Durante años, la cocina coreana en Buenos Aires estuvo asociada, sobre todo, a propuestas informales, recetas tradicionales y mesas abundantes. Pablo Park imaginó otro camino: demostrar que también podía ocupar un lugar dentro de la alta gastronomía argentina.
Esa idea tomó forma en HAN, el restaurante que abrió en 2024 con una propuesta de fine dining coreano apoyada en fermentaciones, procesos largos, producto argentino y una mirada contemporánea sobre su herencia.
Dos años después de la apertura, HAN acaba de recibir una estrella Michelin y se convirtió en el único restaurante de Buenos Aires en sumar una nueva estrella en la edición 2026 de la guía. “Recibir una estrella Michelin es un reconocimiento al tiempo, a los años de trabajo, de búsqueda, de errores, de aprendizaje y a la construcción de una identidad propia”, expresó Park tras conocerse la lista.

Pero detrás de ese reconocimiento hay una historia que comenzó mucho antes de abrir las puertas del restaurante. Nacido en La Plata e hijo de inmigrantes coreanos, Park creció entre dos culturas.De chico pasaba horas mirando a su abuela preparar fermentos, salsas y otras bases de la cocina coreana de manera completamente artesanal.
Empezó a estudiar arquitectura pero encontró en la cocina su verdadera pasión: dejó todo para viajar y formarse en lugares como Seúl, China, Canadá y Estados Unidos, acumulando experiencia en restaurantes de renombre y participando en múltiples aperturas. De regreso en Argentina, fundó Kyopo, un concepto más casual con influencias coreanas, mientras trabajaba en la gestación de Han, que demandó una inversión cercana a los US$ 600.000.
Si mirás hacia atrás, ¿cómo fue el paso de Kyopo a HAN y cuándo sentiste que era el momento de avanzar con un proyecto de fine dining?
Kyopo no fue un error ni un paso intermedio improvisado. Fue parte de un proceso. La decisión de hacer HAN empezó muchos años antes de abrir. Es algo que vengo pensando desde hace más de una década, pero recién tomó forma concreta en 2020. Abrimos en 2024. Fue una construcción lenta. La decisión estaba clara, pero el proceso de obra se extendió más de lo previsto por demoras, trabas burocráticas y ajustes estructurales. Eso también formó parte del aprendizaje.
El “click” para abrir HAN no fue una tendencia ni una moda coreana. Fue entender que Corea tenía la profundidad técnica y cultural suficiente para ocupar un lugar serio dentro de la alta cocina argentina. Sentí que estaba listo yo, y que el mercado también empezaba a estarlo.
Una cosa es imaginar un restaurante y otra muy distinta hacerlo realidad. ¿Qué fue lo más difícil de ese proceso?
HAN no es un restaurante que pueda montarse con una estructura estándar. Requirió una inversión significativa en infraestructura y equipamiento técnico, ya que el proyecto fue diseñado desde cero alrededor de un concepto específico. Gran parte de los procesos, la cocina y la lógica operativa fueron desarrollados a medida. Eso implica mayor inversión inicial, pero también mayor control y coherencia a largo plazo.

¿La realidad del negocio fue como la habías imaginado?
La inversión fue mayormente capital propio, acompañado por socios estratégicos que compartían mi visión. No se trata de un modelo financiado por fondos externos ni de una expansión acelerada; fue una construcción consciente. En un contexto como el argentino, el recupero en fine dining no es inmediato. Al inicio uno tiende a proyectar plazos más optimistas; la realidad del mercado te obliga a ajustar expectativas y aprender en el proceso. Fue un crecimiento más lento de lo que cualquier emprendedor imagina al empezar, pero también más sólido. Hoy estamos en una etapa de consolidación: optimizando estructura, afinando procesos y fortaleciendo la demanda de manera sostenida.
¿Cuáles fueron los principales desafíos de abrir una propuesta de alta cocina coreana en Buenos Aires?
El proceso lo marcaron tres desafíos. El primero fue la educación del mercado. Mostrar que la cocina coreana es mucho más que barbecue o comida abundante. Tiene técnica, historia y profundidad. El segundo fue la estructura de costos en Argentina: la volatilidad económica y la presión impositiva exigen una gestión extremadamente cuidadosa y flexible. Y el tercero, sostener la excelencia todos los días. La alta cocina no admite relajación. Cada servicio exige el mismo estándar. Lo hacemos con convicción y con la idea de que cada día debe ser mejor que el anterior.

Como decías, la cocina coreana suele asociarse con platos abundantes y familiares. ¿Cómo hiciste para llevar esa identidad a un formato de fine dining, pero sin perder su esencia?
La cocina coreana tradicional es abundante y familiar, si, pero su esencia no es el volumen, sino la profundidad de sabor, la fermentación y el equilibrio. No fue necesario “educar” al comensal en exceso. El público argentino de fine dining entiende el formato. El desafío fue transmitir que detrás de cada plato hay técnica ancestral y procesos largos, no solo diseño contemporáneo. Por otro lado, están los clientes que nunca probaron la cocina coreana; ahí sí hay que educar.
¿Y cómo se construye esa identidad coreana, pero trabajando principalmente con productos argentinos?
La base de HAN es producto argentino. Trabajamos con una lógica de aprovechamiento integral y con un sistema fuerte de producción interna: nuestras bases, fermentos y pastas se elaboran en casa. Algunos insumos específicos los adquirimos a través de importadores, pero la identidad del restaurante no depende de traer todo de afuera sino de entender la técnica, el proceso y el espíritu.

Después de este recorrido, ¿sentís que hoy la Argentina está más preparada para propuestas de nicho como HAN?
Argentina tiene un público sofisticado, pero el nicho es más pequeño que en otras capitales gastronómicas del mundo. Eso obliga a ser estratégicos. El turismo extranjero es un componente clave dentro del modelo de negocio. No es opcional. Es necesario para que propuestas de este nivel tengan estabilidad. Veo espacio para propuestas de nicho, pero requieren identidad clara y gestión profesional. No alcanza con una buena idea gastronómica; hay que saber administrarla, proyectarla y sostenerla en el tiempo.
¿Sentís una responsabilidad especial por ser el primer proyecto de fine dining coreano de la región?
Sí, existe una responsabilidad. No intento representar toda Corea, pero sí mostrar una versión rigurosa y contemporánea de mi herencia. Ser el primer fine dining coreano de la región implica abrir un camino... Eso exige coherencia, profundidad y constancia a largo plazo.








