalar que ninguna economía del mundo quiere inflación cero como meta de política. De hecho, el objetivo de estabilidad de precios que recomiendan los bancos centrales modernos es inflación baja, no nula.
“Más allá del raro ejemplo de Japón —que no es un benchmark replicable ni un resultado deseado por diseño—, el consenso académico y operativo es claro: una inflación cercana a cero reduce flexibilidad de precios relativos, encarece el ajuste real y limita el funcionamiento del crédito y la inversión. Por eso, el desafío no es el cero, sino construir un sendero de inflación baja y estable, respaldado por reservas que crezcan y reglas cambiarias previsibles”, indicó Anzalone.