Pensar la carrera profesional a largo plazo es, probablemente, uno de los consejos más repetidos para quienes buscan crecer, cambiar de rumbo o sentirse realizados.
De hecho, si una persona ambiciosa no tiene un plan claro, corre el riesgo de desperdiciar su potencial y su tiempo con las personas o en los lugares equivocados. Sin embargo, la mayoría de las recomendaciones laborales suelen ignorar un aspecto clave: nuestro cerebro, en realidad, no quiere planificar el futuro profesional con tanta anticipación.
Distintas investigaciones muestran que el mismo mecanismo cognitivo que usamos para tomar decisiones —como cambiar de trabajo o proyectar los próximos cinco años— está lleno de sesgos y atajos que, en general, dificultan pensar a largo plazo.
Estas son cuatro formas inesperadas en las que tu cerebro puede boicotear tus objetivos profesionales, con el respaldo de estudios e investigaciones científicas concretas.
1. Tu cerebro prioriza las recompensas a corto plazo
Como la mayoría, seguramente tengas algún objetivo importante que querés alcanzar más adelante —un ascenso, un portafolio sólido, una nueva habilidad—, y que idealmente deberías estar trabajando hoy. Sin embargo, es muy probable que, cada día, termines revisando tu mail o scrolleando en LinkedIn, en lugar de avanzar, aunque sea un poco hacia esa meta.
Podrías pensar que se trata de falta de voluntad o pereza, pero lo más probable es que sea producto de un sesgo cognitivo conocido como "descuento temporal". Es el mecanismo por el cual tu cerebro tiende a restarle valor a las recompensas cuanto más lejanas estén en el tiempo.
Un estudio publicado en 2024 encontró una relación directa entre el "descuento temporal" y la procrastinación. Es decir, quienes tienden a restarle valor a las recompensas futuras también suelen postergar las tareas que, justamente, los acercarían a sus metas profesionales.
Esto ocurre porque los logros que se proyectan a largo plazo —como recibirse, impulsar iniciativas estratégicas o construir credibilidad como líder— no generan una gratificación inmediata. Y aunque te importen de verdad, tu motivación se debilita cuando esas metas parecen demasiado lejanas.

2. Tu cerebro subestima el tiempo y el esfuerzo
¿Cuántas veces pensaste que ibas a dedicar solo media hora a algo vinculado con tu carrera —actualizar el CV, mirar un curso de liderazgo, investigar un sector— y al final estuviste dos horas? Esa diferencia entre lo que esperás y lo que realmente pasa es más común de lo que parece. Se trata de un sesgo cognitivo muy estudiado, conocido como "falacia de planificación". Es cuando subestimás el tiempo que te va a llevar una tarea y, al mismo tiempo, sobreestimás tu capacidad para cumplir con objetivos a largo plazo.
Este sesgo no aparece solo en las tareas del día a día. También afecta la planificación más compleja y la proyección estratégica en distintos contextos, donde se subestiman los plazos y se interpretan mal los resultados futuros. Un estudio publicado en 2022 sugiere que esto ocurre porque, al planificar, solemos construir una versión mental simplificada de lo que implica una tarea. Y eso tiene una explicación: nuestra capacidad cognitiva es limitada y, muchas veces, no capta toda la complejidad del asunto.
Cuando minimizás mentalmente lo que implican los compromisos profesionales a largo plazo —como aprender una habilidad nueva, generar contactos o cambiar de sector—, tu confianza puede dispararse en el corto plazo. Pero esa misma confianza se resiente cuando el plan no se ajusta a la realidad y, como resultado, la ejecución falla.

3. Tu cerebro te engaña sobre el impacto emocional
Las decisiones laborales no pasan solo por la logística. También tienen que ver con el sentido, la satisfacción personal y la identidad. Y como los objetivos a largo plazo suelen estar muy ligados a cómo te definís y qué buscás, tu cerebro no solo se equivoca al estimar cuándo van a pasar las cosas, sino también cómo te vas a sentir cuando ocurran.
Décadas de estudios sobre predicción afectiva muestran que solemos sobrestimar el impacto emocional de los eventos profesionales que imaginamos, tanto si son buenos como si no. Por ejemplo, conseguir ese trabajo soñado puede terminar siendo una decepción. Y que te rechacen en la empresa que más querías, tal vez no derrumbe tu confianza como pensabas.
Una de las causas de este error de cálculo es lo que se conoce como "ilusión de enfoque". Cuando te concentrás demasiado en un evento futuro —como un ascenso importante o un salario alto—, tendés a sobreestimar cuánto va a cambiar tu nivel de satisfacción al conseguirlo. Por eso mismo, también podés subestimar el peso real de otros aspectos que influyen mucho en tu bienestar, como el equilibrio entre el trabajo y la vida personal o las rutinas del día a día.
Ese sesgo psicológico termina distorsionando tu planificación profesional. Hace que ciertas recompensas parezcan más importantes de lo que realmente son, y desvía tu atención de objetivos que podrían tener más sentido a largo plazo. Así, terminás persiguiendo logros por las razones equivocadas: no porque se alineen con tus valores o con una satisfacción posible, sino porque tu cerebro te hace creer que van a darte una felicidad o un alivio que, en los hechos, no llegan.
4. Tu cerebro podría estar inclinado a procrastinar
Más allá de los sesgos como el descuento temporal o la falacia de planificación, distintas investigaciones en neurociencia muestran que la procrastinación también está relacionada con la forma en que el cerebro proyecta el futuro. Un estudio de neuroimagen publicado en 2025 registró actividad en la corteza prefrontal dorsolateral izquierda, una zona que cumple un rol clave en el autocontrol y la capacidad de pensar a futuro. Esa conexión influye directamente en qué tan bien logramos que nuestra orientación a largo plazo nos ayude a dejar de postergar lo importante.
En otras palabras, cuando los circuitos neuronales que vinculan tu "yo actual" con tu "yo futuro" se activan poco, es mucho más probable que retrases las acciones que te harían avanzar en tu carrera. No es una cuestión de falta de ambición. Es que, para tu cerebro, el futuro no parece algo tan real como el presente.

Una forma de planificar que tu cerebro sí puede sostener
Las personas que mejor diseñan su carrera no intentan forzar cómo funciona su mente. En lugar de eso, adaptan sus objetivos y planes a lo que el cerebro puede procesar y sostener en el tiempo. Acá van algunas estrategias para que tus decisiones profesionales estén alineadas con tu forma de pensar y no se vuelvan una carga imposible:
- Acercá el futuro hasta que lo sientas real. Está claro que al cerebro le cuesta comprometerse con recompensas que parecen lejanas. Para que la motivación no se diluya, dividí cada objetivo de largo plazo en planes de acción de 30 días, con avances visibles. En vez de pensar "quiero ascender a un puesto de liderazgo", probá con "terminar un curso de gestión" o "pedir feedback a dos colegas con experiencia este mes". Cuando el progreso se ve y se siente, tu cerebro se mantiene activo.
- Planificá con evidencia, no con entusiasmo. Si solo te guiás por la intuición, es probable que subestimes cuánto te va a llevar desarrollar una habilidad, hacer una transición o completar un proyecto importante. La próxima vez que te pongas a planificar, fijate cuánto tiempo necesitaron otras personas en tu sector para lograr algo similar y sumale un margen. Armar el plan desde el final —es decir, desde el objetivo hacia hoy— ayuda a detectar pasos que tu mente tiende a pasar por alto.
- Diseñá para la emoción, no solo para la lógica. Tu cerebro suele equivocarse al anticipar cómo te vas a sentir cuando logres algo, porque piensa más en términos lógicos que emocionales. Por eso, al evaluar una decisión profesional, anotá al menos tres experiencias cotidianas que imaginás en ese puesto: el nivel de autonomía, el ritmo de trabajo o las posibilidades de aprendizaje. Eso amplía la mirada emocional y te ayuda a tomar decisiones más conectadas con tu bienestar real, y no con una expectativa momentánea.