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Liderazgo

Foto: Freepick

Transformar no es lo mismo que cambiar: una distinción que muchas empresas siguen ignorando

Máximo Crespo Managing Partner HRC Consultora

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Las empresas que no se animan a reformular su propósito, que confunden la eficiencia con la transformación, están construyendo sobre arena.

14 Agosto de 2026 09.08

Vivimos en una época en que la palabra "transformación" se ha vaciado de sentido. Se la usa para describir una nueva plataforma de gestión, un rediseño de procesos o la incorporación de herramientas digitales. Pero transformar, según la Real Academia Española, significa "transmutar algo en otra cosa, cambiar de un estado a otro". No es una mejora incremental. Es una mutación profunda.

La confusión no es menor. Abundan los informes de consultoras internacionales, los artículos académicos y las presentaciones corporativas que hablan de "transformación" cuando, en rigor, están describiendo optimización. Fortalecer la gestión financiera no es cambio; digitalizar un proceso existente, tampoco. Transformación es otra cosa.

¿Qué es, entonces, transformarse como empresa? El punto de partida requiere repensar el para qué de lo que hacemos. No el qué —el producto, el servicio, la industria— sino el propósito más profundo que justifica la existencia del negocio. Y esa es una pregunta que incomoda, porque obliga a soltar certezas construidas durante años, tal vez décadas.

Los casos más citados no dejan de ser instructivos precisamente porque son radicales. Netflix no "mejoró" el alquiler de DVDs: lo abandonó para convertirse en una empresa de entretenimiento. Google no optimizó un buscador: reencuadró su razón de ser en torno a la tecnología. IBM no hizo más eficiente su línea de productos: viró hacia los servicios. Starbucks no vendió mejor café: decidió estar en el negocio de las experiencias. En todos estos casos, la transformación comenzó con una pregunta existencial, no con un plan de eficiencia.

¿Somos una fábrica de eficiencia o una entidad que amplifica potencial humano y resuelve problemas sistémicos? No es una pregunta retórica. Es la diferencia entre una empresa que sobrevive en el corto plazo optimizando lo que ya sabe hacer, y una que construye relevancia duradera porque entiende cuál es su lugar en el mundo.

En cualquier caso, ser eficiente es condición necesaria para un negocio exitoso, pero ¿es suficiente?

En un entorno donde el cambio tecnológico es constante y la velocidad de la innovación no da tregua, seguir apostando únicamente a la creación de valor transaccional es apostar a la obsolescencia. Las empresas que no se animan a reformular su propósito, que confunden la eficiencia con la transformación, están construyendo sobre arena.

El problema no es la falta de información —hay bibliografía más que suficiente—. El problema es que la pregunta por el propósito requiere coraje institucional. Implica reconocer que lo que funcionó hasta hoy puede no funcionar mañana, y que la verdadera transformación no empieza en el organigrama ni en el presupuesto de tecnología, sino en la voluntad de responder con honestidad: ¿para qué existimos?

En los últimos 5 años, el S&P 500 registró un ritmo constante y creciente de rotación, con aproximadamente 20 a 30 empresas removidas por año, lo que da un total estimado de más de 120 compañías que dejaron de pertenecer al índice en ese período. Las razones principales son tres: pérdida de capitalización de mercado, adquisiciones por parte de otras empresas, y privatizaciones. 

Lo que une a casi todos estos casos es una variante en común: el mínimo de capitalización requerida para pertenecer al S&P 500 es de US$ 22.700 millones, y estas empresas no cayeron por escándalo ni por colapso súbito — cayeron porque su modelo de negocio no generó suficiente valor durable. Entraron al índice en momentos de auge (en este período algunas por la pandemia), pero no construyeron una razón de ser lo suficientemente profunda como para sostenerse cuando el contexto cambió. 

Las empresas que hoy lideran sus industrias no son necesariamente las más eficientes. Son las que supieron dar una respuesta nueva a esa pregunta, y tuvieron el coraje de construir desde ahí.

* Máximo Crespo es Managing Partner HRC Consultora

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