Cecilia Valleboni Forbes Staff
El fenómeno de la nostalgia y la necesidad imperiosa de conectar cara a cara en tiempos de pantallas omnipresentes confluyen en la historia de Grupo MIZ Juegos. Detrás de marcas icónicas de la noche porteña como Jobs, El Destello y Flynn’s, se despliega la estrategia de una compañía operadora comandada por una nueva generación de emprendedores. Para este año, proyectan un agresivo plan de expansión que contempla una inversión de US$ 1,2 millones para nuevas aperturas, la incorporación de 75 empleados directos y una previsión de facturación anual que superará los $ 7.000 millones. Con un piso actual que supera los 40.000 cubiertos mensuales en todas sus sucursales, el grupo demuestra que el cruce entre una propuesta lúdica disruptiva y un aceitado motor operativo es la fórmula para surfear con éxito un contexto de consumo sumamente desafiante.
La génesis de este presente corporativo implicó rescatar a un gigante dormido de la cultura urbana. "Jobs arrancó en el año 89, como un espacio muy chico de entretenimiento en Arenales y Austria en Palermo", recuerda Julián Mizrahi, cofundador de la empresa. Con el tiempo, el local original se fue expandiendo hasta alcanzar los 2.700 metros cuadrados, consolidándose como una salida de culto, recreativa y sana, alejada de la lógica del boliche tradicional. En febrero de 2022, la historia dio un vuelco radical cuando compraron la marca bajo una condición comercial muy singular: "Nos lo vendieron con la condición de mudar el espacio de lugar". El proceso de transición requirió dos años de intensas búsquedas inmobiliarias y habilitaciones, hasta que finalmente reabrieron en mayo de 2023 en un local de 1.100 metros cuadrados en Boedo. Pese al cambio drástico de barrio, la mística resistió. "Nos dimos cuenta de que la magia seguía intacta. Con dos años cerrado y una mudanza en el medio a una zona diametralmente opuesta, el público acompañó y no solo eso, sino que se renovó. Registramos hoy un promedio de edad de 19 años", destaca Mizrahi.
La consolidación en Boedo funcionó como el trampolín para abrir sucursales en Palermo y Núñez, delineando un modelo que se desmarca por completo de la gastronomía clásica. "No nos consideramos gastronómicos, pero somos gastronómicos porque el 85% o 90% de nuestro ticket es la gastronomía, pero el gancho que hace que la gente venga es el juego", explica Mizrahi. Para potenciar este ecosistema, la compañía implementó una política activa de torneos y dinámicas rompehielos como "Tinder Jobs", noches de citas rápidas que llegan a convocar a más de 100 personas. En las mesas de Grupo MIZ, el paisaje habitual prescinde por completo de los celulares. "La gente habla cara a cara, se ríe y ves tableros de juegos desparramados", describe el fundador, destacando el magnetismo de lo análogo. Cada sede posee su identidad: Boedo se enfoca en juegos tradicionales, Palermo en arcades retro y Núñez apuesta a la interacción social con el regreso del Fono Bar —un furor de los 90 que permite llamar de mesa a mesa—, pistas de bowling y un Scalextric de 370 metros.
El ritmo de aperturas obligó al grupo, que apenas lleva tres años como empresa gestora, a acelerar su profesionalización interna. "Empezamos con el pie izquierdo en todo. En muy poco tiempo dimos vuelta la situación y emprolijamos muchas cosas", confiesa con honestidad Mizrahi. Un paso clave en esa dirección fue la reciente incorporación de Raimundo Gorkin (ex Panera Rosa y Pani) como socio y Gerente General para estructurar los mandos medios y estandarizar procesos. Para financiar la expansión —que este año incluye un mega local de 600 metros cuadrados en Ramos Mejía y un formato de Ruin Bar para Flynn’s en Villa Crespo—, el grupo diseñó un sistema de franquicia pasiva desde un ticket mínimo de US$ 8.000. "El franquiciado participa con un mínimo del 10% del local, va al resultado de la operación y no tiene que estar detrás del mostrador", detalla el empresario, apuntando a un nicho de inversores con capital que prefiere no operar en gastronomía.
Este desarrollo adquiere mayor relevancia frente a la fuerte contracción del consumo general. Aunque el ticket promedio se reacomodó en torno a los $ 22.000 o $ 23.000 —evidenciando un cliente más medido que quizás reduce la cantidad de consumos por visita—, la rotación no sufrió caídas y las reservas de los fines de semana se agotan con anticipación. Provenientes originalmente del rubro cinematográfico y el alquiler de equipamiento audiovisual, los socios lograron domar el negocio a fuerza de puro aprendizaje práctico. "Un amigo cuando compramos Jobs me dijo: 'A vos te están dando una Ferrari que va a 250 km por hora, lo único que tenés que hacer es no chocarla'. No fue tarea fácil; casi la chocamos miles de veces, pero la mantuvimos en los carriles", cuenta el confundador de la empresa que proyecta alcanzar los 160 empleados y desembarcar en el interior del país a través de centros comerciales.