Un señor de pelo blanco pasa por la vereda de Figueroa Alcorta, los ve y los saluda con la mano. Lautaro Loguzzo le devuelve el saludo y, casi sin pausa, lo señala con discreción: “ese es el canillita que estaba antes acá”. El hombre sigue caminando. En el puesto, estudiantes de la Facultad de Derecho se acercan a pedir café; vecinos y turistas se detienen a mirar la estructura verde que ocupa la esquina.
Lo que esa imagen condensa tomó casi dos años construir. El metro cuadrado que se vendió por entre US$ 5.000 y US$ 6.000 hoy puede valer hasta diez veces más. El negocio que reemplazó al de aquel señor factura US$ 1 millón al año. Y el modelo que lo hizo posible está replicándose en otras provincias, con el gremio de canillitas mirando de reojo.
Lautaro Loguzzo tiene 28 años y lleva emprendiendo desde los 19: pasó por una constructora hasta un gimnasio. Gerónimo Messineo, platense, maneja los números. El tercer socio es Julián Cerati, actor que vive en Colombia y sobrino de Gustavo Cerati. Los tres tenían 26 años cuando abrieron el primer puesto, en agosto de 2024, sobre Junín y Paraguay. Lautaro diseñó los bocetos de cada uno.
El decreto que nadie estaba mirando
En septiembre de 2023, los tres viajaron a Europa y vieron en Barcelona y Madrid puestos de diarios reconvertidos en cafeterías. En Argentina no había nada parecido, y el marco legal tampoco lo permitía. En noviembre de ese año, la Resolución 1481 del Ministerio de Trabajo habilitó a los titulares de puestos a vender café.

Lo que siguió fue un año de trámites sin antecedentes: el permiso de agua ante AySA, las conexiones de luz de alta potencia, las habilitaciones con distintas áreas del Gobierno de la Ciudad. Todo lo construían desde cero, hasta que el primer puesto abrió sus puertas unos meses después.
De la intimación al premio
El primer día que Canillita abrió se hizo viral en X. Al otro día llegó la televisión. A las dos semanas, llegó el Gobierno de la Ciudad con una carta de intimación. "Ese fue un momento duro de incertidumbre", reconoce Loguzzo. “Eran nuestros ahorros, toda la ilusión del proyecto”.
Messineo recuerda que la respuesta fue salir a explicar el modelo, no a bajarlo. "Primero afrontarlo como equipo y luego entablar y dar a conocer un poco más el proyecto a la gente que nos gobierna y también al ciudadano y cliente que nos consume", dice.

Loguzzo eligió hacer ruido en lugar de callarse. Habló con cada medio que le pedía notas y forzó una conversación pública sobre el modelo. "La propuesta terminó ponderando más allá de lo que hayamos hecho nosotros", dice. A fines de 2025, el mismo gobierno que los intimó a cerrar les otorgó el premio al mejor diseño arquitectónico de Buenos Aires.
Café, arte y un modelo que factura
Hoy, Canillita tiene cuatro puestos: Facultad de Medicina, Facultad de Derecho, Retiro y Tribunales. En promedio, cada uno despacha entre 400 y 500 cafés por día en un espacio de 6 m². La facturación total anual ronda los US$ 1 millón entre las cuatro locaciones, con un ticket promedio de $7.000 por un café + medialuna.
La inversión inicial fue de US$ 10.000. El modelo de franquicia llave en mano cuesta US$ 120.000 e incluye el scouting de la locación, la construcción con el diseño de la marca y el entrenamiento del equipo. El retorno está calculado en 18 meses.
Si bien el café es el motor del negocio, las acciones con marcas representan entre el 20% y el 30% de la facturación total. Su primer cliente llegó en un mensaje de Instagram: "Nos habló la brand manager de Adidas, que le había encantado la propuesta. Desde ese día no lo podíamos creer", cuenta Loguzzo. Después vinieron Binance, Mubi, Dermaglós, Cher, Universal Music, entre otras.

Los ingresos por publicidad son un extra que, según él, les permite “impulsarse de la comunidad de la marca para crecer mucho más rápido”. Todo el crecimiento se financió con ganancias reinvertidas, sin inversores externos. Recibieron ofertas de compra y las rechazaron. "Sentíamos que todavía teníamos mucho para crecer y para mejorar", dice.
Los errores que casi los hunden
Canillita nació sin experiencia gastronómica y lo pagó caro en los primeros meses. El puesto vendía tanto que se quedaban sin insumos antes de cerrar: salían a comprar leches al almacén de la vuelta porque no tenían depósito. Las cajas de vasos las guardaban en sus propios departamentos. "Fue un proyecto que nació con lo mínimo indispensable", reconocen sus fundadores.
El error más costoso fue el Planetario. El Gobierno de la Ciudad les ofreció instalar puestos móviles durante las vacaciones de invierno, en simultáneo con el Teatro Colón, y aceptaron. "Nos terminamos dando cuenta que nuestro público no estaba ahí", dice Loguzzo. La estructura se desbordó y las ventas no llegaron. "Fue una pérdida de tiempo y de plata muy grande", admite.

La tensión entre el pasado y el futuro
El modelo que Canillita inauguró en Buenos Aires ya se replica en Córdoba, Mendoza y Mar del Plata, entre otras ciudades. La nueva resolución abrió una puerta que el gremio tradicional de canillitas no anticipaba del todo: una nueva categoría de operador que compra puestos, sube su valor y cambia la lógica del oficio. La tensión recuerda a la que enfrentaron los taxistas cuando llegaron las apps como Uber, Cabify y otras.
"Esto es un complemento a la actividad. No depende de nosotros la muerte del papel", dice Loguzzo ante las críticas que puedan surgir en redes. Canillita mantiene el reparto de diarios desde las 6 de la mañana en cada local. "Donde antes había solamente un solo puesto de trabajo, hoy tenés cuatro puestos de trabajo genuinos", argumenta.
Lo cierto es que el metro cuadrado que antes se conseguía por US$ 5.000 hoy se ofrece en plataformas de venta por US$ 45.000 en Corrientes y Paraná, y hasta US$ 100.000 en algunas zonas. Paralelamente, los fundadores de Canillita presentaron ante el Gobierno de la Ciudad un proyecto de ley para que el modelo pueda expandirse a plazas y parques: una apuesta que, si prospera, convertiría los espacios públicos porteños en el próximo frente de esta reconversión.

Barrancas de Belgrano y lo que sigue
Los fundadores de Canillita le adelantan a Forbes que el primer puesto en una plaza porteñaestá en construcción en Barrancas de Belgrano, en un proyecto desarrollado junto al Gobierno de la Ciudad. Tomaron la glorieta del lugar como referencia morfológica para que el puesto no parezca un objeto ajeno al barrio sino parte de él.
"En nuestra imaginación el modelo es infinito y se podría replicar tanto en ciudades de la Argentina y por fuera del país", dice Messineo. Loguzzo va más lejos. Su sueño, dice, es ver a Canillita en los lugares más icónicos de la ciudad, como en La Boca o en el Obelisco.
"Nosotros somos el rock and roll en la circulación", dijo Loguzzo en un momento de la entrevista. La frase resume bastante bien lo que pasó: un puesto de diarios que nadie quería terminó siendo el negocio que todos quieren tener.