A los 100 años, murió Alan Greenspan, el “Maestro” que marcó una era y que quedó atado a la crisis de 2008
El ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos murió a los 100 años, tras casi dos décadas al frente del banco central más poderoso del mundo. Fue celebrado como el mejor banquero central de la historia, pero su legado quedó reescrito después de la crisis financiera global.

Durante buena parte de los años noventa y principios de los 2000, Alan Greenspan fue el rostro visible del poder monetario global. Como presidente de la Reserva Federal (Fed) entre 1987 y 2006, se convirtió en una figura casi mítica para Wall Street, el Capitolio y los medios, al punto de que la revista Time lo colocó en tapa como parte del “comité para salvar al mundo” junto al secretario del Tesoro Robert Rubin y su número dos, Lawrence Summers.

Su muerte, a los 100 años, reabre el debate sobre un legado atravesado por contrastes. Fue el banquero central que ayudó a estabilizar la economía tras el crash bursátil de 1987, la crisis de mercados emergentes de 1997-98 y el colapso del hedge fund Long-Term Capital Management, pero también el defensor de la desregulación financiera y las tasas bajas al que muchos señalan como uno de los arquitectos del ciclo que desembocó en la crisis de 2008.

Del swing y Ayn Rand al “Maestro” de la Fed

La biografía de Greenspan rompe el molde del tecnócrata convencional. Nacido el 6 de marzo de 1926 en Washington Heights, Nueva York, creció en un pequeño departamento con su madre y sus abuelos, mientras mantenía una relación distante con su padre, un corredor de bolsa llamado Herbert. En su adolescencia, llegó a estudiar en Juilliard y tocó clarinete y saxofón en la banda de swing de Henry Jerome antes de concluir que no tenía lo necesario para triunfar como músico profesional.

En 1945 se inscribió en la Universidad de Nueva York para estudiar economía y comenzó a desarrollar la obsesión por los datos y las series estadísticas que marcaría su carrera. Tras pasar por el Conference Board, se asoció con William Wallace Townsend y construyó una reputación en Wall Street como consultor económico, capaz de “sumergirse en montañas de estadísticas” para encontrar señales de la economía real.

En 1952 se casó brevemente con Joan Mitchell y, a través de ese vínculo, conoció a la escritora Ayn Rand, autora de The Fountainhead y referente del objetivismo. Rand, que inicialmente lo llamaba en tono burlón “el enterrador” por su formalidad y su traje oscuro, terminó convirtiéndose en una influencia profunda: lo empujó a la franja libertaria y lo consolidó como defensor público de los mercados libres y la iniciativa individual.

Décadas más tarde, su vida privada también quedaría asociada al ecosistema mediático de Washington: tras una relación con la periodista Barbara Walters, se casó en 1997 con la también periodista Andrea Mitchell, su pareja hasta el final. “Era un gigante de un hombre que ayudó a la economía de Estados Unidos durante dos décadas bajo presidentes de ambos partidos, pero siempre fue honesto al reconocer errores”, dijo Mitchell al anunciar su muerte, agregando: “Ser su compañera de vida fue la alegría de mi vida”.

Reagan, Volcker y el bautismo de fuego de 1987

Greenspan llegó al corazón del poder político como republicano pragmático. Asesoró la campaña de Richard Nixon en 1967, presidió el Council of Economic Advisers de Gerald Ford y apoyó la candidatura de Ronald Reagan en 1980. Reagan lo designó en 1981 para encabezar una comisión sobre la reforma del sistema de pensiones públicas y, en 1987, el entonces secretario del Tesoro James Baker le ofreció el puesto clave: suceder a Paul Volcker al frente de la Fed.

Su debut como banquero central fue un shock: apenas dos meses después de asumir, el lunes negro de 1987 desplomó el Dow Jones un 22%. La respuesta de Greenspan fue rápida y marcó su estilo: prometió liquidez, bajó tasas y evitó que el crash bursátil se convirtiera en una crisis sistémica. Ese reflejo —proveer un “colchón” monetario tras los sobresaltos del mercado— terminaría convertido en una marca registrada conocida como el “Greenspan put”: la percepción de que la Fed siempre acudiría al rescate tras grandes caídas de activos.

No todas sus relaciones políticas fueron armoniosas. Con la economía debilitada a fines de los 80, la administración de George H. W. Bush presionó públicamente por una política monetaria más expansiva. El jefe de la Oficina de Presupuesto, Dick Darman, llegó a decir en televisión que la Fed debía ser “más atenta” al riesgo de recesión, y Bush responsabilizaría más tarde a la rigidez de la Fed por su derrota frente a Bill Clinton en 1992.

Paradójicamente, Greenspan terminaría trabajando de forma más fluida con el gobierno demócrata de Bill Clinton, que optó por no presionar públicamente sobre la Fed. Fue en el segundo mandato de Clinton cuando consolidó su reputación: mientras muchos pedían subir las tasas para evitar inflación, él intuyó que el cambio tecnológico estaba elevando la productividad real y permitía que la economía creciera más rápido sin disparar precios. La productividad, que subía alrededor de 1,5% anual entre 1970 y 1995, prácticamente se duplicó entre 1995 y 2003, confirmando en parte su apuesta.

“Irrational exuberance”, el boom tecnológico y la era del “Maestro”

Su figura pública se agrandó durante el boom tecnológico. En un discurso de 1996, advirtió sobre la posibilidad de que una burbuja accionaria alimentada por “irrational exuberance” inflara los precios de los activos por encima de sus fundamentos, pero no avanzó con una campaña sistemática para enfriar el mercado con tasas de interés más altas.

La estrategia que se consolidó, celebrada en Wall Street, fue otra: permitir que los ciclos de euforia se desplegaran y limpiar después con agresivos recortes de tasas. Así ocurrió tras el pinchazo de la burbuja puntocom: la Fed llevó la tasa de referencia al 1%, con el argumento de combatir el riesgo de deflación. Para muchos analistas, ese nivel, inusualmente bajo y sostenido, fue combustible para la burbuja inmobiliaria de los 2000.

Su prestigio, sin embargo, alcanzó su punto máximo a fines de esa década. La Fed fue elogiada por “amortiguar” el impacto de la crisis asiática de 1997-98 y del colapso de Long-Term Capital Management, y en 1999 Time presentó a Greenspan en tapa, junto a Rubin y Summers, como parte del “committee to save the world”. A la par, el periodista Bob Woodward consolidó el apodo de “Maestro” en su libro de 2001, que retrató la Fed de Greenspan como el cerebro detrás del boom estadounidense.

La propia Fed reivindicó ese período tras su muerte: “Bajo su liderazgo, la Reserva Federal logró una era sostenida de estabilidad de precios que apoyó el crecimiento económico y ayudó a anclar la confianza del público en la institución”, señaló el banco central, destacando además su “disciplina analítica rigurosa” y su aporte a la credibilidad de la política monetaria.

Desregulación, derivados y la sombra de 2008

Si la primera parte de su carrera está asociada a estabilidad y crecimiento, la segunda queda ineludiblemente ligada a la crisis financiera global. Más allá de la discusión sobre tasas “demasiado bajas por demasiado tiempo”, las críticas más duras apuntan a su postura frente a la regulación financiera.

Durante los años noventa y principios de los 2000, Greenspan fue uno de los principales defensores de la desregulación de Wall Street, incluyendo la flexibilización de la Glass-Steagall Act, que separaba banca comercial y de inversión. En 2003, elogió los derivados financieros, asegurando que habían hecho al sistema “menos vulnerable a shocks” y que “el sistema financiero en su conjunto se había vuelto más resiliente”.

Rechazó propuestas internas para usar el poder supervisor de la Fed contra prácticas de préstamos predatorios en hipotecas, como las planteadas por el gobernador Edward Gramlich, y se opuso sistemáticamente a una regulación más estricta de derivados que luego estarían en el centro de la tormenta.

El ex vicepresidente de la Fed Alan Blinder sintetizó esa dualidad: Greenspan fue “terrífico” para mantener inflación y empleo bajo control, pero tuvo un “punto ciego” en regulación. “Se negaron, inexplicablemente para mí, a levantar un dedo para detenerlo. Eso fue mayormente bajo la gestión de Greenspan”, dijo sobre la falta de acción frente a los excesos hipotecarios.

Cuando la crisis estalló —con el colapso de Bear Stearns, la quiebra de Lehman Brothers y el rescate de buena parte del sistema financiero—, Greenspan ya no estaba en la Fed, pero el llamado “Greenspan put” y la larga era de desregulación quedaron bajo escrutinio. En una célebre audiencia en el Congreso en 2008, admitió un golpe a su credo: “Quienes confiamos en el interés propio de las instituciones financieras para proteger el capital de los accionistas, yo incluido, estamos en un estado de estupefacción”.

Aun así, siguió defendiendo la idea de que la política de tasas bajas de la Fed no fue la causa principal de la burbuja, y en su libro The Map and the Territory argumentó que el error central de los modelos previos a la crisis fue subestimar la economía del comportamiento y la capacidad de los agentes para actuar de forma irracional. También criticó una regulación que permitió a la banca operar con capital “peligrosamente delgado”.

Un legado complejo para los mercados y los bancos centrales

En sus 18 años y medio al frente de la Fed, Greenspan ayudó a construir el marco de estabilidad de precios y credibilidad que hoy sigue siendo referencia para bancos centrales de todo el mundo, y fue pionero en reconocer el impacto de la tecnología en la productividad y el potencial de crecimiento sin inflación.

Pero su fe casi absoluta en la capacidad de los mercados para autorregularse y su resistencia a usar herramientas monetarias y regulatorias para contener burbujas dejaron grietas profundas, amplificadas por la crisis financiera que golpeó al mundo apenas dos años después de su retiro.

Para inversores, banqueros centrales y reguladores, la muerte del “Maestro” llega en un momento en que las discusiones sobre hasta dónde debe llegar el Estado en regular el riesgo, cómo coordinar política monetaria y estabilidad financiera, y qué hacer frente a nuevas burbujas de activos —desde el real estate hasta la tecnología y las cripto— siguen abiertas. Greenspan, que encarnó como pocos la era de los mercados libres previo a 2008, queda como una figura de estudio obligatorio: tanto por lo que hizo bien como por los errores que incluso él, con 100 años de vida y décadas de poder, terminó reconociendo en voz alta.