Radiografía del nuevo oro verde: las claves del negocio que crece al 500% y seduce a los grandes players
Cecilia Valleboni Forbes Staff
Cecilia Valleboni Forbes Staff
Lo que comenzó como una tendencia gourmet impulsada por la viralización del "chocolate Dubái" y el auge de la alimentación saludable, se transformó en una de las tesis de inversión más sólidas del sector agroindustrial argentino. El pistacho, apodado el "oro verde", no solo atraviesa un boom de consumo local, sino que posiciona a la Argentina como un jugador clave para resolver un déficit estructural global que se acentuará en las próximas décadas.

La arquitectura del negocio se define por una ecuación donde la demanda global crece al 6,5% anual, mientras que la oferta mundial está estancada (su crecimiento se encuentra debajo del 5%). Actualmente, el 90% de la producción mundial está concentrada en solo tres países: Estados Unidos (con California como la región estrella, que aporta el 40% al volumen global), Irán (30%) y Turquía. Estos gigantes enfrentan hoy techos productivos por la escasez hídrica y la saturación de suelos. Según proyecciones del USDA y el International Nut Council, para el año 2040 se estima una brecha de 250.000 toneladas entre la oferta y la demanda, un déficit estructural que garantiza la firmeza de los precios y convierte al fruto en un activo de baja volatilidad.
"El pistacho no es una moda ni una apuesta coyuntural. Es un cultivo con fundamentos muy sólidos: la demanda crece de manera sostenida desde hace más de dos décadas y la oferta avanza más lento por las barreras técnicas, climáticas y de inversión que requiere”, explica Juan Ignacio Ponelli, fundador y CEO de AgroFides. Para el empresario, el boom del chocolate Dubai le dio “otra visibilidad al sector”, no solo en consumo sino en proyecciones de negocio. "Para el 2040 se estima que habrá un déficit estructural entre oferta y demanda de 250.000 toneladas al año. Es una barbaridad que asegura la firmeza de los precios", añade.

En este escenario, Argentina emerge con la ventaja competitiva de la contraestacionalidad. El crecimiento local fue exponencial: la superficie cultivada aumentó un 500% en los últimos años -según datos del INTA-, alcanzando hoy entre 7.000 y 9.000 hectáreas implantadas. La provincia de San Juan lidera con 6.500 hectáreas (90% de la producción nacional) gracias a su clima semiárido y alta radiación solar, seguida por Mendoza y La Rioja.
El mercado interno también muestra señales de ebullición. Las importaciones de pistacho sin cáscara crecieron un 17.000% en el último lustro, impulsadas por una industria de consumo masivo que integró el fruto en helados, alfajores y golosinas de alta gama. Sin embargo, el potencial exportador es el verdadero motor del sector. Con rendimientos promedio de 3.500 kilos por hectárea, Argentina se prepara para dejar de ser un actor marginal y transformarse en el referente productivo del hemisferio sur, integrando tecnología de riego y trazabilidad sustentable para satisfacer a un consumidor global cada vez más exigente.
La consolidación de Argentina como un polo estratégico para el pistacho no es producto del azar, sino de una transición liderada por un grupo selecto de empresas que transforman un experimento de los años 80 en una industria exportadora de vanguardia. En un mercado global dominado por pocos países, Argentina se suma hoy a un grupo exclusivo integrado por Grecia, Italia, España y Australia, desafiando la hegemonía tradicional de Irán y Estados Unidos.

La historia de esta industria en el país tiene un nombre propio: Marcelo Ighani. El empresario de origen iraní fue el pionero que, en 1980, introdujo las primeras semillas con un espíritu experimental. Cuatro décadas después, su firma Pisté S.R.L. es un pilar técnico del sector. Con un vivero de alta tecnología, la compañía procesa anualmente 80.000 semillas importadas de California y Arizona, proveyendo plantas jóvenes de la variedad híbrida UCB1. Este portainjerto es la base sobre la cual se asientan las variedades productivas Kerman y Peters, garantizando la sanidad y productividad de las nuevas plantaciones nacionales.
En el escalafón de volumen, Frutos del Sol se posiciona como el líder. Dirigida por Juan Domingo Bravo y Laura Pedrosa, esta empresa familiar maneja 1.100 hectáreas y despacha 1,6 millones de kilos de pistacho al año hacia destinos internacionales. Su estrategia de integración vertical es total: desde la producción de plantas y semillas hasta el procesamiento de derivados de alto valor agregado como aceite y harina de pistacho. La firma incluso ha desembarcado en Europa con un depósito en Florencia, Italia, y el laboratorio PURA, especializado en cremas y pastas premium para el exigente mercado continental.
El despliegue de capital y tecnología también se observa en jugadores como Pistachos de los Andes, que desde 1998 ha escalado de 75 a 300 hectáreas en San Juan, controlando todo el ciclo productivo hasta el envasado final para mercados como España y Brasil.
Por su parte, SolFrut, del Grupo Phrónesis, representa la entrada de los grandes grupos agroindustriales al sector. Con el liderazgo previo en olivicultura a través de su marca Oliovita, la empresa inició en 2019 una apuesta agresiva basada en el modelo californiano. “Teníamos una finca en 25 de Mayo, donde hay una amplitud térmica durante el año que se ajusta muy bien al pistacho, y decidimos hacer una apuesta grande”, destaca José Chediack, presidente del grupo, que cuenta que al hacer el análisis económico y financiero tuvieron buenas expectativas. “Pensamos el proyecto con foco en la exportación”, destaca. SolFrut ya cuenta con 1.100 hectáreas plantadas de pistacho, que entrarán en producción en 2027 y de manera escalonada irán creciendo año a año. “Con eso ya tenemos escala para procesar nuestra plantación y la de vecinos, pero aspiramos a llegar a las 2.000 hectáreas en los próximos años”.

Además, desde 2018, Prodeman, la empresa detrás de la marca Maní King, comenzó a trabajar en pistacho en unas 500 hectáreas en 9 de Julio, San Juan, epicentro del polo productivo pistachero. La operación cuenta con infraestructura moderna, sistemas de riego adaptados al clima seco del oeste argentino y asesoramiento técnico especializado.
A esta tendencia se suma AgroFides, liderada por su CEO Juan Ignacio Ponelli. La firma combina la gestión de capitales de terceros con un fuerte compromiso propio: poseen 110 hectáreas propias ya plantadas en San Juan. Ponelli, quien volcó su experiencia en tecnología al agro, destaca que el pistacho es un activo de bajo riesgo relativo: "Es una planta rústica y resistente; una vez que entra en régimen, los proyectos pueden producir durante 50 o incluso 100 años con un manejo adecuado", explica.
Dada la barrera de entrada por el capital intensivo y la espera de seis a siete años para la primera cosecha, AgroFides ha "tokenizado" la producción a través de fideicomisos como "La Memita". Este modelo permite a inversores participar con tickets desde los US$ 30.000 por hectárea (más US$ 6.000 anuales de mantenimiento), proyectando retornos de entre el 14% y el 20% anual en dólares (con un promedio del 17% una vez en producción).
El objetivo es alcanzar un rendimiento promedio de 3.500 kg por hectárea, aunque en años de alta productividad se pueden lograr picos de hasta 6.000 kg. Con un precio sostenido cercano a los US$ 6 por kilo para el productor, el pistacho se consolida como “un seguro de retiro tangible”. El mercado interno ya acusa el impacto: las importaciones de pistacho pelado crecieron un 17.000% en el último lustro, traccionadas por empresas de diversos rubros (alimenticias, cosmética y demás), que incorporaron al pistacho entre sus materias primas.