Aunque el descanso se convirtió en el santo grial de la buena vida y parte integral del negocio de la industria del wellness, con tendencias que llevan la optimización al campo del sueño con el sleepmaxxing a una tecnificación impensada hace algunos años (almohadas y colchones inteligentes, pods de descanso, apps de monitoreo), médicos y especialistas advierten sobre el lado B: la ortosomnia.
A medida que el envejecimiento global se va volviendo una realidad, sumado a los impactos que produce la vida moderna y urbana en términos de hábitos (sedentarismo, dietas industriales, déficit de naturaleza, aumento del estrés y enfermedades de salud mental, menos horas de descanso), la industria del wellness viene a abastecer una demanda por respuestas y servicios, en maneras más o menos eficientes. El último Monitor Global de la Economía del Bienestar, publicado por el Global Wellness Institute (GWI), revela un crecimiento sostenido y cifras récord para el sector.
Según el informe, esta industria equivale a más de 6% del PBI mundial, superando el 5,75% que representaba antes de la pandemia, en 2019. Las proyecciones apuntan a una expansión aún más acelerada. Asimismo, al mirar datos de la campaña #MyTimeMatters, la primera campaña ciudadana europea que sitúa el derecho al tiempo en el centro del debate público, surgen dos indicadores clave relacionados con el descanso como tópico central: el 35 % sufre de falta de sueño y la mayoría duerme menos de las 8 h diarias recomendadas, y el 45 % de la población europea tiene dificultades para conciliar la vida laboral y personal.

Por si quedaba alguna duda de que el sueño es hoy no solo una preocupación de salud pública que tiene a estados y especialistas pensando cómo mejorar la calidad del descanso de la población, sino también un recurso público con costos y valor económico, Diego Golombeck, doctor en Ciencias Biológicas y divulgador científico especializado en cronobiología, explica: “Los trastornos de sueño también tienen una dimensión económica: se ha calculado que le cuestan a los países entre el 1 y el 3% de su PBI. Recientemente calculamos con un grupo de economistas que, para Argentina, este número ronda el 1,3% del PBI. También desarrollamos el concepto de “capital de sueño”. El capital es algo que se invierte o se agota: dinero, capital social, capital humano. El capital de sueño es la reserva de sueño reparador que una persona o una sociedad posee. Y es terriblemente desigual”.
La carrera por optimizar todo
Si la obsesión por mejorar distintos aspectos de nuestra rutina de cuidado, desde la alimentación al deporte, se volvió también un boom viral “trendificado” en las redes sociales, el sueño no quedó exento. De hecho, a la par de términos popularizados como protein-maxxing, fiber-maxxing o simplemente looksmaxxing, se le sumó el sleepmaxxing. Esto es, la búsqueda por mejorar la calidad de sueño con medidas que escalan su intensidad desde hábitos de higiene del sueño a máquinas de ruido, suplementos y placas para la boca, rituales y otros gadgets.
El hashtag sleepmaxxing se multiplicó en redes como TikTok con videos mostrando técnicas de todo tipo, desde comer kiwis antes de acostarse hasta usar cintas bucales o apps de monitoreo del sueño. Algunas de estas prácticas no tienen respaldo científico —como tantos otros contenidos difundidos por health influencers o ciudadanos comunes en redes— y se advierte sobre la ingesta indiscriminada de suplementos sin consultar o el uso de taping bucal o placas sin consultar a médicos. Por ejemplo, las investigaciones sobre la eficacia de los suplementos de magnesio y su impacto en la calidad del sueño son poco concluyentes, mientras que la eficacia de los dispositivos de ruido blanco arroja resultados dispares.

En cuanto a recurrir a la tecnología con sleep trackers y otros gadgets, hasta algunos especialistas dicen que deben tratarse como “poco más que juguetes para los consumidores” y que no hay que confiar completamente en ellos para obtener información precisa porque muchas veces no son rigurosos en la medición -al menos lo de uso masivo. Aunque claro que pueden animar a las personas a intentar dormir lo suficiente, a tener una rutina más constante o a evitar ese café nocturno.
Algo que muchos expertos en sueño empezaron a notar es que preocuparse por dormir bien tampoco es bueno para la salud. Así aparece lo que se denomina ortosomnia (“ortho” significa recto o correcto, y “somnia” significa sueño), concepto que refiere a una preocupación excesiva por dormir la cantidad adecuada de horas y por alcanzar las fases correctas del sueño. El término fue acuñado en 2017 por un estudio en el que se observaba un número creciente de pacientes que buscaban tratamiento para trastornos del sueño auto diagnosticados, basándose en los datos de sus dispositivos de seguimiento del sueño.
Pareciera un círculo vicioso de mandatos y culpa: se pone de moda “maximizar” el descanso y, si no invertís tiempo y dinero en este aspiracional, podés experimental culpa o malestar por no estar encargándote de tu salud lo suficiente. A su vez, si te sobre obsesionás, podés desarrollar esta condición. Aunque hay que aclarar que la ortosomnia no es un diagnóstico médico propiamente dicho, sino un fenómeno que se empezó a observar con frecuencia y a la par de la popularidad de los monitores de sueño.
El trasfondo, una oportunidad de negocios
La intersección entre higiene del sueño, biodatos y hardware se presenta como un gran negocio de cara al futuro, viendo también los cambios en los patrones de sueño que suceden a lo largo de la vida y, sobre todo, pasados los 30. “En el ámbito clínico, veíamos cada vez más personas con insomnio que acudían con dispositivos de monitorización del sueño. Confiaban más en el dispositivo que en su médico o incluso en su propia percepción de cómo habían dormido”, explica Kelly Baron, psicóloga clínica que dirige el programa de medicina conductual del sueño en la Universidad de Utah.

Este es precisamente el nicho que vieron desde Eight Sleep, la empresa de hardware millonaria que se convirtió en el producto favorito de atletas de élite, CEOs y biohackers obsesionados con optimizar cada hora de descanso. Eight Sleep se autodenomina una empresa de “fitness para dormir” (sleep fitness) y consiste en un sistema de calefacción, refrigeración y elevación que se ejecuta a través de una funda de colchón inteligente. La startup lleva ya 11 años en el mercado, con clientes de alto perfil como Mark Zuckerberg, el campeón mundial de F1 Lewis Hamilton, el tenista estadounidense Taylor Fritz y el referente en longevidad Bryan Johnson.
¿Otro futuro ángulo y oportunidad de negocio? Entender cómo duermen las mujeres. En una entrevista reciente en Wired a Alexandra Zatarain, co-fundadora de Eight Sleep, explica cómo las mujeres suelen ser ignoradas en cualquier tipo de estudio científico de la salud —no solo en el estudio del cronotipo y el sueño— por agregar complejidades intrínsecas a su biología (ciclo menstrual, menopausia) al diseñar los estudios. “Nos encantaría darnos el tiempo de estudiar específicamente cómo duermen las mujeres y qué necesidades tienen a lo largo de diferentes fases de la vida. (…) Muchas de las cosas que sabemos, incluso en todos los ámbitos de la salud pero sobre todo en el sueño, no están estudiadas en mujeres. Y eso es lo que queremos hacer porque tenemos esta plataforma donde tenemos cientos de miles de personas que duermen en el pod”.
Así y todo, los expertos coinciden en que la base del buen descanso no cambió y la vieja y conocida “higiene del sueño” sigue siendo la herramienta más efectiva, con premisas simples que ya se conocen como mantener horarios regulares, reducir la exposición a pantallas —o luz azul— antes de acostarse y mantener un ambiente adecuado para dormir (temperatura, luz, posición, ruidos).
“Me gusta imaginar ciudades donde la gente duerma lo suficiente para aprender, crear y tomar decisiones sabias. Una ciudad donde consideremos el descanso un derecho y un bien público. ¿Qué se necesita para eso? Primero, tener sueños. ¿Y qué se necesita para soñar? ¡Por supuesto, dormir!”, cierra Golombeck.