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Viñas del Nant y Fall
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Viñas del Nant y Fall: la bodega de la Patagonia que propone un modelo de negocios a prueba de crisis

Juan Romero

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En el valle extremo de Trevelin (Chubut), una familia friulana transforma frío, viento y tulipanes en vinos de alta gama y enoturismo todo terreno: camping para motorhomes, cocina italiana con identidad patagónica y terroir austral que seduce al nómade más exigente.

16 Marzo de 2026 14.08

En el extremo sur de la vitivinicultura argentina, donde el mapa parecía terminar en Mendoza, una familia de raíces friulanas decidió que no. Que todavía quedaba espacio para una viña más, un arroyo más y, sobre todo, una historia más. 

Viñas del Nant y Fall, en el valle de Trevelin, Chubut, no es solo una bodega: es un pequeño ecosistema enoturístico, donde el vino convive con un camping para motorhomes, un restaurante de cocina italiana para 90 personas, un almacén gourmet y una cabaña (antigua bodega) con vista a los viñedos, pensado para un público que ya no se conforma con degustar etiquetas, sino que quiere tener la experiencia de habitar un terroir.

Viñas del Nant y Fall
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Un negocio de vino en tiempos incómodos

Hablar de vino argentino en 2026 es hablar, también, de crisis. El sector arrastra caída del consumo interno, exportaciones en retroceso y una estructura de costos que corre más rápido que el tipo de cambio. A noviembre de 2025, las exportaciones de vino se redujeron 7,1% y el valor FOB cayó 8,1%, en lo que varios analistas describen como la peor crisis de competitividad de la última década. Los precios de la uva atrasados contra la inflación y la pérdida de competitividad en dólares arman un cóctel amargo menos glamoroso que cualquier blend de alta gama.

En ese contexto, que una bodega pequeña del Valle de Trevelin agote toda su producción anual de alrededor de 12.000 botellas antes de comenzar a comercializar la nueva añada y proyecte crecer a 20.000 botellas, parece, como mínimo, contracíclico. 

Pero ahí aparece la primera clave del modelo Nant y Fall: vender menos volumen, con más valor agregado y anclado a una experiencia turística integral, todo en lugar de salir a pelear por precio en góndolas saturadas de etiquetas de vino argentino.

Viñas del Nant y Fall
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Del Friuli a Trevelin: cuando la tradición se vuelve estrategia

La familia Rodríguez/Bianchi llega a Trevelin en 2009, dejando atrás las arenas de Mar del Plata y retomando una tradición vitivinícola que había nacido en Cordenons, en la región italiana del Friuli Venezia Giulia.

Recién llegados, limpian a machete un campo invadido de rosa mosqueta, plantan las primeras vides de pinot noir en 2010 y recién en 2016 logran la primera vendimia, en un terroir que hasta entonces no existía en el radar de la vitivinicultura mundial.

El proyecto es inequívocamente familiar: Sergio como fundador y director ejecutivo; Emmanuel a cargo del viñedo y la bodega; Maura, a sus más de 80 años, sigue liderando las visitas guiadas y la recepción; el resto del equipo se reparte entre gerencia general, sommelier, desarrollo turístico y hospitalidad. 

Viñas del Nant y Fall
Las Viñas del Nant y Fall, a 4 kilómetros de Trvelin, Chubut, completamente cubierta por la nieve del frío invierno patagónico.

Es la típica postal de emprendimiento familiar, sí, pero con un giro contemporáneo: se apoyan en tecnología (aspersores contra heladas, manejo de viñedo de precisión, bodega moderna con acero inoxidable y roble francés) para domar un clima clasificado como Winkler 1, es decir, de los más fríos del mundo vitivinícola (solo para dimensionar de lo que hablamos, el piso de las heladas en ciclo productivo no baja de 40; algunas de ellas de hasta 9 grados bajo cero y de hasta 14 horas de duración), si, frío frío.

La apuesta de los Rodríguez rindió algo más que fotos pintorescas. 

Trevelin logró en 2020 su Indicación Geográfica (IG), la primera de Chubut, consolidando una identidad de vinos de baja graduación alcohólica —en torno de 10 a 12 grados— y marcada acidez natural, muy distinta del perfil más maduro de los vinos mendocinos. 

Viñas del Nant y Fall
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Nant y Fall, pionera del valle, fue parte central de ese movimiento: su pinot noir, gewürztraminer, riesling, chardonnay y pinot gris ya acumulan muchos premios internacionales y puntajes destacados, incluidas más de 20 medallas de oro del Master of Wine británico Tim Atkin.

La experiencia: entre dragones, pinot y cordero patagónico

El modelo de negocio se entiende mejor caminando el predio que leyendo un balance. Sobre la Ruta 259, a unos 14 kilómetros de Trevelin, la viña se despliega en lomas suaves, con hileras de pinot noir plantadas en pendiente y vistas a las montañas del Parque Nacional Los Alerces. El arroyo Nant y Fall cruza la propiedad, recordando que el nombre —“arroyo de las cascadas”, en galés— no es un recurso de marketing, sino parte de la geografía pura de la bodega.

Viñas del Nant y Fall
Viñas del Nant y Fall

El restaurante, decorado con inmensos dragones de metal que miran al valle, ofrece una carta pensada para maridar con los vinos de la casa: pastas caseras, cordero patagónico braseado, opciones veganas y vegetarianas bien resueltas, postres de impronta casera pero presentación cuidada, con alternativas para intolerantes a la lactosa y diabéticos. 

En una degustación reciente, el recorrido gastronómico incluyó un pinot noir rosé de bienvenida, un roll de hongos en masa philo acompañado por chardonnay, fetuccini con ragú de cordero (u opción veggie) junto a un pinot noir con paso por madera y, para cerrar, un volcán de chocolate maridado con riesling de acidez filosa.

En copa, los vinos confirman lo que promete el paisaje. El pinot noir joven se muestra ligero, de color rubí brillante, mucha fruta roja —frutillas, frambuesas, cerezas— y una acidez bien presente, de esas que agradecen una temperatura de servicio apenas más baja que la ortodoxia. 

El pinot noir reserva, con crianza en roble francés, suma notas de chocolate y vainilla, más volumen de boca y taninos amables sin perder la frescura típica del valle frío. Entre los blancos, el riesling ofrece un combo de flores blancas, manzana verde y cítricos, con una acidez penetrante y potencial de guarda poco habitual en el mercado argentino; el gewürztraminer, en tanto, despliega un bouquet aromático de rosas, azahar, ananá y durazno que no necesita demasiada explicación al consumidor curioso que llega desde Villa La Angostura, Bariloche o Buenos Aires.

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El servicio suele moverse en un registro cálido y didáctico: sommeliers y guías que explican sin abrumar, con una mezcla de orgullo pionero y sentido práctico patagónico. Si hubiera que señalar una debilidad, sería la misma que arrastran muchos proyectos remotos: en alta temporada, la demanda puede superar la capacidad del restaurante y el camping, y la logística —reservas, tiempos de espera, coordinación de degustaciones— depende mucho de que el equipo esté bien afilado ese día (en temporada de tulipanes llegan a hacer hasta 270 cubiertos todos los mediodías). Es el costo de estar de moda en un valle que, hace diez años, nadie ubicaba en el mapa del vino.

Motorhomes, tulipanes y el nuevo turista enogastronómico

La otra gran pata del negocio es el enoturismo, y ahí Nant y Fall juega en varias ligas a la vez. Cada año reciben alrededor de 20.000 visitantes, muchos de ellos en motorhome, formato que vive un boom en la Patagonia. 

El camping de la bodega, con servicios para autocaravanas, baños y vestuarios cuidados, fogones, conexión eléctrica, Wi-Fi y estación para descarga de aguas grises y negras, fue destacado por guías europeas especializadas y figura entre los mejores sitios de campamentismo de Sudamérica.

Viñas del Nant y Fall
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Los números ayudan a entender por qué ese público es estratégico. Alquilar un motorhome en la Patagonia puede costar entre U$S 290 y 330 por día según los kilómetros incluidos, lo que supone unos U$S 2.900 por un viaje de 10 días con 200 kilómetros diarios. Ese turista, que ya invierte fuerte en movilidad, difícilmente discuta un ticket promedio de U$S 25 a 40 por persona en un restaurante con vista al viñedo, ni una botella que arranque en la franja de U$S 30 a 35 para las etiquetas jóvenes y trepe a U$S 40 o 45 dólares para los pinot con crianza o blancos de partidas limitadas.

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En paralelo, la Patagonia se consolida como destino aspiracional, con presupuestos diarios que, según guías de viaje, pueden oscilar entre U$S 100 y 200 por persona en esquemas de nivel medio, y superar los U$S 250 o 300 en experiencias de lujo con hotelería boutique y gastronomía de alta gama. Nant y Fall se posiciona en una franja intermedia: servicio y entorno de alto impacto visual, propuesta de vino singular y un mix de camping, cabaña y restaurante que le permite capturar tanto al viajero de ruta austral como al foodie que llega con una lista de bodegas (sólo en Trevelin ya hay más de nueve) y restaurantes curada vía redes sociales.

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La cercanía con la chacra de tulipanes —un fenómeno turístico en sí mismo durante octubre— multiplica el flujo de visitantes: miles de personas llegan por las flores y una parte significativa cruza la tranquera para conocer la viña, probar un pinot rosé o simplemente sacar fotos entre hileras y barricas. Es marketing de proximidad en su versión más literal: no hay grandes campañas, pero sí una ubicación privilegiada en el circuito mental del viajero patagónico.

Virtudes, riesgos y lecciones de un modelo patagónico

La mayor virtud de Viñas del Nant y Fall es haber entendido que, en una industria tensionada por la caída de exportaciones y el estancamiento del consumo interno, el vino solo no alcanza: hay que vender paisaje, relato y hospitalidad

Su estrategia de comercialización —sin grandes representantes, con la familia recorriendo restaurantes icónicos como Don Julio, Faena, Four Seasons, Llao Llao o posadas boutique de Mendoza y la Patagonia— les permitió entrar en “vidrieras” de alta visibilidad sin diluir el control de la marca.

Viñas del Nant y Fall
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El riesgo, claro, es la dependencia de algunos factores exógenos: la macroeconomía argentina, la evolución del turismo interno y regional, el costo logístico de operar en una provincia austral y el impacto del clima extremo en cada vendimia. En un mercado donde muchas bodegas acumulan stocks equivalentes a casi 18 meses de ventas, según estimaciones sectoriales, la tentación de aumentar producción puede chocar con la realidad de la demanda si el flujo turístico se frena.

Sin embargo, como caso de estudio, Nant y Fall ofrece varias lecciones valiosas:

Construir una identidad de terroir nueva —Trevelin, IG Chubut— puede ser más rentable a largo plazo que tratar de competir como “una bodega más” de regiones saturadas.

Viñas del Nant y Fall
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Integrar vino, gastronomía, alojamiento y camping en un mismo predio diversifica ingresos y amortigua mejor los vaivenes del mercado.

Apoyarse en un turismo enogastronómico exigente —motorhomes, viajeros internacionales, foodies digitales— permite sostener precios de botella y tickets promedio que serían impensados sin una experiencia asociada.

En tiempos en que el vino argentino discute su modelo de negocios entre planillas de Excel y curvas de exportación, una bodega patagónica manejada por una familia friulana acriollada recuerda algo básico: a veces, la mejor estrategia es volver a poner la mesa, encender el fogón y dejar que el frío —ese mismo que complica la producción— sea el aliado silencioso que hace el resto.

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