Por qué cada vez más ejecutivos entrenan como atletas para rendir mejor en los negocios
Julian Hayes II Colaborador
Julian Hayes II Colaborador
Durante décadas, la comparación entre ejecutivos y atletas aportó una mirada valiosa sobre el rendimiento. Los atletas entrenan, descansan, se preparan para competir, administran la presión y dependen de equipos de especialistas para rendir al máximo cuando más importa. Los líderes empresariales afrontan muchas de esas mismas exigencias, aunque sus carreras suelen extenderse durante décadas sin una verdadera temporada de descanso. Hoy, esta comparación adquirió más relevancia que nunca dentro del liderazgo.
En 2025, The Palgrave Encyclopedia of Leadership and Organizational Change publicó una entrada titulada "Liderazgo y el atleta ejecutivo". Sus autores describen al atleta ejecutivo como un profesional capaz de sostener un alto nivel de desempeño mediante la gestión del rendimiento y la recuperación, con especial atención a la toma de decisiones y a la optimización de la psicología y la biología para mantener resultados a largo plazo.
La publicación rastrea el origen de esta idea hasta el modelo de "atleta corporativo", desarrollado décadas atrás, y cita investigaciones sobre liderazgo, desempeño organizacional, fisiología, biomarcadores y recuperación.
Lo que comenzó como una comparación atractiva ahora avanza hacia un modelo de liderazgo mucho más completo, cada vez más adaptado a las exigencias concretas de los negocios actuales.
Las exigencias que enfrentan los ejecutivos actuales se extendieron mucho más allá de las tareas tradicionales de una empresa. En una sola semana, un CEO puede pasar de una presentación de resultados a responder ante un conflicto geopolítico, resolver problemas relacionados con el talento, reunirse con inversores, viajar entre distintos husos horarios, atender responsabilidades familiares y, casi inevitablemente, quedar expuesto al escrutinio público.
Los ejecutivos actuales conviven con tres grandes presiones del liderazgo: la carga del negocio, las expectativas de la comunidad y el peso de la familia. El liderazgo ejecutivo puede aportar sentido y propósito, pero también elevar el riesgo de burnout, tal como señaló un estudio publicado en Frontiers in Psychology.

El cargo aporta autonomía, impacto, responsabilidad y otros factores que generan satisfacción. Sin embargo, esas mismas funciones también pueden ejercer una enorme presión por la falta de tiempo, el estrés crónico y una identidad que muchas veces termina demasiado ligada a la propia organización.
A lo largo de una extensa carrera ejecutiva, esta combinación acumula una carga considerable sobre el cerebro y el cuerpo.
Las habilidades de liderazgo y los KPI (indicadores clave de rendimiento) tradicionales de las empresas sirvieron durante años para evaluar el desempeño. Cada vez más, los líderes actuales también miden los indicadores biológicos que sostienen su capacidad de rendir.
Un líder puede cuantificar su capacidad cardiorrespiratoria mediante una prueba de VO2 máx., evaluar la composición corporal y la masa magra con estudios DEXA, seguir las tendencias del sueño y la recuperación a través de tecnología wearable, controlar la salud metabólica con análisis de sangre y medir la atención, la velocidad de procesamiento y otras funciones ejecutivas mediante pruebas neurocognitivas.
En esencia, el liderazgo tiene una base biológica. La fisiología de un ejecutivo influye en cómo piensa, rinde, se comunica y responde ante la presión. En otras palabras, la biología de un líder funciona como el tejido que conecta su efectividad. Una empresa no puede superar el rendimiento biológico de quienes están al frente.
Los atletas preparan su cuerpo para responder a las exigencias específicas de cada disciplina. Los ejecutivos deberían afrontar el liderazgo con ese mismo nivel de precisión. La capacidad funciona como el oxígeno para los líderes empresariales: determina los recursos mentales, emocionales y físicos disponibles y, en última instancia, marca cuánta presión pueden soportar antes de que su rendimiento, presencia y calidad de decisión comiencen a deteriorarse.
Con la volatilidad cada vez más presente, sumada a una función que ya de por sí exige mucho, los líderes con mayor capacidad tendrán una ventaja frente a sus pares. Sin embargo, esas exigencias cambian según el cargo y el momento que atraviese cada organización.

Un fundador que busca capital y amplía su personal enfrenta una carga fisiológica distinta a la de un CEO de una empresa que cotiza en bolsa y debe mantener la calma al comunicar malas noticias, responder a las demandas de distintos grupos de interés y resolver crisis imprevistas. Un ejecutivo de capital privado que atraviesa una etapa intensa de operaciones puede necesitar largas jornadas, plazos de decisión muy acotados y viajes frecuentes durante varias semanas.
Ahí es donde el entrenamiento de la capacidad adquiere valor estratégico. Un líder que se prepara para un trimestre exigente puede necesitar mejorar su capacidad aeróbica, proteger el sueño, aumentar la fuerza, ajustar la alimentación o reservar más espacio para la recuperación antes de que la carga de trabajo alcance su punto máximo.
Una mayor capacidad ayuda a los líderes a pensar con claridad, regular sus emociones, tomar buenas decisiones y mantener su efectividad a medida que aumentan las exigencias propias de su función.
Cuanto más alto llega una persona dentro de una organización, mayores son las consecuencias que puede tener su estado biológico.
Mientras un empleado cansado puede perder algunas horas de productividad, un CEO agotado puede gestionar mal a ejecutivos clave, comunicarse de forma deficiente durante una crisis o tomar decisiones sobre asignación de capital que afecten a miles de trabajadores, sus familias y miles de millones en valor empresarial.

Por eso, la salud ejecutiva ocupa cada vez más espacio dentro de la conversación sobre la preparación para liderar y el valor de una empresa. La experiencia, el criterio, la capacidad estratégica y la posibilidad de generar valor a largo plazo dependen de que un líder pueda expresar esas cualidades de manera constante.
Actuar como un atleta ejecutivo establece un estándar más exigente para esa preparación y beneficia a todos los que dependen de ese líder. Les permite a los ejecutivos medir, entrenar, recuperar y preservar la capacidad física, emocional y cognitiva necesaria para sostener sus responsabilidades a lo largo del tiempo.
A medida que aumentan las exigencias del liderazgo, los ejecutivos capaces de recurrir una y otra vez a su mejor criterio, energía y presencia tendrán una ventaja significativa frente a sus pares.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.