Forbes Argentina
Alberto Fernández, Cafiero y Guzmán.
Editorial
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28 Febrero de 2021 10.00

Cuanto mayores los grados de libertad para avanzar en un esquema de estabilización, mayor el incentivo de la política a seguir forzando el corto plazo. Esta es la máxima que en alguna medida otra vez nos condena como país a la decadencia. Nadie está dispuesto a asumir costos en el corto plazo para que el país tenga beneficios a futuro. 

En octubre pasado, cuando la brecha escaló por encima del 130%, la carta de la Vicepresidenta marcó el giro al FMI. Una vez que las aguas se calmaron y la brecha volvió a la zona del 70%, la prioridad vuelve a ser la próxima elección. La soja en US$ 512 y las lluvias alivianando las proyecciones de sequía abonan esta estrategia cortoplacista. Mucho más si, además, el maná del cielo llega a traer degs como contracara de una eventual capitalización del FMI como la de 2009 en medio de la crisis Subprime. Entonces fueron US$ 2.900 millones que cubrieron la brecha fiscal. Esto era inviable con Trump, pero ahora, en medio de las grandes asimetrías en el manejo de la pandemia, es alentado por la propia directora del organismo y los mandatarios de la Unión Europea. De momento es una hipótesis, pero la sola visualización de dólares frescos aumenta la apuesta política de cara a las próximas elecciones.

Primero, la carta de los senadores condicionando el acuerdo con el FMI. Más tarde, el contundente mensaje de la Vicepresidenta; y en la última semana el anuncio bien “populista” de reducir el alcance del impuesto a las ganancias. No importa si esta estrategia de congelar precios y tarifas, y bajar los ingresos del Estado, complica la consolidación fiscal que requiere el acuerdo con el FMI, ni si tiene consecuencias monetarias o distorsiones en la economía.

 El dólar y la tasa de interés también parecieran quedar alcanzados por esta orden de la Vicepresidenta. El intento de mantener la competitividad del dólar oficial y comprimir la brecha cambiaria devaluando en cuotas con un crawling a la inflación pasada, e interviniendo en el mep/ccl vendiendo reservas, pareciera estar mutando en los últimos días. El ritmo de devaluación en el margen parece más parecido al 3% en un contexto donde la inflación no parece estar agachándose. La lógica pareciera ser armonizar el crawling a la tasa de interés y no al revés. 

El argumento es que el salto en la inflación es transitorio. En enero la tasa badlar fue 2,8% con un dólar y precios moviéndose al 4%. En febrero, se mantiene mientras el dólar va más cerca del 3% y los precios al 3,5%, según nuestro relevamiento. Por ahora la intervención en la brecha cambiaria la mantiene en niveles del 70%. En lo que va del año, los US$ 451 de reservas que compró en el MULC los usó para frenar el CCL. La expectativa del Gobierno es transitar el puente a la cosecha.

Mientras tanto, las paritarias arrancan con un aumento en la zona del 30%. En el medio, una serie de decisiones para frenar las subas de precios abriendo más frentes de conflicto con las telecomunicaciones, las prepagas (y los sindicatos que derivan aportes), los servicios públicos, el campo y la industria de alimentos. Frentes que el Gobierno viene manejando con avances y retrocesos para evitar una 125 y mantener la coalición de gobierno unida. La última es la amenaza de que podrían subir las retenciones si el campo no contribuye a desacoplar los precios internos de los alimentos de los precios internacionales. La principal diferencia hoy es que la brecha cambiaria hace que el esquema de retenciones montado sobre el dólar oficial termine siendo confiscatorio.

Veremos, al igual que ocurrió con la prohibición de exportar maíz, que la amenaza de subir las retenciones vuelve a ser parte del esquema de negociación y queda en la nada. Algo parecido ocurrió con la negociación agresiva de la deuda de YPF, que después de patear el tablero y de tres modificaciones en la oferta lograron cerrar con los bonistas.

Bajar la nominalidad de la economía requiere mantener el status quo, pero fundamentalmente un programa fiscal, financiero y monetario consistente con esa nominalidad. Sin decirlo, el programa fiscal empezaba a aparecer. Sin IFE ni ATP, y con el salto en la recaudación, enero podría dar superávit, y en lo que va del año el Tesoro no le pidió pesos al BCRA. En parte por mejores números fiscales en el margen, en parte por un mejor roll over de la deuda en pesos alentada paradójicamente por la caída en la tasa de pasivos remunerados coordinada por la suba de ingresos brutos a estos instrumentos. 

Queda claro que el escenario de estabilización no está a la vista; la prioridad una vez más es maximizar la economía a octubre. Los riesgos de este camino siguen estando, pero las chances de desacoplar el mercado de pesos de la tasa de la deuda en dólares sin una disrupción podrían estar apareciendo. El equilibrio es muy finito, y difícilmente ocurra con una mejora en los precios de los activos locales con las consecuencias en términos de brecha cambiaria. La inflación estaría en la zona del 50%, el rebote de la actividad arriba del 6,5%, y una vez más el resultado de una elección, probablemente con barbijo, va a definir cómo sigue.