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Raquel Chan, científica.
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Raquel Chan, científica.
Crédito: Anita Pouchard Serra, gentileza de L'Oréal.

Del exilio a liderar una de las patentes biotecnológicas más disruptivas: la historia de Raquel Lía Chan

Florencia Radici Editora

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La investigadora, que se consagró como la ganadora del Premio Internacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia”, lideró, desde la Universidad del Litoral, el proceso que llevó a descubrir e implementar la tecnología HB4 en variedades comerciales de trigo, maíz, soja y arroz.

19 Mayo de 2026 07.16

El desarrollo económico y la seguridad alimentaria global dependen, cada vez más, de la capacidad de innovación tecnológica aplicada a los sectores productivos. Hoy, el sector agropecuario global se enfrenta a una disyuntiva compleja: responder a una demanda creciente de alimentos en condiciones climáticas severamente degradadas por el cambio climático, mientras se busca reducir el impacto ambiental de las actividades productivas. En este escenario, la biotecnología agrícola emerge como una de las principales herramientas de mitigación y adaptación.

En este contexto, Raquel Lía Chan se consagró como la ganadora de la 28° edición del Premio Internacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia”, en representación de la región de América Latina y el Caribe. El galardón reconoce su trayectoria en la transformación de los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola, mediante la identificación y el aislamiento de genes vegetales y mecanismos biológicos capaces de otorgar a los cultivos una menor huella de carbono y una mayor resiliencia frente a fenómenos climáticos extremos. La distinción pone por segundo año consecutivo a una científica argentina en el podio internacional. Así, la Argentina se consolida como el país de América Latina con mayor cantidad de científicas distinguidas, con un total de 12 investigadoras premiadas desde el inicio del programa, nueve como Laureadas y tres como Rising Talents.

Desde muy chica, Chan mostró una profunda curiosidad, especialmente orientada a comprender los mecanismos de la vida y las reacciones que gobiernan la naturaleza. Cuando era niña, observó un fenómeno cotidiano que marcaría el inicio de su búsqueda científica: si alguien olvidaba regar las plantas, algunas se marchitaban con extrema rapidez, mientras que otras apenas parecían verse afectadas por la falta de agua. “Esa observación tan simple despertó mi vocación”, recuerda la investigadora. Fue el punto de partida de una obsesión profesional orientada a descifrar los secretos de la resistencia de las especies vegetales. “¿Por qué algunas plantas prosperan en condiciones de sequía mientras otras mueren en pocos días? Mi trabajo estuvo dedicado a responder esa pregunta”, explica. En ese camino, Chan contó con el estímulo constante de sus padres, que le enseñaron que todo puede lograrse con esfuerzo y dedicación.

Sin embargo, el trayecto hasta finalmente convertirse en científica e investigadora no fue fácil. En la década del ’70 en Argentina, Chan se encontraba un año adelantada y cursaba los primeros tramos de la carrera de bioquímica en Buenos Aires (previamente haber rendido 5° año libre en el Carlos Pellegrini, la primera alumna en hacerlo). Ahí, su nombre apareció en una lista de amenazas confeccionada por la Triple A. Aunque no poseía una militancia política activa o partidaria, su participación en el centro de estudiantes bastó para incluirla.

Rachel Chan, científica. Crédito: Anita Pouchard Serra, gentileza de Loreal
La científica Raquel Chan. Crédito: Anita Pouchard Serra, gentileza de L’Oréal.

“No era cuestión de decir ‘yo no fui’, había ejercido mi derecho democrático”, relata, rememorando la gravedad de ese momento. Ante el inminente riesgo para su vida y la agudización de la violencia, sus padres decidieron enviarla al exterior. El primer destino fue Uruguay, donde residía parte de su familia, para luego trasladarse de forma definitiva a Israel, bajo la tutela de unos tíos. El exilio la llevó a madurar de golpe en un entorno completamente desconocido: “Me las arreglé sola y crecí de repente”. En la Universidad de Jerusalén, se graduó en la carrera de Química.

Con la vuelta de la democracia a Argentina, Chan decidió también volver al país y se instaló en Rosario, donde completó sus estudios de doctorado. Después, se trasladó a Francia para realizar una estancia posdoctoral de cuatro años en la ciudad de Estrasburgo. A su regreso definitivo al país en 1993, ingresó a la carrera del Investigador Científico de CONICET como investigadora adjunta, con un proyecto enfocado en desentrañar cómo las plantas responden a los estímulos y agresiones del medioambiente. Eran tiempos difíciles para el sistema de ciencia nacional, con cupos de ingreso severamente restringidos y presupuestos acotados.

Un punto de inflexión fue en 1998. En ese momento, la Universidad Nacional del Litoral estaba diseñando la carrera de Biotecnología, pero no tenía un cuerpo docente consolidado en áreas como la ingeniería genética, la biotecnología y la biología molecular vegetal. A través del programa FOMEC (Fondo para el Mejoramiento de la Calidad Universitaria), un instrumento de financiamiento público orientado a elevar el estándar académico de las universidades nacionales, le ofrecieron a Chan radicarse en la capital santafesina. La propuesta incluía la asignación de cargos para los integrantes de su equipo y la provisión de fondos específicos para la adquisición de equipamiento de laboratorio de última generación.

Bajo su liderazgo, se generó un polo de desarrollo en biología vegetal que transformó de manera radical el perfil de la facultad. El programa FOMEC actuó como un imán para la atracción de otros profesores y grupos de investigación calificados, dando lugar al Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL). “Hoy las cosas están mucho mejor que hace 20 años en cuanto a investigación y docencia”, enfatiza Chan.

El gen HB4: de un delirio experimental al éxito agroindustrial

El ingreso de Chan al selecto grupo de científicos con desarrollos transferidos con éxito al mercado global de commodities agrícolas se inició a partir de una apuesta metodológica que, en sus propias palabras, rozaba lo irracional para las condiciones de la ciencia local de los ’90. En el ámbito de la biología molecular vegetal, el modelo de estudio universal y estandarizado es la Arabidopsis thaliana, una planta pequeña de ciclo de vida corto (apenas dos meses) que se transforma genéticamente con gran facilidad. Pero conseguir financiamiento sustancial en la Argentina para investigar un organismo modelo sin correlación directa con los cultivos productivos de la región era un obstáculo recurrente.

Rachel Chan, científica. Crédito: Anita Pouchard Serra, gentileza de Loreal
La científica Raquel Chan con parte de su equipo de investigación. Crédito: Anita Pouchard Serra, gentileza de L’Oréal.

Ante esta encrucijada, Chan optó por un camino disruptivo: presentar un proyecto centrado en el girasol, una especie de enorme relevancia económica para el país pero con un genoma muy complejo, de gran tamaño y que, en ese momento, no tenía herramientas biotecnológicas desarrolladas o protocolos de transformación viables. “Fue un delirio”, confiesa sobre ese camino que terminaría revelando la presencia de genes con propiedades excepcionales para la resiliencia vegetal.

La metodología fue aislar fragmentos de ADN del girasol para introducirlos en la planta modelo Arabidopsis thaliana. Los ensayos de laboratorio mostraron un descubrimiento pionero: las plantas que expresaban un gen específico del girasol, denominado HB4, mostraban una tolerancia sustancialmente superior a la escasez de agua, logrando sobrevivir y mantener sus funciones biológicas en condiciones que resultaban letales para los especímenes de control. El déficit hídrico es la principal causa de volatilidad y pérdida de rendimientos en la agricultura global. Dadas las dimensiones acotadas de su laboratorio, el escalamiento de este hallazgo requería un modelo de gestión inédito en el ecosistema científico nacional. Chan y su equipo promovieron una asociación institucional estratégica entre el sector público —representado por el CONICET y la Universidad Nacional del Litoral— y el sector corporativo privado. Esta alianza público-privada asumió el desafío de codesarrollar e incorporar la tecnología HB4 en variedades comerciales de trigo, maíz, soja y arroz. El proceso demandó años de ensayos regulados a campo, evaluaciones de bioseguridad ambiental y el aprendizaje mutuo de dos sectores acostumbrados a dinámicas institucionales divergentes.

El éxito de la tecnología HB4 no solo está en su capacidad para mitigar las pérdidas económicas derivadas de las sequías, sino en haber demostrado que los científicos formados en universidades públicas argentinas pueden generar patentes biotecnológicas de alcance global. “La tecnología HB4 es buena y funciona. No va a salvar el hambre del mundo, pero es una contribución a la mejora y requiere de muchos más grupos de investigación. Ser un ejemplo de que se puede conectar con empresas me parece más valioso que la tecnología en sí misma”, asegura. Y remarca: “La característica más determinante para un científico es la resiliencia y la capacidad de sobreponerse a las frustraciones cotidianas del trabajo experimental”. Es que, en el contexto local, la investigación básica y aplicada debe lidiar de forma constante con trabas administrativas y burocráticas que demoran procesos y ralentizan el ritmo de trabajo.

A las complejidades propias de Argentina se le suman los riesgos inherentes a la fase de experimentación a campo abierto. Por ejemplo, cuando el equipo empezó a testear los cultivos modificados en parcelas experimentales externas para evaluar su comportamiento bajo variables climáticas reales, tuvieron que enfrentarse a plagas y fenómenos meteorológicos destructivos, como cuando, después de seis meses de trabajo, una bandada de loros arrasó en 10 minutos con todos los granos bajo estudio; en otra campaña, un tornado destruyó las instalaciones externas. Chan sostiene: “El fracaso debe ser procesado como un componente fundamental del aprendizaje científico”. Por eso valora no solo los perfiles con buenos desempeños académicos, sino aquellos que tuvieron que esforzarse y sortear dificultades. Tras el duelo y el enojo inicial, la única respuesta válida de un científico es rediseñar la estrategia operativa para bajar los riesgos en la campaña siguiente.

Diversidad y meritocracia

La equidad de género y el acceso de las mujeres a las posiciones de liderazgo en el ámbito de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM) sigue en agenda. Los datos globales recopilados por la alianza entre la Fundación L’Oréal y la UNESCO revelan que las mujeres representan solo el 31,7% de los investigadores activos a nivel mundial, y menos del 4% de los Premios Nobel de ciencias otorgados desde 1901 fueron a científicas. Además, datos del programa “For Women in Science” indican que el 86% de las investigadoras científicas globales declaran haber enfrentado situaciones de sexismo en sus ámbitos institucionales, mientras que 49% manifiesta haber experimentado acoso sexual a lo largo de sus carreras profesionales. Argentina está a la vanguardia: ocupa el puesto 12 entre las 20 naciones con mayor proporción de mujeres investigadoras en el mundo, y se posiciona 4° en cantidad de científicas integradas al programa de la Fundación L’Oréal. Actualmente, el 53,6% de la población de investigadores del sistema científico nacional está conformado por mujeres.

Chan reconoce que las condiciones y barreras que enfrentó al inicio de su carrera eran más severas que las de hoy, y le adjudica los avances normativos e institucionales a una evolución orgánica y paralela de la sociedad civil. Si bien admite que el acceso a los estratos superiores del escalafón científico todavía muestra rezagos, confía en que el recambio generacional y la continuidad en el camino correcto consolidarán un escenario equilibrado en los próximos años. “Los espacios institucionales, las becas de investigación y las promociones deben ser obtenidos mediante el mérito, la pasión, la resiliencia ante la frustración y la solidez académica”, concluye.

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