Belén Fernández Subeditora
Después de casi cuatro décadas al frente de una de las marcas más reconocidas de la alta costura argentina, Benito Fernández escribe un nuevo capítulo en su carrera profesional. Atravesó tres quiebras; la última, en 2024, cuando decidió cerrar definitivamente su línea de prêt-à-porter. Ese proceso, sumado a un cuadro de depresión, lo obligó a reinventarse. Hoy busca diversificar sus negocios incursionando en el mundo del real estate.
Su desembarco será con Benito Residences La Plata Soho, un desarrollo residencial que lleva su sello estético y en el que busca trasladar la identidad de su marca a la arquitectura. La iniciativa responde a una tendencia que ya se consolidó en las principales ciudades del mundo, donde reconocidos diseñadores de moda participan en proyectos inmobiliarios para aportar una impronta propia y transformar los edificios en propuestas de diseño y estilo de vida.
En ese contexto, la desarrolladora Massey & Asociados buscó adaptar ese concepto al mercado argentino y convocó a Fernández para participar desde la concepción del proyecto. La propuesta va más allá de una licencia de marca: el diseñador intervino en la definición de los espacios comunes, los interiores y el concepto de "lujo" que atravesará el edificio, con foco en la funcionalidad, el confort y la experiencia de quienes lo habiten.
En diálogo con Forbes, cuenta por qué decidió reinventarse a los 65 años, qué aprendió de sus tres quiebras y cómo busca trasladar su mirada creativa a una industria tan tradicional como el real estate.
Después de tres quiebras y de cerrar tu línea de prêt-à-porter, sorprendés con un desembarco en el negocio inmobiliario. ¿Cómo nació esta apuesta?
Me fundí tres veces: en 2001, durante la pandemia y en 2024, cuando cerré mi prêt-à-porter. Sentí que era una lucha que ya no quería dar. Hace seis años mi socio, Gonzalo Massey, me propuso hacer un edificio que fuera "Benito". Me encantó porque siempre me gustó la arquitectura. Mi papá era médico, pero terminó construyendo varios edificios en Belgrano. Desde chico me fascinaba imaginar cómo transformaría esos espacios. Sentí que podía llevar mi ADN de diseño a otro producto, como ya hice con perfumes, muebles o zapatillas.
Qué tiene de "Benito" un edificio?
Muchísimo. La pandemia me hizo pensar qué representa hoy mi marca. Tiene que ver con las texturas, el color y una manera distinta de vivir los espacios. La moda interpreta muy rápido las necesidades de la gente y yo quería hacer lo mismo con la arquitectura. No quería limitarme a elegir colores o telas; quería discutir cómo vivimos.
¿Cómo se traduce esa mirada en un proyecto inmobiliario?
Para mí el lujo cambió. Hoy el lujo es tener una cama de dos por dos que entre cómoda, recibir un paquete sin complicaciones, contar con un coworking, un lugar para dejar la bicicleta o un living donde recibir a alguien sin tener que subirlo al departamento. Hay muchos edificios que siguen diseñándose igual que hace 60 años. Yo quería pensar espacios que respondieran a la vida de hoy.
¿Fue difícil convencer a los desarrolladores de cambiar esa lógica?
Sí, porque implica resignar metros vendibles. Para hacer ambientes más cómodos, quizás un edificio tenga menos departamentos o unidades más amplias. Pero para mí ese es el verdadero lujo: vivir mejor. Incluso insistí en poner un poste con bolsitas para perros en la entrada. Parece un detalle menor, pero son esas cosas las que simplifican la vida cotidiana.
El proyecto comienza en La Plata. ¿La idea es seguir creciendo?
Sí. La idea es replicar el concepto en distintas ciudades del país. Cada proyecto tendrá que adaptarse al lugar donde esté, porque no es lo mismo un edificio pensado para estudiantes en La Plata que uno turístico en Pinamar o en Salta. Lo importante es que todos mantengan el ADN de Benito.
¿Por qué eligieron La Plata para el primer desarrollo?
Antes de la pandemia pensábamos hacerlo en Tandil, pero ese proyecto quedó en pausa. Después apareció esta oportunidad en La Plata. Vimos dos terrenos y me enamoré del más chico por el entorno. Finalmente resultó que los dueños eran quienes hoy son nuestros socios en el desarrollo y ahí el proyecto terminó de tomar forma.
La moda cambia muy rápido y un edificio tarda años en construirse. ¿Cómo convivís con esos tiempos?
Creo que justamente mi ventaja es no venir del mercado inmobiliario tradicional. Mi ADN no depende de una moda pasajera. Tiene que ver con la forma de vivir. Viví en 15 casas y tuve más de 80 locales, así que aprendí muy bien qué espacios funcionan y cuáles son metros desperdiciados. No se trata de gastar más, sino de invertir donde realmente mejora la calidad de vida.
Hace poco contaste públicamente que atravesaste una depresión después de cerrar parte de tu negocio. ¿Cómo fue ese proceso?
Muy duro. Hace dos años cerré el prêt-à-porter y tuve una depresión muy grande. Estuve internado un mes y medio. Toqué fondo. Fue una decisión difícil, pero la mejor que pude tomar. Cuando salí hablé del tema públicamente porque creo que todavía existe mucho prejuicio con la salud mental. Hoy siento que estoy en mi mejor momento creativo.
¿Dirías que este proyecto también forma parte de esa reconstrucción personal?
Absolutamente. Me devolvió la ilusión de crear. Estoy muy feliz con este desafío porque me permite seguir diseñando, pero desde otro lugar. La moda es un estilo de vida y este edificio busca justamente interpretar cómo queremos vivir hoy.
¿Qué aprendiste de las tres quiebras?
Cada una fue distinta. La de 2001 me obligó a irme a Barcelona y empezar de nuevo. La última tuvo mucho que ver con la pandemia y con errores propios. Aprendí que uno siempre puede reinventarse. También confirmé que la industria textil necesita políticas que acompañen porque genera muchísimo trabajo. No hablo de subsidios, sino de reglas que permitan competir.
¿Cómo ves hoy al sector textil argentino?
Me preocupa. La apertura de importaciones fue muy brusca. Me gusta competir, pero la competencia tiene que ser en igualdad de condiciones. El diseño argentino tiene muchísimo talento y es reconocido en toda Latinoamérica. Hay que cuidar esa industria porque genera empleo y tiene un enorme valor cultural.
¿El negocio de la alta costura también se ve afectado por la apertura de las importaciones?
El negocio está cambiando porque la apertura de las importaciones fue muy abrupta. A la alta costura nacional no le afecta tanto porque trabajamos a medida, algo que en Europa es carísimo e inaccesible. Me gusta la competencia, pero no la desleal. Si hoy tuviera el prêt-à-porter, probablemente estaría fabricando todo en China para bajar costos, lo que terminaría afectando a los talleres locales. El diseño argentino es muy bueno y muy valorado; en cualquier shopping de Latinoamérica encontrás al menos tres marcas argentinas.
¿Seguís pensando en desarrollar un proyecto de franquicias masivas?
Me gusta llegar a la gente; por eso hice perfumes y remeras para supermercados, aunque me criticaran por vestir a la reina Máxima al mismo tiempo. Hoy no lo haría solo porque el negocio masivo es 90% financiero, pero si alguien más lo manejara, me encantaría.
Hace unos meses también fuiste noticia por iniciar acciones contra Zara por el uso de la marca Benito. ¿Qué pasó?
Fue una cuestión marcaria. Bad Bunny lanzó una cápsula donde muchas veces aparecía solamente como "Benito" y sentí que tenía que defender una marca que construí durante casi 40 años. No era una pelea con el artista, sino con el uso comercial del nombre.
¿Cómo ves el futuro de la industria textil?
La veo desmantelándose. No perderemos el ADN, pero el Gobierno debe acompañar a la industria, como hicieron España y Brasil en su momento para convertirse en potencias. No hablo de ayudar con subsidios, porque la ayuda debe destinarse a los sectores más vulnerables, sino de acompañar a una industria que genera empleo.
Después de todo lo que atravesaste, ¿sentís que estás empezando una nueva etapa?
Sin dudas. Estoy lanzando este edificio, sigo con la alta costura y tengo otros proyectos vinculados al diseño. Después de tantas caídas entendí que reinventarse siempre es una posibilidad. Hoy disfruto mucho más el camino y tengo claro que el verdadero lujo pasa por vivir mejor.