Qué son las “zonas libre de IA” y por qué esta tendencia gana adeptos cada vez en más oficinas
Aytekin Tank Colaborador
Aytekin Tank Colaborador
Casi todas las mañanas, dedico varios minutos a escribir mi journaling matutino. Me considero una defensora de la automatización, pero estos escritos no tienen nada que ver con la eficiencia. Son todo lo contrario a lo tecnológico: no las escribo en una tablet ni en una computadora. Nada de eso. Saco una lapicera, un cuaderno de toda la vida y las escribo a mano. Imaginate la sorpresa de mis lectores de la Generación Z.
Dediqué buena parte de mi carrera a pensar maneras de hacerles la vida más fácil a las personas; a eliminar tareas tediosas y aburridas para que ese tiempo pueda destinarse a trabajos más interesantes. Pero esos escritos matutinos son únicos. Son mi oportunidad diaria para despejar la mente, ordenar mis pensamientos y prepararme para el día. No se pueden modificar ni optimizar. Y esa es, precisamente, la clave de todo.
Las organizaciones se apuran por integrar la IA en todos los flujos de trabajo, y buena parte del debate se centra en qué procesos podrá asumir próximamente. Sin embargo, diría que todavía nos falta una pieza clave del rompecabezas: no qué debería hacer, sino qué no debería hacer. ¿Qué trabajo debe seguir como un territorio distintivamente humano, no porque la IA no pueda hacerlo, sino porque algo esencial se perdería si lo hiciera?
La IA ya es una compañera de trabajo muy capaz, y cada vez se vuelve más inteligente. Todo el tiempo aparecen nuevos modelos potentes, capaces de resolver tareas que apenas unos meses atrás no habrían podido hacer.
Me encanta poder crear un agente de IA para que se encargue de todo: organizar mi correo electrónico, programar un MVP y mucho más. También reconozco que los recién graduados quizá nunca tengan que aprender las habilidades básicas que a menudo se adquieren en el trabajo. Al fin y al cabo, ¿por qué un analista junior debería pasar horas para armar un modelo financiero desde cero cuando la IA puede generarlo en minutos? ¿Por qué un nuevo empleado debería esforzarse para redactar un memorando para un cliente cuando una versión pulida queda a un solo prompt de distancia?

Pero algunos de estos atajos podrían causar daño a largo plazo. Según una investigación de la Escuela de Negocios de Harvard, la IA ya absorbe cada vez más tareas repetitivas que antes servían como campo de entrenamiento para desarrollar el criterio profesional. El riesgo es que, casi sin darnos cuenta, formemos toda una generación de gerentes que nunca hicieron el trabajo que después deberán supervisar.
Incluso los empleados más experimentados corren el riesgo de debilitar sus habilidades de pensamiento crítico, construidas con mucho esfuerzo. El MIT Media Lab dividió a 54 participantes en tres grupos y les pidió que escribieran ensayos para el SAT. El primer grupo tuvo acceso a ChatGPT; el segundo, a Google; y el tercero no usó ninguna herramienta. Tras analizar su actividad cerebral, los investigadores descubrieron que el grupo que utilizó ChatGPT mostró la menor activación cerebral de los tres y un desempeño más bajo de manera sostenida a nivel neuronal, lingüístico y conductual. Los investigadores llaman a esto "deuda cognitiva": el costo oculto de dejar que la IA piense por nosotros.
Nada de esto es un argumento en contra de la IA. Más bien, se trata de reconocer que no todo trabajo es igual y que no todo puede optimizarse.
La distinción clave es esta: algunas tareas existen por lo que producen, y otras, por lo que construyen. La IA sobresale en la primera categoría, y gran parte de lo que crea, ya sea un primer borrador o un bloque de código, puede hacerse más rápido que cualquier ser humano. Pero la segunda categoría, el trabajo que exige criterio, profundiza relaciones o afina la creatividad, muchas veces implica justamente el esfuerzo que la IA fue diseñada para eliminar.
La definición precisa de esos límites depende de los líderes y sus equipos. La respuesta puede no resultar obvia al principio y, además, puede cambiar con el tiempo. Para pensarlo mejor, me gusta plantear estas preguntas:

Esta es también una de las razones por las que nuestros empleados trabajan en pequeños equipos multifuncionales. Además de nutrirse del aprendizaje mutuo, desarrollan activamente sus habilidades de trabajo en equipo todos los días. En ese intercambio, se discuten y se debaten distintas perspectivas, se cuestionan supuestos y las decisiones se toman de forma colectiva. En un equipo, la IA puede facilitar ciertas tareas, pero no reemplaza la inteligencia emocional que se construye cuando las personas trabajan juntas.
La IA es una herramienta muy poderosa. Pero también lo es nuestra propia mente. A primera vista, escribir las páginas matutinas puede parecer un proceso poco práctico e ineficiente. Y está bien que así sea. Sé que agudizan mi pensamiento, potencian mi creatividad y me hacen sentir más conectada conmigo misma y con mis ideas. También sé que durante las últimas dos décadas no dirigí un negocio exitoso al delegar mi capacidad de razonamiento. Hay cosas que vale la pena proteger de la optimización, no porque la IA no pueda hacerlas, sino porque el valor está, precisamente, en hacerlas nosotros mismos.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.