Cecilia Valleboni Subeditora
La historia de los emprendimientos financieros suele estar condicionada por el termostato de las tasas de interés globales, y la trayectoria de Nicolás Galarza lo confirma de primera mano. En 2012 fundó su primer asesor de inversiones tradicional, abriendo cuentas de manera manual para cada cliente. Tres años después dio el salto digital con Quiena, una plataforma B2C pionera que automatizaba la gestión patrimonial para pequeños y medianos ahorristas al calor de una era de dinero barato y rondas de capital expansivas. Sin embargo, el quiebre de ciclo en 2021 y el posterior ajuste de tasas en 2022 lo obligaron a reconfigurar la estrategia: tras desinvertir las operaciones en México a través de distintos acuerdos institucionales, capitalizó quince años de experiencia en carteras reguladas para crear Wealth2B junto a Cynthia Mulvihill, una solución de infraestructura tecnológica y regulatoria que transforma la oferta de inversión para terceros.
El diagnóstico que dio vida a Wealth2B responde a una falla estructural del mercado regional. Con el auge de las aplicaciones de trading minorista y autogestión inspiradas en el modelo de Robinhood, muchas entidades financieras optaron por transferirle al usuario principiante la responsabilidad total de operar en bolsa. Para Galarza, esa alternativa resulta ineficiente para construir valor a largo plazo: "A un cliente de trading sin experiencia, si lo primero que le ofrecés es transferirle todo el riesgo de decidir en qué y cuándo invertir, terminás con cuentas muy chiquitas, poco rentables y especulativas; una persona no confía los ahorros de toda su vida en ese modelo". Frente a esa dinámica, Wealth2B propone un esquema de gestión pasiva delegada y diversificada, diseñado para que el cliente deposite una porción sustancial de su capital sin huir ante los ciclos bajistas.
Aprovechando que las fintechs y los bancos tradicionales ya resolvieron el paso más costoso —la adquisición de clientes y la construcción de confianza—, Wealth2B opera por detrás como su motor de inversiones. Tras iniciar desarrollos a finales de 2024, en febrero de 2025 lanzaron su primera prueba piloto mediante una cuenta remunerada en dólares junto a una fintech socia. La validación fue inmediata: captaron US$ 1,1 millones en depósitos en solo tres meses, un volumen que en el negocio directo al consumidor anterior le demandaba años alcanzar. Con una inversión inicial de US$ 300.000 y un equipo hipertécnico de diez personas, la compañía diseñó una estructura magra orientada a la disciplina de capital, logrando ser rentable desde su primer ejercicio operativo.
La gran disrupción del modelo se apoya en SmartInvest AI, su plataforma agéntica de asesoramiento que opera bajo integración por API o a través de una solución completa de marca blanca para instituciones que no cuentan con equipo de desarrollo propio. A diferencia de los cuestionarios estáticos tradicionales, el sistema procesa en tiempo real el contexto financiero de cada usuario, su aversión al riesgo y sus objetivos específicos para ofrecer recomendaciones personalizadas dentro del marco regulatorio aplicable. Como explica Cynthia Mulvihill: "La inteligencia artificial permite empezar a llevar a millones de personas algo que durante décadas estuvo reservado a la banca privada: una experiencia donde alguien conoce tu situación, entiende tus objetivos y puede ayudarte cuando tienes que tomar una decisión. Para una institución financiera, eso significa poder construir una relación mucho más relevante con cada cliente sin que esa capacidad dependa del tamaño de su patrimonio".
En la actualidad, la infraestructura de Wealth2B ya es utilizada por más de 150.000 cuentas de clientes finales —con licencias operativas en Argentina y Estados Unidos vía alianzas estratégicas—, y solo en su vertical de gestión directa registra 11.500 cuentas fondeadas que movilizan alrededor de US$ 30 millones trimestrales. En las próximas semanas, la compañía profundizará su presencia en el mercado argentino al sumar dos nuevos socios que lanzarán su plataforma de marca blanca, para luego apuntar a su expansión en México y otros mercados emergentes.
La oportunidad radica en una asimetría estructural: mientras en Estados Unidos más del 50% de la población invierte en instrumentos bursátiles, en América Latina —descontando los fondos de dinero transaccionales de las billeteras virtuales— la penetración real en bolsa es menor al 2%, frente a un 15% de la población que cuenta con capacidad de ahorro líquido. "La industria hizo enormes avances para que invertir sea más fácil. Pero abrir una cuenta de inversión no significa saber qué hacer con ella. En un mercado donde cada vez existen más productos y plataformas, creemos que la próxima ventaja competitiva para las instituciones va a estar en quién logra ayudar mejor a cada cliente a tomar decisiones de inversión coherentes con su situación, sus objetivos y su perfil", concluye Galarza, al frente de una compañía que proyecta facturar cerca de US$ 1 millón este año y triplicar su volumen transaccional hasta los US$ 300 millones para 2027.