Estoy en Houston participando de CERAWeek by S&P Global, probablemente el evento más influyente del mundo en energía —muchas veces llamado el “Super Bowl de la energía”— donde se reúnen más de 10.000 líderes entre CEOs, gobiernos e inversores para discutir el futuro del sector.
Pero este año, el contexto es radicalmente distinto. No es un CERAWeek más.
Es un CERAWeek atravesado por una crisis energética global sin precedentes en décadas —producto directo de la guerra en Irán, que ha impactado uno de los principales chokepoints del mundo: el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo y del LNG global.
El resultado:
precios en alza, disrupciones en el suministro y una sensación compartida en todos los pasillos —estamos frente a un shock energético de escala histórica.
Lo que se escucha (y lo que cambió)
El Secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, abrió la conferencia con un mensaje claro: la prioridad ya no es la transición energética, sino la dominancia energética, la seguridad y la confiabilidad.
La demanda —marcada por una fuerte inercia estructural muy impulsada por los data centers para la Inteligencia Artifical— no parece resentirse pese a la suba del precio del petróleo.
En ese marco, Estados Unidos impulsa abiertamente:
más producción de hidrocarburos, la utilización de reservas estratégicas,
la expansión nuclear y, en términos generales, un llamado explícito a producir más energía, rápidamente y “sin restricciones ideológicas”.
Uno de los momentos más comentados —especialmente por la nutrida delegación argentina— fue la intervención del CEO de Chevron, quien destacó la potencialidad energética de Argentina a partir de Vaca Muerta.
Pero más relevante aún fue su advertencia:
el mercado está subestimando el impacto real de la crisis. Es decir, hay una brecha creciente entre la realidad física del sistema energético y la percepción financiera.
Un conflicto sin hoja de ruta
En paralelo, varias voces —incluyendo ex Secretarios de Defensa de Estados Unidos— comenzaron a cuestionar la falta de previsión en el manejo del conflicto con Irán.
La guerra, lejos de estabilizarse, no tiene hoy una estrategia de salida clara. Y en energía, eso se traduce en una sola cosa:
volatilidad prolongada.
El dato que confirma el cambio
Quizás lo más revelador no está en los discursos, sino en las decisiones.
El reciente acuerdo entre el gobierno de Estados Unidos y TotalEnergies lo ilustra con claridad: abandonar proyectos de offshore wind —considerados costosos, intermitentes y altamente subsidiados— para redirigir cerca de USD 1.000 millones hacia gas natural y LNG.
Más aún: el propio Estado se comprometió a reembolsar las inversiones ya realizadas en energía eólica marina. Es un giro explícito: de subsidios verdes hacia el fortalecimiento de la matriz fósil.
Y, sobre todo, una señal de que las prioridades están cambiando.