Pasar del laboratorio a una empresa implica mucho más que convertir un descubrimiento en un producto. Supone aprender otro lenguaje, entender nuevas reglas y tomar decisiones en tiempos diferentes a los de la investigación. Ese fue uno de los ejes del panel "De científicas a empresarias", que se realizó durante una nueva edición del FORBES MUJERES POWER SUMMIT, con la moderación de Florencia Radici, periodista y editora de Forbes Argentina. Ana Gorodisch, co-fundadora y CEO de Kuvia; Tamara Rubilar, investigadora de CONICET y fundadora de Erisea S.A.; y Marina Simian, CEO de Oncoliq, compartieron cómo atravesaron ese salto.
Cada una llegó al mundo empresarial por un camino diferente. Gorodisch y su socia partieron de una tesis de grado vinculada con inteligencia artificial para detectar mutaciones en tumores; Rubilar convirtió una investigación sobre los pigmentos de los erizos de mar en una empresa de suplementos dietarios; y Simian transformó años de trabajo científico en una compañía dedicada a la detección temprana de cáncer a partir de una muestra de sangre. En los tres casos, el punto de partida fue el conocimiento generado en el ámbito científico y la convicción de que podía convertirse en una solución concreta.
En el caso de Oncoliq, el proyecto había comenzado mucho antes de que la empresa tomara forma. El trabajo se inició en 2014 en un laboratorio y ya existía evidencia de que era posible diferenciar una población de mujeres sanas de otra con cáncer de mama mediante una muestra de sangre, una prueba de PCR y estrategias de machine learning. La pandemia terminó funcionando como un momento de inflexión. "La pandemia pausó un poco el trabajo en el laboratorio, nos dio tiempo para pensar y ahí nos animamos a empezar a explorar esta posibilidad", explicó Simian, quien también vinculó ese proceso con la aparición de nuevos espacios para startups surgidas de proyectos científicos en Argentina.
La historia de Erisea tuvo, en cambio, un origen personal. Rubilar, bióloga e investigadora, comenzó a estudiar una molécula presente en los erizos de mar que analizaba en su laboratorio a partir de la búsqueda de una alternativa para mejorar la calidad de vida de su hijo, que había nacido con una enfermedad autoinmune. Esa investigación doméstica terminó dando paso a una línea científica y, casi una década después, a una empresa. "Yo soy bióloga de profesión y siempre me ocupé del mar", contó. La posibilidad de convertir ese conocimiento en tecnología también estuvo acompañada por un ecosistema de incubación en Chubut y por inversores privados de la industria pesquera que decidieron asumir el riesgo.
Para Kuvia, el punto de partida fue más reciente. La compañía nació a partir de una tesis de grado de 2023 enfocada en inteligencia artificial para detectar mutaciones en tumores de manera más rápida y económica. La decisión de continuar llegó después de presentar el trabajo en un congreso y comprobar que los resultados obtenidos en Argentina podían compararse con proyectos internacionales que habían recibido grandes inversiones. "Volvimos muy seguras de que lo teníamos que seguir, que no podía quedar como como una tesis y ya", relató Gorodisch. El siguiente paso fue enfrentarse a una dimensión que hasta entonces no formaba parte de su formación: construir una empresa.
Ese cambio de lógica fue uno de los puntos que atravesó las experiencias de las tres oradoras. Para Rubilar, el aprendizaje incluyó desde cuestiones administrativas y contables hasta el desarrollo de un modelo de negocio y la llegada al mercado. "Para mi fue casi hasta desestabilizante", contó. La empresaria explicó que terminó haciendo un MBA para poder comprender conceptos que hasta entonces le resultaban ajenos y que el desafío de alcanzar el break even implicó un nivel de urgencia diferente al de la investigación científica.
En el caso de Kuvia, el desafío pasa además por introducir una tecnología en un sistema de salud en el que intervienen múltiples actores. Reguladores, instituciones médicas y profesionales deben incorporar una herramienta para la que todavía no existe un benchmark claro. "En nuestro caso, creo que el mayor desafío es encontrar la manera de que este tipo de nuevas tecnologías se implementen en un sistema de salud cuando hay tantos actores que tienen un rol super importante y que estamos hablando de una transformación muy grande que nos excede a nosotras como proveedoras de la tecnología por completo", señaló Gorodisch. Para la compañía, el proceso implica conversar con esos actores y construir el cambio junto con ellos.
Para Simian, uno de los grandes aprendizajes estuvo relacionado con el acceso al capital y el lenguaje de los inversores. Oncoliq trabaja con fondos de inversión de Estados Unidos, Europa, Argentina y Latinoamérica, un universo con dinámicas diferentes a las de la investigación académica. "Nosotras estamos muy acostumbradas a escribir proyectos muy técnicos, que la comunicación sea toda por escrito y con un nivel de detalle inmenso. Cuando con el venture capital vas más por el tema del tamaño del mercado, y la innovación", explicó. A eso se suma el desafío de explicar cómo una compañía argentina puede desarrollar una tecnología competitiva con recursos significativamente menores a los de la industria estadounidense y utilizando una estrategia diferente.
Otro punto de tensión aparece en los tiempos de la ciencia y los tiempos del negocio. En Oncoliq, buena parte del desarrollo depende de un trabajo constante con instituciones públicas y privadas, pacientes y muestras de sangre. Hay etapas que pueden acelerarse, pero otras requieren necesariamente tiempo y validación. "En nuestro caso nos volvimos mucho más pragmáticas, o sea, solamente nos importa qué es lo que funciona y qué es lo que no funciona", explicó Simian. El desafío, según planteó, está en encontrar un equilibrio entre aquello que la empresa puede hacer más rápido y los procesos que, por tratarse de desarrollos vinculados con la salud, necesariamente deben atravesar etapas de validación.
En Erisea, contar con productos en el mercado genera una dinámica diferente. La empresa puede utilizar su propio flujo de caja para financiar parte de la investigación y el desarrollo de nuevos productos, con el objetivo de lanzar dos por año. "Nuestro objetivo es sacar dos productos nuevos por año. Y lo estamos cumpliendo", dijo Rubilar. El modelo también exige realizar pruebas médicas para validar las formulaciones, lo que implica trabajar con médicos, pacientes y equipos científicos. La apuesta es sostener esa inversión en investigación como una forma de construir los productos y el negocio del futuro.
De cara a los próximos meses, las tres compañías tienen objetivos concretos de crecimiento. Oncoliq busca llevar al mercado su propio producto de tamizaje para cáncer de mama y avanzar con su internacionalización; Erisea prepara una ampliación de 150 metros cuadrados y maquinaria importada, además de su desembarco comercial en Europa; y Kuvia trabaja para obtener la aprobación regulatoria de ANMAT para su producto destinado a cáncer de colon y endometrio.
La discusión cerró con una mirada sobre las condiciones necesarias para que este tipo de historias puedan multiplicarse. Para Simian, el desafío no depende solamente de las científicas que deciden emprender, sino también del entorno institucional en el que se desarrolla la investigación. "La verdad que uno enfrenta mucha resistencia y es una pena porque hay muchas oportunidades", planteó. Y agregó: "Sería casi estratégico para el país hacer esto más fácil y dejar que la gente haga." Desde sus distintas experiencias, las tres coincidieron así en una idea que atravesó todo el panel: convertir ciencia en empresa requiere conocimiento, pero también redes, capital, acompañamiento y la capacidad de aprender a moverse en un mundo distinto al laboratorio.