La reactivación de las conversaciones -una vez más- entre Glencore y Rio Tinto para una posible fusión de U$S 260.000 millones vuelve a poner a la minería en el centro de la carrera por el cobre, un insumo crítico para la transición energética y la nueva ola de demanda asociada al boom de vehículos eléctricos, los data centers y la necesidad de renovar la infraestructura eléctrica a nivel global.
El eventual “GlenTinto” crearía el mayor grupo minero del mundo, con implicancias que van desde la competencia con BHP hasta el futuro de proyectos clave en la región, incluida la Argentina.
La información no tardó en mover el mercado: tras confirmarse que ambas compañías están en “discusiones preliminares” sobre “una posible combinación de algunos o todos sus negocios, que podría incluir una fusión total mediante canje de acciones”, las acciones de Glencore subieron 8,8% en Londres, mientras los papeles de Rio Tinto cayeron 2,4% en esa plaza y 6,3% en Australia.
Más allá del interés global -hace más de 20 años que la posibilidad va y viene- que despertó la posibilidad de la fusión, los comunicados dejaron claro que “no hay certeza” de que se llegue a un acuerdo vinculante.
Cobre, escala y la lógica de “más grande es mejor”
El racional estratégico es transparente: la combinación apuntaría al cobre en un momento en que el metal viene de marcar un máximo histórico por encima de U$S 13.300 por tonelada y los analistas proyectan un déficit de hasta 10 millones de toneladas hacia 2040 si no se acelera la inversión en nueva oferta.
Ese descalce potencial, alimentado por la transición energética, la electrificación y el boom de la inteligencia artificial, está detrás de una nueva ola de consolidación: el reciente acuerdo de fusión entre Anglo American y Teck Resources, valorado en U$S 53.000 millones, ya creó un nuevo “peso pesado” del cobre y presionó a rivales como BHP y la propia Rio Tinto a ganar masa crítica.
Glencore, con sede en Suiza, se reposicionó explícitamente como “compañía de crecimiento en cobre”: es hoy el sexto productor mundial y el mayor productor de carbón listado en Bolsa. Su plan de expansión, que incluye el desarrollo del proyecto El Pachón en San Juan, Argentina, apunta a duplicar su producción hasta 1,6 millones de toneladas anuales hacia 2035, frente a los niveles actuales. “Tiene sentido crear compañías más grandes. No solo por el tamaño, sino para generar sinergias materiales, relevancia, atraer talento y atraer capital”, sostuvo en diciembre su CEO, Gary Nagle.

Del lado de Rio Tinto —la empresa más grande de las dos, con un valor de empresa de U$S 162.000 millones— el interés es claro: necesita crecimiento en cobre para complementar un pipeline desafiante, que incluye proyectos trabados como Resolution en Estados Unidos. Analistas como Ben Davis, de RBC, hablan directamente de la “Everest de cobre” de Glencore como la forma “más sencilla” de que Rio expanda su exposición al metal.
Coal, trading y la letra chica del deal
El principal obstáculo no está en el cobre, sino en lo que viene adjunto. Glencore no solo aporta minas de cobre, litio y aluminio: también es el mayor productor listado de carbón y uno de los traders de commodities más grandes del mundo. Rio Tinto, en cambio, salió del negocio del carbón en 2018 y viene reorientando su portafolio hacia “commodities del futuro”, desde el litio a metales vinculados a la descarbonización, con un footprint concentrado en países OCDE.
En mayo, Glencore reestructuró sus activos de carbón en una entidad separada con base en Australia, una movida que los analistas leen como un paso para facilitar una eventual escisión o spin-off. Ese rediseño abre alternativas: una fusión plena seguida por la venta de los negocios no deseados, una compra parcial de activos —cobre, litio, aluminio— y la privatización o escisión del resto, o incluso un esquema híbrido. “La pregunta para los accionistas de Rio es si están dispuestos a pagar por los negocios de carbón y trading de Glencore para quedarse con su cobre”, sintetiza Davis.

Las resistencias no son menores. Un accionista de peso de Rio, John Ayoub, de Wilson Asset Management, advirtió: “Podemos entender la lógica estratégica, pero tenemos a la mejor compañía del mundo y no la vamos a regalar”. Para él, el acuerdo “tiene sentido al precio correcto” y representa “la primera oportunidad de Trott para demostrar que es disciplinado”.
También pesan factores culturales y de riesgo jurisdiccional. Un inversor del top 20 de Glencore subrayó que ambas empresas “son percibidas, con razón o sin ella, como culturalmente bastante diferentes”, mientras que Andy Forster, de Argo Investments, consideró que, si bien Glencore tiene “activos decentes”, el encaje no es obvio dada la “amplia variedad de negocios, incluyendo carbón y trading”.
BHP, el gran tercero en discordia
En este tablero, BHP aparece como el potencial “interloper” capaz de alterar cualquier acuerdo. La minera australiana ya intentó, sin éxito, comprar Anglo American en 2024, y volvió a acercarse sin éxito antes de que se destrabara la fusión de Anglo con Teck. Para Ben Davis, de RBC, la noticia del posible “GlenTinto” fue “probablemente la peor” que podría recibir el CEO de BHP, Mike Henry, porque le suma un competidor con enorme escala en cobre.
Los analistas coinciden en que BHP seguirá de cerca las conversaciones y evaluará opciones que van desde ofertar por Glencore hasta esperar una ventana para volver sobre Anglo Teck una vez que esa integración se complete. Con pocas otras mineras globales de cobre de escala comparable, el espacio para movimientos transformacionales es acotado.
Argentina y la región: qué está en juego
Para Argentina y América Latina, el potencial megadeal no es un dato abstracto. Glencore ya presentó solicitudes para que El Pachón y Agua Rica sean incluidos en el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) lanzado por el gobierno de Javier Milei, con un plan de inversión de entre U$S 8.500 millones y U$S 10.500 millones solo en El Pachón, y un total de aproximadamente U$S 13.500 millones al sumar ambos proyectos. El yacimiento sanjuanino concentra unos 6.000 millones de toneladas de mineral con ley promedio de 0,43% de cobre, 2,2 gramos por tonelada de plata y 130 gramos por tonelada de molibdeno, y podría ubicarse entre las mayores minas de cobre del mundo cuando entre en operación.
Si Rio Tinto terminara tomando control de Glencore o de parte de sus activos, la gobernanza, el acceso a capital y las prioridades de portfolio de la nueva “GlenTinto” serían determinantes para el calendario y la escala de proyectos como El Pachón.
En un mercado donde S&P Global estima que la demanda anual de cobre podría alcanzar 42 millones de toneladas hacia 2040 —un 50% más que en 2025— y que el déficit podría dejar sin cubrir casi una cuarta parte de esa demanda, la ventana para que nuevos proyectos latinoamericanos entren en producción a tiempo se vuelve estratégica.
¿Deal inevitable o ensayo general?
Pese a la volatilidad inicial en Bolsa y a las dudas sobre carbón, trading y encaje cultural, varios inversores creen que esta vez las probabilidades de un acuerdo son mayores que en 2024. George Cheveley, portfolio manager en Ninety One y accionista de Glencore, sostuvo que la operación “resuelve un problema estratégico mayor” para Rio en cobre y que, en ese sentido, debería ser vista como positiva en el largo plazo. Jon Christian Evensen, de Eucalyptus Resources, fue aún más directo: “Esperemos que esta vez el ego y los temas blandos no se interpongan”, dijo, recordando el fracaso del intento anterior.
Bajo el código de adquisiciones del Reino Unido, Rio Tinto tiene hasta el 5 de febrero para presentar una oferta formal por Glencore o declarar que no tiene intención de hacerlo. Entre ahora y esa fecha, accionistas, reguladores y competidores calibrarán si el mantra de “bigger is better” alcanza para justificar la mayor megafusión minera de la historia contemporánea. Para la industria —y para países productores como Argentina— lo que está en juego es quién controlará los flujos de un metal que se volvió cuello de botella de la transición energética y de la economía de la inteligencia artificial.