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Liderazgo

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La trampa de la honestidad selectiva: por qué los empleados solo dicen la verdad que los líderes quieren escuchar

Benjamin Laker

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Cuando la franqueza implica riesgo, los equipos editan alertas, demoran problemas y construyen una versión más segura, pero menos útil, de la realidad corporativa.

1 Junio de 2026 09.19

La mayoría de los líderes afirma que quiere escuchar la verdad. Les piden a los empleados que expresen sus opiniones, cuestionen supuestos y saquen a la luz los problemas cuanto antes. Dicen que mantienen la puerta abierta. Insisten en que prefieren recibir malas noticias antes que no recibir ninguna.

Y, muchas veces, lo dicen en serio.

Pero en muchas empresas, la verdad no circula de manera uniforme. Los equipos la editan. Los empleados minimizan los riesgos, demoran las malas noticias, eliminan la carga emocional y presentan preocupaciones graves como asuntos manejables. Para cuando la información llega a la alta dirección, todavía puede conservar la precisión técnica, pero ya perdió la urgencia.

Esto es honestidad selectiva. La gente no miente. Simplemente filtra la información. Les cuenta a los líderes la versión de la verdad que le parece más segura.

Esa distinción resulta clave porque las empresas rara vez fracasan por falta de información. Con mayor frecuencia, fracasan porque la información estaba disponible, pero perdió fuerza a medida que escalaba en la organización.

Por qué los empleados aprenden a editar la verdad

Los empleados no suelen empezar ocultando información; aprenden a hacerlo con la experiencia. Un gerente reacciona a la defensiva ante las críticas. Un líder desestima una advertencia y la interpreta como una actitud negativa. Quien expresa una inquietud queda etiquetado como difícil, político o poco orientado al negocio. La lección se incorpora rápido: la honestidad resulta bienvenida, pero solo bajo ciertas formas.

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La verdad tiene que sentirse lo suficientemente segura, útil y valorada como para sobrevivir al recorrido. (Foto: Pexels)

Con el tiempo, las personas desarrollan habilidad para gestionar la relación con sus superiores. Aprenden qué palabras reducen el riesgo, qué preocupaciones pueden plantear en público y cuáles conviene mantener en privado. Aunque pueden seguir hablando con sinceridad, lo hacen con cautela. Un problema grave se transforma en algo que requiere atención. Un proyecto fallido se convierte en algo desafiante, pero recuperable. Un problema cultural se presenta como una inconsistencia en la experiencia.

Esto no es cobardía. Es adaptación. Cuando las personas creen que la franqueza implica riesgos sociales o profesionales, hacen lo que haría la mayoría de los empleados racionales: se protegen.

La seguridad psicológica ayuda a explicar por qué sucede esto. Muchas veces, las personas muestran mayor disposición a expresarse cuando creen que hacerlo no les generará castigos, humillaciones ni daños reputacionales. Pero la ausencia de represalias explícitas no basta. Los empleados también leen señales más sutiles: a quién ignoran, a quién interrumpen y qué advertencias interpretan de manera equivocada como problemas de actitud.

Cómo se diluyen las malas noticias

La verdad rara vez desaparece de golpe. Las organizaciones la diluyen a través de distintas etapas. Un empleado de primera línea identifica un problema. Un gerente intermedio lo traduce a un lenguaje más digerible. Un gerente senior elimina la incertidumbre, la emoción o la culpa antes de presentarlo a sus superiores. Cada persona cree que actúa con profesionalismo, de manera constructiva o con la mesura adecuada.

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Los empleados no suelen empezar ocultando información; aprenden a hacerlo con la experiencia. (Foto: Pexels)

Para cuando el mensaje llega a la alta dirección, puede sonar mucho más calmo que la realidad que viven los equipos de abajo. Los líderes escuchan la versión suavizada y dan por sentado que la organización está bajo control. Ven tableros de control, actualizaciones y confianza. Lo que no perciben es la ansiedad que atraviesa el sistema.

Ahí es donde la jerarquía distorsiona la información. Quienes ocupan posiciones más bajas en la estructura suelen tener el acceso más inmediato a la realidad operativa, pero también el menor poder para definir qué significa. Quienes ocupan posiciones más altas tienen mayor autoridad para actuar, pero dependen de información que ya pasó por distintos filtros.

El resultado es una brecha peligrosa. Los líderes creen que reciben la verdad porque reciben información. Pero la información no es lo mismo que la realidad sin editar.

El costo de la honestidad selectiva

La honestidad selectiva retrasa la capacidad de respuesta de las empresas. Los problemas salen a la luz tarde porque las personas esperan hasta que ya no pueden debatirlos. Los riesgos recién se vuelven visibles cuando ya escalaron. Entonces, los líderes se sorprenden ante problemas con los que otros convivieron en silencio durante meses.

También debilita la confianza. Los empleados advierten cuando la versión oficial no coincide con su realidad. Perciben la brecha entre lo que se presenta ante la dirección y lo que se comenta en privado. Con el tiempo, crece el cinismo. Las personas dejan de creer que la organización realmente se preocupa por lo que ocurre.

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La mayoría de los líderes afirma que quiere escuchar la verdad. (Foto: Pexels)

Además, existe un costo en la toma de decisiones. Los líderes toman decisiones sobre la base de información incompleta. Asignan mal los recursos, interpretan de manera equivocada el clima interno, sobreestiman el nivel de preparación y subestiman la resistencia. El problema no radica simplemente en que los empleados oculten información, sino en que los líderes gestionan con información sesgada.

De esta forma, la honestidad selectiva se convierte en un riesgo estratégico. Les permite a las empresas sentirse estables mientras se desconectan de la realidad.

Por qué los líderes muchas veces la fomentan sin darse cuenta

Muchos líderes, sin darse cuenta, acostumbran a sus empleados a distorsionar la verdad. Dicen que buscan franqueza, pero premian la complacencia. Piden asumir riesgos, pero reaccionan mal ante la incertidumbre. Invitan a cuestionar, pero favorecen a los empleados que presentan los problemas con un lenguaje pulido y optimista.

Esto crea una trampa de credibilidad. Los empleados aprenden que la verdad más segura es la que suena útil, serena y fácil de resolver. Todo lo que resulta más confuso se percibe como riesgoso. Cuanto más jerárquica es la audiencia, más controlado se vuelve el mensaje.

Nadie quiere parecer alarmista, desleal, emocional o negativo. Por eso, las personas presentan la verdad de una manera que proteja su reputación.

Los líderes pueden confundir una comunicación impecable con la salud de la organización. En realidad, una comunicación impecable a veces puede indicar que las personas filtran demasiado la información.

Lo que exige la verdadera honestidad ascendente

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En la honestidad selectiva la gente no miente; simplemente filtra la información. (Foto: Pexels)

Si los líderes quieren escuchar la verdad, deben hacer que comunicarla resulte seguro y útil. Eso empieza por cómo responden ante las malas noticias. La primera reacción importa más que cualquier declaración formal sobre transparencia. Si un líder se pone a la defensiva, actúa con desdén o castiga a quien habla, el sistema lo registra. Si un líder se muestra curioso, específico y sereno, el sistema también lo registra.

Los líderes también deberían hacer mejores preguntas. "¿Todo marcha según lo previsto?" invita a la tranquilidad. "¿Qué todavía no estamos viendo?" invita a la reflexión. "¿Qué preocupa a las personas en privado?" abre otro tipo de conversación. "¿Qué dirían los empleados de primera línea si no estuvieran gestionando nuestra reacción?" acerca la conversación a la realidad.

El objetivo no consiste en crear una cultura de quejas constantes, sino una cultura donde la realidad aparezca con la fuerza suficiente para importar.

Eso implica premiar las señales de alerta temprana, no solo los resultados exitosos. Implica tratar la disidencia como información antes de interpretarla como una actitud. Implica advertir cuándo todas las actualizaciones suenan demasiado perfectas.

La lección central del liderazgo

Los empleados dejan de decirles la verdad a sus superiores cuando el costo de la honestidad supera el costo del silencio. Pueden seguir hablando, elevando reportes y participando, pero el mensaje cambia. Se vuelve más seguro, más suave y menos útil.

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 Los empleados minimizan los riesgos, demoran las malas noticias, eliminan la carga emocional y presentan preocupaciones graves como asuntos manejables. (Foto: Pexels)

Los líderes más sólidos comprenden que no pueden simplemente exigir la verdad: su comportamiento la habilita o la bloquea. Cada reacción le enseña a la organización qué tipo de honestidad resulta aceptable.

La honestidad selectiva puede mantener la calma en las reuniones. Puede hacer que los informes de avance suenen mejor. Puede proteger a los líderes de la incomodidad en el corto plazo. Pero el costo de largo plazo es grave: las empresas pierden contacto con su propia realidad.

Los líderes que buscan tomar mejores decisiones necesitan más que datos. Necesitan personas dispuestas a decirles aquello que los datos todavía no muestran, aquello que la presentación suavizó y aquello que la jerarquía volvió más difícil de expresar.

La verdad no asciende automáticamente. Tiene que sentirse lo suficientemente segura, útil y valorada como para sobrevivir al recorrido.

*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.

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