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¿La educación sigue siendo la llave del éxito profesional?

Sandra Olive Managing Partner en Bäcker & Partners

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Solo el 24% de los trabajadores considera que su educación formal los preparó adecuadamente para el trabajo que realizan hoy. No obstante, las personas con educación universitaria tienen más probabilidades de recibir aumentos salariales y promociones.

24 Junio de 2026 09.06

Durante décadas, la respuesta parecía obvia: estudiar más significaba acceder a mejores oportunidades laborales, mayores ingresos y una carrera más sólida. Sin embargo, el mundo del trabajo está cambiando a una velocidad que obliga a replantear algunas certezas.

Un reciente estudio de ADP Research pone sobre la mesa una paradoja interesante: solo el 24% de los trabajadores considera que su educación formal los preparó adecuadamente para el trabajo que realizan hoy. Sin embargo, quienes poseen estudios superiores continúan obteniendo mejores resultados profesionales que quienes no los tienen.

Los datos son contundentes. A nivel global, las personas con educación universitaria tienen más probabilidades de recibir aumentos salariales, promociones y alcanzar una mayor sensación de seguridad financiera. Es decir, el título sigue generando ventajas concretas. Entonces, ¿qué está pasando?

El título sigue importando, pero ya no alcanza

La educación formal continúa siendo un activo valioso. Desarrolla pensamiento crítico, disciplina, capacidad analítica y brinda conocimientos fundamentales. Pero el mercado laboral actual exige algo más. La irrupción de la inteligencia artificial, la automatización, la digitalización de procesos y la aparición constante de nuevas profesiones hacen que muchas de las habilidades aprendidas durante la formación académica pierdan vigencia mucho más rápido que en generaciones anteriores. Hoy, el diferencial competitivo no está únicamente en lo que una persona estudió hace diez o veinte años, sino en su capacidad para seguir aprendiendo.

Cuando la educación corre detrás de la innovación

Existe además un desafío estructural que afecta a los sistemas educativos de todo el mundo: la velocidad. La innovación avanza a un ritmo mucho más rápido que la capacidad de las instituciones educativas para actualizar sus programas. Entre el diseño de una nueva currícula, su aprobación, la formación de docentes y su implementación, pueden pasar varios años. Para entonces, muchas de las herramientas, tecnologías o conocimientos que se enseñan ya evolucionaron o incluso quedaron obsoletos.

A esto se suma otro factor: no siempre quienes enseñan están expuestos diariamente a las transformaciones que ocurren en las organizaciones. Mientras las empresas incorporan inteligencia artificial, automatización, analítica avanzada o nuevas metodologías de trabajo, muchas veces el sistema educativo tarda más en adaptarse a esos cambios. Por eso, cada vez más profesionales entienden que la responsabilidad de su desarrollo ya no puede quedar exclusivamente en manos de una universidad, un posgrado o una empresa.

El caso argentino: una brecha que preocupa

Para Argentina, el estudio deja una reflexión particularmente relevante. Nuestro país sigue valorando enormemente los títulos universitarios y posee una larga tradición de educación superior. Sin embargo, muchos profesionales perciben una distancia creciente entre lo que aprendieron durante su formación y las competencias que les exige el mercado laboral actual.

Esto no implica que la universidad haya perdido valor. Significa que el aprendizaje dejó de ser un evento y pasó a convertirse en un proceso permanente. Cada vez más organizaciones buscan profesionales capaces de:

  • Adaptarse rápidamente a nuevos contextos. 
  • Incorporar herramientas digitales. 
  • Aprender nuevas tecnologías. 
  • Trabajar de manera colaborativa. 
  • Resolver problemas complejos. 
  • Gestionar la incertidumbre. 

Son habilidades que muchas veces se desarrollan tanto dentro como fuera de las aulas.

La nueva moneda del mercado laboral: la adaptabilidad

Durante años hablamos de experiencia, conocimientos técnicos y trayectoria. Hoy aparece una variable adicional: la capacidad de reinventarse. Los profesionales más demandados no son necesariamente quienes acumulan más títulos, sino quienes demuestran una actitud permanente de aprendizaje. La pregunta dejó de ser: "¿Qué estudiaste?" Y comenzó a transformarse en: "¿Qué estás aprendiendo ahora?"

El profesional que tendrá ventaja

En este contexto, comienza a destacarse un nuevo perfil profesional: aquel que combina una sólida base de conocimientos con una mirada estratégica sobre el mercado. Son personas que observan hacia dónde va su industria, identifican las habilidades que serán relevantes en los próximos años y toman la iniciativa para desarrollarlas antes de que alguien se las exija. Son autodidactas. Aprenden a través de cursos, podcasts, libros, certificaciones, comunidades profesionales, inteligencia artificial y experiencias laborales. No esperan a que una organización diseñe un programa de capacitación para comenzar a prepararse. Entienden que su empleabilidad futura depende menos de los conocimientos que poseen hoy y más de su capacidad para adquirir los que necesitarán mañana.

La capacidad de aprender se está transformando en una competencia más importante que el conocimiento en sí mismo. Porque mientras los conocimientos tienen fecha de vencimiento, la habilidad para adquirir nuevos conocimientos puede acompañarnos durante toda la vida profesional.

El desafío del FOBO

En nuestras conversaciones sobre carrera aparece cada vez con más frecuencia un concepto: FOBO (Fear of Becoming Obsolete), el miedo a volverse obsoleto. No se trata únicamente de una preocupación tecnológica. Es la sensación de que aquello que nos hizo exitosos en el pasado podría no ser suficiente para el futuro. Y, en cierta medida, el estudio de ADP confirma esa percepción.

La buena noticia es que la obsolescencia no depende de la edad. Depende de la capacidad de mantenerse vigente. Hay profesionales de 60 años aprendiendo inteligencia artificial y jóvenes recién graduados que ya quedaron desactualizados en algunas herramientas. La diferencia no la marca la generación, la marca la actitud.

Aprender será el trabajo de toda la vida

La educación sigue pagando dividendos y los datos lo demuestran. Pero el verdadero aprendizaje ya no termina con la obtención de un diploma. En un contexto donde las habilidades tienen una vida útil cada vez más corta, la ventaja competitiva más importante es la capacidad de evolucionar.

En el pasado, la ventaja competitiva era tener información. Hoy la información está al alcance de todos. La verdadera ventaja competitiva es la velocidad con la que somos capaces de aprender, desaprender y volver a aprender.

Porque en el mundo laboral actual, el desafío no es únicamente conseguir un título. El desafío es seguir siendo relevante.


*La columna fue desarrollada por Sandra Olive, Managing Partner en Bäcker & Partners

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