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Negocios

(Photo illustration by Cheng Xin/Getty Images)

De los 140 caracteres al artículo de US$ 1 millón: la otra historia de negocios detrás de los 20 años de Twitter (hoy X)

Laura Mafud Editora

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A dos décadas de su lanzamiento, la red que Jack Dorsey ideó para acortar el lenguaje hoy paga fortunas por el contenido extenso. Entre medio, una compra de US$ 44.000 millones, un bautismo bajo la letra X y casos, como el de Justine Sacco, que redefinieron el riesgo reputacional corporativo.

15 Julio de 2026 09.01

Se cumplen 20 años de un experimento que cambió para siempre la forma en que el mundo se comunica, hace negocios y gestiona su reputación. El 15 de julio de 2006 se lanzó públicamente Twitter, la red social que Jack Dorsey había empezado a delinear meses antes dentro de Odeo, una pequeña empresa de podcasts que terminaría siendo comprada —junto con su activo más valioso, Twitter.com— por los propios fundadores a través de Obvious Corporation.

La mayoría de las notas que circulan hoy repasan ese origen: el primer tuit de Dorsey el 21 de marzo de 2006 ("just setting up my twttr"), el salto de popularidad en el SXSW 2007, cuando el uso diario pasó de 20.000 a más de 60.000 tuits gracias a un par de pantallas de plasma colgadas en los pasillos de la conferencia. Pero hay una lectura menos contada: cómo una plataforma nacida para acortar el lenguaje terminó, dos décadas después, pagando fortunas por todo lo contrario, y cómo en el camino se convirtió, sin proponérselo, en la primera gran escuela de gestión de crisis reputacional para el mundo corporativo.

Twitter, Inc. se constituyó formalmente en abril de 2007 y pasó los siguientes años sumando usuarios, oficinas (Detroit, Dublín, Ghana) y adquisiciones: Atebits en 2010, Crashlytics en 2013 —su mayor compra hasta ese momento, por más de US$ 100 millones—, MoPub, Vine, Periscope, la newsletter Revue. Cada una respondía a una pregunta que la compañía nunca terminó de resolver del todo: cómo convertir una audiencia masiva y en tiempo real en un negocio rentable.

Evan Williams y Jack Dorsey (Photo By Christina Koci Hernandez/San Francisco Chronicle by Getty Images)
Evan Williams y Jack Dorsey (Photo By Christina Koci Hernandez/San Francisco Chronicle by Getty Images)

El 13 de noviembre de 2013 la empresa debutó en la Bolsa de Nueva York. En 2016 llegó a tener sobre la mesa ofertas de compra de gigantes como Alphabet, Microsoft, Salesforce, Verizon y Disney, todas retiradas en parte por la preocupación de esas compañías respecto del abuso y el acoso en la plataforma. La reputación de la red —la misma que la hacía valiosa como termómetro social— también era, para los potenciales compradores, un pasivo.

El caso que enseñó a las corporaciones a temerle (y a necesitar) a Twitter

Si hay un hecho que resume el poder de negocio —y de destrucción— que Twitter puso en manos del público, es el de Justine Sacco. El 20 de diciembre de 2013, la entonces directora de Comunicaciones de InterActiveCorp (IAC) publicó, antes de embarcar un vuelo de Londres a Ciudad del Cabo, un tuit racista sobre el sida y el continente africano. Tenía apenas 170 seguidores. No importó: durante las casi 12 horas de vuelo en las que permaneció desconectada, su nombre se convirtió en tendencia mundial bajo el hashtag #HasJustineLandedYet. Cuando aterrizó, ya la esperaba un mail de despido.

El episodio, ocurrido apenas dos meses después del debut bursátil de la compañía, es mucho más que una anécdota de color: fue una de las primeras demostraciones a escala global de cómo una sola publicación, sin presupuesto ni alcance previo, podía complicar en horas la carrera de un ejecutivo y obligar a una empresa a tomar decisiones en tiempo real. Casos como ese —replicados luego cientos de veces— fueron el motor que empujó a las áreas de Comunicación y Recursos Humanos de todo el mundo a crear protocolos de "social media crisis management", a monitorear marcas y ejecutivos en tiempo real y a entender que la reputación corporativa ya no se gestionaba solo en los medios tradicionales, sino en una línea de tiempo de 280 caracteres. En ese sentido, Twitter no solo fue una red social: fue, para el mundo corporativo, un curso intensivo y no pedido sobre riesgo reputacional.

Musk, X y el fin de la empresa que conocíamos

La compañía que Dorsey ayudó a fundar dejó de existir tal como era en 2022. El 25 de abril de ese año la junta aceptó la oferta de compra de Elon Musk por US$ 44.000 millones; tras meses de idas y vueltas —incluyendo un intento de Musk de rescindir el acuerdo y una demanda en el Tribunal de Cancillería de Delaware—, la operación se cerró el 28 de octubre de 2022. Le siguieron el despido de toda la junta directiva y de la mitad del staff, el rediseño del sistema de verificación mediante la suscripción paga Twitter Blue y, en abril de 2023, el cambio de nombre a X Corp.

Twitter, X (Pexels)
X (Pexels)

Ese proceso de transformación tuvo, además, un capítulo simbólico. Según reconstruyó Forbes en julio de 2023, Musk llevaba meses insinuando un cambio de identidad de marca como parte de su plan de convertir la red en una "everything app". El 23 de julio de 2023, el propio Musk anunció por Twitter que el dominio X.com —que había comprado a PayPal en 2017 y al que le atribuía "gran valor sentimental", ya que la empresa original X.com, cofundada por él, había derivado tras una fusión en la propia PayPal— empezaría a redirigir directamente al sitio de Twitter, y que el histórico logo del pájaro azul sería reemplazado por la letra "X". Consultado esa misma madrugada sobre si la marca Twitter desaparecería del todo, Musk respondió con una frase breve: "Sorry it took so long" ("Disculpen que haya tardado tanto"), según consignó Forbes.

X (ex Twitter)
 

El maquillaje de marca convivió con un desgaste de negocio mucho más concreto. El mismo artículo de Forbes recuerda que la flexibilización de las políticas de moderación de contenido bajo la gestión de Musk —incluida la reincorporación de cuentas antes suspendidas, como las del expresidente Donald Trump y el excampeón de kickboxing Andrew Tate— derivó en un éxodo masivo de anunciantes. 

Para intentar compensar esos ingresos perdidos, la compañía apeló a distintas fuentes alternativas: la suscripción Twitter Blue a US$ 8 mensuales, un esquema para pagarles a usuarios verificados por la publicidad en sus respuestas y, según un dato curioso relevado por el mismo medio, hasta un remate de "activos corporativos excedentes" que incluyó un busto de más de un metro del pájaro de Twitter, vendido en enero de 2023 por US$ 100.000, una versión en neón del logo por US$ 17.000, y objetos tan dispares como choperas eléctricas, una deshidratadora de alimentos y un horno para pizzas.

El giro de 2026: pagar por lo que la red nació para evitar

Y acá aparece, quizás, el dato más paradójico de este aniversario. Según información publicada por la propia X, 2026 fue declarado por la compañía como "el año del creador": la plataforma más que duplicó su fondo de reparto de ingresos (Revenue Sharing) para creadores, y ligó los pagos a las impresiones en la línea de tiempo de usuarios verificados de X Premium, priorizando el contenido que genera conversación sostenida. Como parte de esa estrategia, X anunció que entregará US$ 1 millón al mejor "Artículo" —un formato de texto extenso, de al menos 1.000 palabras—, evaluado principalmente por esas mismas impresiones, aunque no precisó más detalles.

Es decir: la red que en 2006 se construyó sobre la restricción de 140 caracteres —heredada de los mensajes SMS— hoy destina uno de sus mayores incentivos económicos a premiar exactamente lo opuesto: el contenido largo, elaborado, de formato editorial. La propia compañía lo reconoce al aclarar que ciertos formatos, como los Artículos, podrían ponderarse "más" que el contenido corto a la hora de calcular los pagos.

Elon Musk, X, Twitter, SEC
 

Ese giro no ocurre en el vacío. X forma parte hoy del ecosistema de xAI, la compañía de inteligencia artificial de Musk, que en enero de 2026 cerró una ronda Serie E de US$ 20.000 millones y que en julio presentó Grok 4.5, su modelo más avanzado hasta el momento. La apuesta por artículos largos y pagos millonarios a creadores puede leerse, en ese contexto, como parte de una estrategia mayor: competir por retener audiencia y contenido de calidad en un ecosistema donde la inteligencia artificial y las plataformas de video corto disputan cada segundo de atención.

Twitter nació para forzar la brevedad. X, 20 años después, ofrece lo contrario. En el medio quedaron una salida a bolsa, una guerra judicial con el hombre más rico del mundo, un cambio de nombre y un puñado de casos que enseñaron, a las malas, que en esta red la reputación de una marca o un ejecutivo puede jugarse en menos de lo que dura un vuelo. La gran pregunta de negocios para los próximos 20 años ya no es cuántos caracteres caben en un mensaje, sino cuánto está dispuesta a pagar una plataforma por retener, en un mundo saturado de inteligencia artificial, algo tan antiguo como una buena historia bien escrita.

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