En un artículo publicado el 28 de junio en The Atlantic, titulado "Las personas que prosperarán en la era de la IA", David Brooks sostuvo que la IA plantea una cuestión fundamental sobre la voluntad y sobre si los seres humanos todavía conservan la capacidad mental para tomar decisiones genuinas. El 10 de agosto, Mark Zuckerberg publicó su visión sobre la superinteligencia: "El futuro es para todos". El CEO de Meta describe un futuro en el que miles de millones de personas tendrán acceso a una IA personal más inteligente que cualquier experto humano de la actualidad.
Ambos se enfrentan a algo real. Pero creo que pusieron la mirada en la crisis equivocada. La cuestión no es si la IA nos superará en inteligencia. Lo hará. La verdadera pregunta es si cuando la IA nos devuelva el espejo, todavía habrá alguien detrás de él.
Pasé más de dos décadas inmerso en la cultura corporativa, la política interna, las evaluaciones de desempeño y las reglas tácitas que determinan quién asciende y quién desaparece. Una y otra vez constaté que lo más peligroso que ocurre en las empresas estadounidenses no es la automatización, sino la aniquilación de la identidad. Y empezamos a practicarla mucho antes de que se entrenara el primer LLM, el tipo de sistema de IA en el que se basan herramientas como ChatGPT.
La crisis de convicciones que nadie más mide
En mi investigación, el 87% de los gerentes afirmó que su individualidad queda reprimida en el trabajo. Casi nueve de cada diez personas responsables de liderar equipos, impulsar la estrategia y marcar la cultura para la próxima generación aprendieron a autocensurarse incluso antes de entrar a una sala. No hablamos de esto como una crisis. Lo presentamos como cuestión de profesionalismo.

Pero Gallup respaldó esta realidad con cifras. Sus datos de 2025 estimaron el costo de la baja participación laboral en US$ 10 billones a nivel mundial, equivalente al 9% del PIB global. La Asociación Estadounidense de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) informó que solo el 46% de los trabajadores encuentra sentido en su trabajo. A su vez, el U.S. Surgeon General, la principal autoridad federal de salud pública del país, documentó que cerca del 50% de los adultos declaró que sufría soledad crónica. Estas cifras no describen una fuerza laboral superada por las máquinas, sino una que se abandonó en silencio, opinión tras opinión, a medida que cada persona decidió callar lo que pensaba.
A esto lo llamo la crisis de convicciones. No se trata de una falta de habilidades, sino de una falta de autoestima, y la IA está a punto de hacer que resulte imposible ocultarla.
La crisis de la autocensura: dónde empieza realmente
Lo que me quita el sueño no es el ejecutivo que ya sabe desenvolverse, sino el adolescente que aprende a hacerlo ahora mismo. Un estudio de Common Sense Media de 2025, una organización estadounidense especializada en el impacto de la tecnología y los medios en niños y adolescentes, reveló que cerca del 72% de los adolescentes usó un asistente virtual con IA y que uno de cada tres de quienes recurrieron a estas herramientas prefiere a estas herramientas antes que a una persona para mantener conversaciones importantes.
Los jóvenes, justo en una etapa del desarrollo en la que forman su identidad, eligen cada vez más vínculos con sistemas que no pueden contradecirlos, sentirse decepcionados con ellos ni exigirles que sean consecuentes con la persona que dijeron ser el día anterior.
La Encuesta sobre Conductas de Riesgo Juvenil de los CDC, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, mostró que cerca del 40% de los estudiantes del colegio secundario declararon sentir tristeza o desesperanza de manera persistente. Datos de Pew Research Center de 2025 revelaron que solo el 52% de los adolescentes afirmó que recurriría a sus padres ante un problema grave, mientras que el 80% de los padres dio por hecho que sus hijos lo harían. Esta brecha no refleja un problema de comunicación, sino de confianza, producto de años de presión sutil para cumplir determinadas expectativas.

Un estudio realizado en 2025 por Citizens y Junior Achievement, una organización estadounidense dedicada a preparar a jóvenes para el mundo laboral, reveló que el 88% de los adolescentes siente presión para seguir un camino preestablecido en lugar de elegir el propio. Además, el 48% afirmó que las redes sociales tienen un efecto mayormente negativo sobre las personas de su edad, una cifra que aumentó 16 puntos en apenas tres años.
A esto lo llamo la crisis de la autocensura. Es el momento en que los adolescentes aprenden a modificar su personalidad para adaptarse al algoritmo, al proceso de admisión universitaria o a las recompensas que reciben en las conversaciones familiares. Después de que se gradúan, entran a tu empresa y vos te preguntás por qué nadie cuestiona nada en las reuniones.
En qué acierta y en qué se equivoca Zuckerberg
La visión de Zuckerberg sobre la superinteligencia no es cínica. Creo que realmente considera que democratizar el acceso a asesores de IA brillantes mejorará la vida de las personas. Y, en términos prácticos y concretos, puede que tenga razón. Pero su planteo deja de lado algo importante: el valor de un asesor, ya sea humano o artificial, depende de la claridad de pensamiento de quien recibe el consejo. Si no sabés qué creés realmente, una IA brillante simplemente validará la conducta que ya mostrás. Optimizará la apariencia, no la esencia.
Un estudio de CalypsoAI de 2025 reveló que el 45% de los trabajadores ya confía más en la IA que en sus compañeros y que la mitad de los ejecutivos prefiere responder ante una IA antes que ante otras personas. Cuando leo esto, no veo liberación. Veo un refugio perfecto para quienes ya aprendieron a buscar la aprobación externa. Un asistente de IA que te dice lo que querés escuchar, con la seguridad que le aportan miles de datos, no es inteligencia. Es una forma sofisticada y masiva de buscar aprobación.
La brecha que los datos no pueden resolver
La investigación de Gallup y la Fundación Walton Family de 2025 documentó lo que sus autores denominan una brecha de éxito: el 56% de los estudiantes de la Generación Z afirmó sentirse exitoso, pero esa cifra cayó al 39% entre los adultos jóvenes. En otras palabras, cuando los jóvenes ingresan al mercado laboral y se enfrentan a las expectativas de rendimiento propias de la vida adulta, algo esencial se pierde.

Los datos de Edelman para 2026 muestran que solo el 32% de las personas espera un futuro mejor. Esto no es pesimismo, sino la conclusión lógica de una cultura que premió de manera sistemática el rendimiento por encima de la presencia, la producción por encima de la autoría y el consenso por encima de las convicciones.
Brooks tiene razón al afirmar que la IA obligará a revisar hasta qué punto actuamos por decisión propia. Pero ese examen no empezará en la sala del directorio. Empezará en la mesa familiar y aparecerá también en la oficina del orientador escolar, cada vez que un adolescente decida contarle a un asistente de IA algo que no se anima a decirles a sus padres, o cuando un ejecutivo guarde silencio en una reunión porque aprendió que sobrevivir exige autocensura.
Tres prioridades para los líderes que todavía prestan atención
Los líderes que lean este artículo tienen más influencia sobre lo que ocurra a partir de ahora que cualquier modelo de IA entrenado en un centro de datos. Esto es lo que exige este momento.
1. Dejá de medir la productividad. Empezá a medir la autoría.
La pregunta no es qué produce tu gente; la IA asumirá cada vez una mayor parte de esa tarea. La verdadera cuestión es si los integrantes de tu equipo son autores de sus propias ideas o simples editores de lo que creen que querés escuchar. Si no podés distinguir una cosa de la otra, la responsabilidad no es de ellos, sino tuya.
2. Creá condiciones que protejan el desacuerdo.
Si en tu organización solo se animan a expresar una opinión contraria quienes acumularon suficiente capital político, es decir, influencia y respaldo interno para sostener una controversia, no tenés una cultura de innovación, sino una orientada a administrar el desempeño. El desacuerdo es una señal de que la identidad de una persona permanece intacta. Protegela como el activo competitivo que representa.

3. La conversación más trascendental ocurre en la mesa familiar.
La crisis de la autocensura no empieza a los 45 años, sino a los 15. Los altos ejecutivos que además son padres transmiten a sus hijos una cultura del rendimiento que pocas veces se les pidió revisar. Cuando premiás a tu hijo adolescente por encajar en lugar de destacarse sin traicionar quién es, formás a la próxima generación de ejecutivos para que repitan aquello que intentaste corregir durante toda tu carrera en las personas que hoy dirigís.
La verdadera división
Después de trabajar con miles de líderes a lo largo de los años, vi una constante: quienes mejor atraviesan los cambios no son los que tienen un mayor dominio técnico. Son aquellos que saben, con una certeza serena, quiénes son cuando nadie los mira.
Esa es la brecha que la IA dejará al descubierto. No será entre inteligencia e ignorancia. Tampoco entre pioneros y rezagados. Será entre personas que conservaron intacta su identidad y aquellas que pasaron tanto tiempo detrás de la aprobación externa que ya no distinguen su propia voz de la que aprendieron a usar.
La pregunta que les haría a todos los altos ejecutivos que lean esto no es: ¿Están preparados para la IA?, sino: ¿Siguen siendo ustedes mismos?
*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.