Recuperó una fábrica de aviones y ahora va por la movilidad aérea urbana: busca masificar los drones tripulados por menos de US$ 120.000
Florencia Radici Editora
Florencia Radici Editora
Hay aproximadamente 15 empresas en el mundo compitiendo por definir el futuro del transporte aéreo urbano. Una de ellas es argentina. Diego Ursella, piloto y empresario, lleva años construyendo una posición en una industria que mueve miles de millones de dólares y que hasta ahora tenía como protagonistas exclusivos a empresas de Silicon Valley, Europa y China.
Su trayectoria arrancó con XFLIGHT, un modelo de formación aeronáutica “all inclusive” —instrucción, alojamiento y experiencia internacional integrados— que captó estudiantes de toda América y convirtió a la compañía en referencia en capacitación de pilotos. Ese negocio fue el trampolín hacia algo más ambicioso: el desarrollo de un drone tripulado orientado a la movilidad aérea urbana, el primero en obtener patente en Argentina bajo esa visión tecnológica.
Su pasión por volar comenzó a muy temprana edad en su provincia natal, superando los desafíos económicos iniciales de la actividad aeronáutica. “Soy de Santa Fe. Desde chico, antes de los 16 años, hacía que me lleven a volar al aeroclub, pero no podía sumar horas de vuelo. Era cada tanto, porque era caro. Para mis 16 años y 9 meses, empecé la licencia de piloto privado”, recuerda Ursella sobre sus comienzos.

Tras obtener su licencia, el camino lo llevó a Buenos Aires a dar instrucción en escuelas de vuelo, asumiendo trabajos diversos para acumular experiencia. “Viví 6 meses en un circo haciendo publicidad sonora y tirando paracaidistas. Después me fui a enseñar a diferentes escuelas, hasta que entré a LAN Chile. Pero fue en pleno conflicto con el Gobierno y pérdida de rutas. Volví a Argentina y me compré un avión, uno muy pequeño, y empecé a ser instructor”, detalla el empresario.
A partir de esa pequeña aeronave fundó su propia escuela de vuelo, a la que expandió por el país e incluso abrió oficinas internacionales en sitios como Ecuador. Posteriormente, se asoció con sus socios actuales y se trasladó a los EE.UU., abrió dos escuelas de vuelo en Pompano y FXC -este último, considerado el más prestigioso del país norteamericano para vuelos.
El salto cualitativo se dio a raíz de un conflicto comercial que Ursella transformó en una oportunidad. El empresario identificó el verdadero cuello de botella del sector: la certificación, no la manufactura. Con una inversión planeada de US$ 10 millones durante los próximos años, adquirió Petrel, una histórica fábrica de aviones argentina que estaba desactivada. La operación le dio estructura industrial propia y aceleró los procesos regulatorios ante la autoridad aeronáutica. Lo que era una startup tecnológica se convirtió en una plataforma con capacidad de manufactura real. “Hay muy pocas empresas en el mundo que puedan fabricar aeronaves certificadas y Petrel es una: hay 30 licencias en el mundo -10 caídas- y nosotros tenemos habilitada una de las 20 activas. Estamos en un proceso de construir las aeronaves”, revela Ursella.

En paralelo y de manera previa a la adquisición de Petrel, Ursella comenzó a delinear el drone tripulado junto a un ingeniero que asistía con él a la escuela industrial en Santa Fe. Tras retomar formalmente el proyecto hace un tiempo, la iniciativa avanza en etapas estrictas de desarrollo industrial. “Estamos en el proceso de prueba y diseño de componentes. Luego viene la etapa de obtener la certificación, bajo normas, porque no hay ninguno certificado. A través de la fábrica probablemente lo lograremos. Calculamos que después de la certificación estaría listo, porque al prototipo le faltan pocos meses. El objetivo es, primero, lograr el vuelo de esta aeronave, con seguridad óptima”, explica el piloto.
El diferencial que Ursella busca explotar frente a sus competidores globales es el precio: mientras la mayoría de los proyectos de movilidad aérea urbana apuntan a segmentos corporativos o gubernamentales, su modelo proyecta producción en serie con un valor inferior a los US$ 120.000 por unidad. El foco está en transporte de corta distancia, logística rural, asistencia sanitaria y conectividad en zonas de difícil acceso —mercados donde la tecnología aún no llegó pero la demanda existe. El vehículo se concibe bajo un concepto de versatilidad operativa total.

“Va a tener diferentes utilidades, porque así como carga a una persona puede cargar un tanque de agua de 80 litros para limpiar un edificio o apagar un incendio. Es para resolver el problema de movilidad urbana. El público al que apuntamos es el que tiene un auto, que llame al drone, pone la dirección y va”, señala Ursella, destacando la automatización absoluta del sistema. “Hay un montón de prototipos en el mundo. Se usan, por ejemplo, en el campo, como si fuera un cuatriciclo. Todavía no está regulado en las ciudades, faltan las normas. En la era de hoy, es automático. No es que la persona va a tener que entender de rutas. Se puede subir cualquier persona sin saber nada, de todo se encarga el vehículo, como hago con mi Tesla todos los días”, agrega.
El próximo movimiento es expandir la patente a EE.UU., establecer producción en territorio norteamericano y escalar hacia certificaciones internacionales. La idea central de la compañía es extrapolar la fábrica a los EE.UU., donde Ursella tiene actualmente asentadas sus operaciones comerciales.