El dato de inflación de marzo encendió luces de alerta. Con un 3,4% mensual, el registro más alto de los últimos doce meses, el proceso de desinflación parece estar estancándose cada vez más, obligando al Gobierno a recalibrar expectativas y estrategias.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en términos interanuales, el índice alcanzó el 32,6%, mientras que en el acumulado del año ya suma 9,4%, lo que refleja que el sendero descendente no está garantizado.
Detrás del salto inflacionario aparecen factores tanto estacionales como estructurales. El inicio del ciclo lectivo impulsó con fuerza el rubro Educación, que trepó más de 12%, mientras que el aumento en combustibles impactó de lleno en Transporte, con subas cercanas al 7%.
A esto se sumó la aceleración en indumentaria por el cambio de temporada. Sin embargo, más allá de estos componentes puntuales, la inflación núcleo también mostró una suba del 3,2%, lo que evidencia que las presiones de fondo siguen presentes.
En este contexto, el Gobierno enfrenta varios desafíos clave si pretende retomar la desaceleración inflacionaria en los próximos meses.
El primero es consolidar el ancla fiscal. La reducción del déficit fue uno de los pilares del programa económico, pero su sostenibilidad será determinante. Cualquier señal de relajamiento en este frente podría trasladarse rápidamente a expectativas de inflación más elevadas. La consistencia entre ingresos, gasto y financiamiento es esencial para evitar desbordes.
En segundo lugar, la política monetaria deberá mantener un delicado equilibrio. La baja de tasas en un contexto donde la inflación aún no cede con claridad puede erosionar la demanda de pesos. Para que los instrumentos en moneda local sigan siendo atractivos, será necesario que las tasas reales no queden tan rezagadas.

De lo contrario, podría reactivarse la presión sobre el tipo de cambio, lo que evidentemente impactaría en la inflación. A su vez, la estabilidad cambiaria también depende de la acumulación de reservas y de la confianza del mercado.
“El control de agregados (M2) resulta inefectivo con una demanda de dinero tan inestable, al mismo tiempo que no existe una regla explícita para la tasa de interés. Tampoco hay un compromiso con el tipo de cambio, que flota dentro de las bandas cambiarias y muy por debajo del techo. El resultado es la descoordinación las expectativas inflacionarias”, comentó Santiago Casas, economista jefe en EcoAnalytics.
Otro factor central es la administración de los precios regulados. En marzo, estos crecieron por encima del promedio, impulsados por tarifas y combustibles. Si bien la corrección de precios relativos es necesaria tras años de distorsiones, el ritmo de estos ajustes debe ser cuidadosamente calibrado para no generar nuevos picos inflacionarios. Una estrategia previsible y gradual puede contribuir a moderar el impacto. En este punto, los especialistas destacan que la guerra entre Estados Unidos, Irán e Israel juega un papel clav
“Es menester distinguir la incidencia de los fenómenos externos a la política monetaria (de carácter transitorio) del componente relacionado directamente a la dinámica entre la oferta y la demanda de pesos. Dentro del primer grupo, hayamos como gran protagonista al efecto del conflicto bélico en medio oriente, que impactó de lleno en los precios de los combustibles nacionales, disparando el índice hacia el final del mes”, sostuvo Julián Neufeld, economista de la Fundación Libertad y Progreso.
En paralelo, la evolución de los alimentos sigue siendo un punto crítico. En marzo, las carnes aumentaron alrededor de 7%, explicando buena parte del índice general. Si bien algunos indicadores mayoristas sugieren una posible moderación en abril, la sensibilidad social de este rubro obliga a un monitoreo constante.
Por último, las expectativas juegan un rol clave. Las proyecciones del mercado anticipan una inflación en torno al 2,6% para abril y una convergencia por debajo del 2% recién a partir de mitad de año. Para que este escenario se materialice, el Gobierno deberá reforzar la credibilidad de su programa económico, mostrando coherencia y consistencia en sus decisiones.
“El Gobierno se ocupa de tener cuentas fiscales positivas y la política monetaria es contractiva, que son anclas para que la inflación no espiralice. Si añadimos la paz cambiaria, en el segundo trimestre la inflación debería ir bajando”, proyectó Mateo Borenstein, economista en Empiria Consultores.