Más que una única tendencia, la primera mitad de 2026 dejó una escena gastronómica que se mueve en varias direcciones al mismo tiempo. Los grupos consolidados ampliaron sus portfolios con conceptos diferentes, las casonas recuperadas se transformaron en espacios capaces de reunir más de una propuesta y los formatos all day ganaron escala.
También se extendió el mapa hacia zonas hasta hace poco alejadas de los circuitos más previsibles y regresaron los platos clásicos, aunque atravesados por mejores productos, técnica y una mirada actual.
Nuevos formatos, otras zonas y categorías que se renuevan
En paralelo a las aperturas de mayor escala, también hubo lugar para propuestas más pequeñas, reconocibles y personales. Por ejemplo, en la antigua casa donde funcionaba Marta, abrió Smak y recuperó el espíritu del bistró con la chef Virginia González al frente de una carta que cruza memoria, producto y temporada.
En Chacarita, Bochinche, de Gaspar Natiello, volvió sobre la herencia ítalo-argentina con más de diez variedades de pastas elaboradas diariamente, lejos de los clichés de la trattoria tradicional. Y en Las Cañitas, Felice marcó el desembarco de Coco Carreño en el mundo de la pizza: después de formarse como pizzaiolo en Nápoles, desarrolló una masa pensada para el gusto porteño.

La expansión también fue geográfica. En marzo, Tomate fue uno de los grupos que decidió desembarcar en Pilar con su tercera sede, después de Palermo Soho y el Rosedal. Así, llevó hacia Zona Norte el modelo que viene consolidando desde 2018. El proyecto apuesta por locales de más de 100 cubiertos, mucha presencia de verde y una propuesta all day.
También hubo aperturas que actualizaron categorías que ya venían ganando terreno. En Palermo, Avío confirmó que los wine bars ya no se conforman con una buena selección de etiquetas ni relegan la comida al papel de acompañamiento. En un antiguo taller mecánico recuperado, reúne alrededor de 80 vinos con la cocina viajera de Federico Prieu —chef en giras de Pearl Jam y ex responsable de cocina del Cirque du Soleil—, atravesada por sabores de Japón, China, Tailandia, Filipinas y Perú.
Las categorías populares también encontraron nuevas formas de sofisticarse. En Núñez, Luisa’s apostó por un formato todavía poco explorado en Buenos Aires: los sliders, hamburguesas de tamaño pequeño inspiradas en un clásico estadounidense. El universo burger vuelve a ganar impulso a partir de propuestas más especializadas, cartas concentradas y una atención cada vez mayor sobre el producto.

El fine dining, entre nuevos formatos y grandes regresos
El fine dining también empezó a revisar sus formatos. Desde junio, Trescha —el restaurante de Tomás Treschanski, reconocido con una estrella MICHELIN y ubicado en el puesto 36 de Latin America’s 50 Best Restaurants— sumó un menú de nueve pasos en el primer turno, más breve y dinámico que su recorrido tradicional. Aunque no se trata de una apertura, la novedad abre camino a una incipiente flexibilización de este tipo de experiencias de alta cocina en la Argentina.
Pero la gran incógnita todavía está por revelarse. Tegui prepara para el último trimestre de 2026 el regreso de su fine dining, la pieza más esperada de la reapertura por etapas del proyecto de Germán Martitegui. Todavía no hay una fecha confirmada ni demasiados detalles, pero ya se perfila como una de las aperturas clave del año.
¿Qué más? Esta selección pone el foco en los proyectos que mejor condensan los movimientos del año y que, más allá de lo que ofrecen en la mesa, permiten leer cómo están cambiando los formatos, las zonas y los modelos de negocio de la gastronomía porteña.
Mansión Mihura: una casona histórica convertida en destino gastronómico

Mansión Mihura es uno de los proyectos de mayor escala entre las aperturas del año. La residencia construida en 1922 y proyectada por el arquitecto Eduardo Lanús fue restaurada por Recoleta Grand para reunir distintas propuestas bajo un mismo techo: The Atrium, The Parlor y The Serpent Club. En agosto está prevista la apertura de The Dining Room, el espacio de fine dining que concentrará la cocina más personal de Maximiliano Matsumoto, uno de los chefs más interesantes de la escena porteña actual.
Más allá del impacto de la casona recuperada, uno de sus principales diferenciales está en el equipo reunido: Federico Fialayre —chef y dueño del histórico Tomo I— está al frente de toda el área gastronómica de la mansión; Antonella Ferreri como sous de Matsumoto y Guillermina Usqueda —ganadora de World Class Argentina 2026— lidera las barras.
The Atrium recupera el espíritu de las brasseries porteñas a través de lo que Fialayre define como un “restaurante de covers”: platos reconocibles, interpretados con precisión y técnicas contemporáneas. The Parlor combina coctelería y pequeños platos, mientras que The Serpent Club suma música en vinilo y una atmósfera más nocturna.
Qué pedir: en The Atrium, el lomo a la pimienta, el arroz con mariscos con socarrat trabajado con técnicas orientales o la sopa de cebollas cubierta por una espuma de queso. En The Parlor, la hamburguesa de wagyu o el hot dog acompañados por los cócteles clásicos y de autor de Usqueda. La propuesta se completa con una carta de vinos a cargo de Jeanne Tonneau, que combina etiquetas argentinas con algunas joyas internacionales.
Social Corazón: la nueva escala del universo Don Julio

Apenas 100 metros separan a Don Julio de Social Corazón. En el medio están El Preferido y su kiosco de helados: un pequeño distrito gastronómico que Pablo Rivero y Guido Tassi decidieron seguir profundizando en lugar de expandirse hacia otras zonas. Su nueva apuesta es también la de mayor escala: un edificio de tres plantas —dos abiertas al público— que recuperó la fachada histórica de la esquina y reúne panadería, café, restaurante y bar. Además, funciona como centro de producción y capacitación para los distintos proyectos del grupo.
La panadería argentina es el corazón de la propuesta, con horno de piso, producción propia y clásicos como miñones, cremonas, libritos, medialunas y sándwiches de miga.
Qué pedir: el tostado de jamón y queso en pan de miga; los ravioles de ricota y espinaca con estofado cocido en el horno panadero; o los ñoquis de espinaca gratinados en cazuela. La carta de vinos, desarrollada por Martín Bruno, tiene además una profundidad poco habitual para un café de barrio.
Chuchú: un bistró que reactiva otra cara de Retiro

Chuchú se suma a una tendencia que empieza a ampliar el mapa gastronómico porteño: proyectos que salen de los barrios más previsibles y apuestan por zonas con poca oferta comercial. Facundo Kelemen —reconocido por la Guía Michelin y Latin America’s 50 Best Restaurants por su trabajo en Mengano— eligió el Museo Nacional Ferroviario para abrir este bistró argentino sobre un tramo de Avenida del Libertador hasta ahora ajeno al circuito foodie.
El espacio abre al mediodía y a la noche y, a solo unos meses de su apertura, recibió la distinción Bib Gourmand de la Guía Michelin 2026 por su buena relación entre precio y calidad.La carta recupera clásicos porteños, pero mantiene la precisión técnica de Kelemen.
Qué pedir: el carpaccio de lomo con berro y tapenade; la milanesa de bife de chorizo, que puede acompañarse con papas finitas o gruesas; y la lasaña de ragú, construida con alrededor de 15 finas láminas de pasta y un relleno preparado con cuatro tipos de carne son algunos de los imperdibles.
Allenby: el nuevo capítulo mediterráneo de los hermanos Waisman

La expansión de los grupos gastronómicos también está marcando el rumbo de las aperturas del año. Después de construir un portfolio que reúne restaurantes como Sottovoce, Fervor, El Burladero, Il Quotidiano y La Taberna, los hermanos Alejo, Martín y Tomás Waisman avanzaron con una propuesta diferente a sus proyectos anteriores.
Allenby recorre el Mediterráneo sin detenerse en una única cocina, con referencias de Grecia, Turquía, Marruecos y Medio Oriente. Alejo es el chef ejecutivo, quien diseñó una carta extensa —con desayunos, pastelería, platos al carbón, pizzas, coctelería y vinos— que le da además un formato all day, pensado para funcionar en distintos momentos del día. Buena parte de los panes, yogures, falafels, pickles y salsas se produce en el restaurante.
Qué pedir: el hummus con laffa recién horneada, que llega a la mesa para cortar con tijera, y el pastrami, uno de los grandes protagonistas de la carta. Se puede probar en sándwich, con cebolla caramelizada, queso fontina y papas fritas, o cocido al Josper.
Aldo’s Brasserie Argentina: los clásicos vuelven al Bajo porteño

Aldo’s Brasserie Argentina se inscribe en otra de las tendencias que atraviesan las aperturas del último tiempo: el regreso a los platos clásicos, pero trabajados con técnica y una mirada actual. La nueva casa también marca una vuelta a los orígenes para Aldo Graziani, quien abrió su primer Aldo’s en el Bajo porteño en 2011 y luego trasladó el restaurante a Palermo.
Sommelier y empresario gastronómico, construyó un universo en el que el vino, la cocina y la música ocupan un lugar central. Acá la parrilla y el horno de barro a leña conviven con el espíritu de una brasserie, con el vino argentino —seleccionado por el propio Graziani— nuevamente como protagonista. Además de un salón para eventos, el lugar suma una cava que también funciona como reservado para comidas privadas o reuniones de trabajo.
Qué pedir: el revuelto Gramajo con huevos orgánicos y papas crocantes; el lomo a la pimienta con gratín de papas; y el asado de cinco costillas, cocido durante 12 horas y terminado a la parrilla. Para cerrar, el banana split en versión porteña o el panqueque con dulce de leche quemado y servido bien caliente.
Casa Zarautz: dos restaurantes, un mismo hogar

Casa Zarautz es uno de los ejemplos más claros de una tendencia entre las aperturas del último tiempo: el formato multipropuesta, con más de un restaurante dentro de una misma dirección. En este caso, una casona centenaria recuperada por el chef Leandro Leyell reúne dos espacios que no compiten, sino que se complementan. La Terrazza, abierta en abril, pone el foco en la parrilla, las carnes y los vegetales al fuego; mientras que el restaurante de la planta baja, inaugurado en junio, propone una cocina más técnica y personal alrededor de pescados y mariscos.
Qué pedir: en La Terrazza, la cazuela de humita con provoleta gratinada, el vacío fino al rojo —que llega con un reloj de arena para marcar el tiempo de reposo—, los vegetales al fuego y el puré de papas duquesa gratinado, un clásico que hoy aparece poco en las cartas. Abajo, la charcutería de mar y el socarrat de pulpo, con arroz cocido en un fondo concentrado de colágeno del propio pulpo y emulsión de pimentón ahumado.





