Argentina atraviesa una transición silenciosa pero relevante en materia de inversiones extranjeras. Después de años marcados por la volatilidad macroeconómica, el aislamiento financiero y la desconfianza estructural, la economía empieza a ofrecer señales que vuelven a despertar el interés de inversores internacionales que, hasta no hace mucho, evitaban al país por completo. “Teníamos que evitar mencionar a la Argentina porque te traía dificultades”, confieza el directivo de un fondo que habla constantemente con fondos globales.
Hoy, muchos de estos inversores no solo analizan oportunidades desde el exterior sino que vuelven a viajar al país para recorrer Buenos Aires, Vaca Muerta y los principales polos tecnológicos y evaluar, en primera persona, si el cambio es sostenible. @@FIGURE@@
El punto de inflexión comenzó a tomar forma en los últimos dos años. Una mayor estabilidad macroeconómica, junto con una agenda explícita de normalización promercado, empezó a modificar la percepción de riesgo. No se trata todavía de una lluvia de dólares, pero sí de un cambio de clima. “Antes no querían saber nada desde el exterior. Hoy demuestran interés. Puede parecer poco pero es mucho”, destaca un inversor argentino.
Los números del ecosistema emprendedor funcionan como uno de los primeros termómetros de ese giro. En 2024, según datos de ARCAP, las startups locales recibieron US$ 412 millones en inversiones privadas, una cifra relevante para un mercado que venía de años de sequía. En 2025, aunque el dato oficial aún no fue publicado, el consenso dentro del sector es que el monto volvió a superar los US$ 400 millones, consolidando una recuperación que parecía improbable apenas tres años atrás.
El arranque de 2026 reforzó esa tendencia. En pocas semanas se anunciaron dos rondas que volvieron a poner a la Argentina en el radar regional: US$ 55 millones levantados por Pomelo y US$ 27 millones por tapi. Además, hay otras por anunciar nuevas rondas, como el caso de una tecnológica focalizada en la tecnología blockchain. Más allá de los montos, el dato clave es que el capital vuelve a apostar por compañías locales en etapas de crecimiento, no solo por oportunidades tácticas o valuaciones deprimidas.
Ese interés no se limita al venture capital. El mercado de fusiones y adquisiciones también muestra señales de resiliencia. De acuerdo con el reporte anual elaborado por Aon junto a TTR Data y Datasite, Argentina registró 249 operaciones de M&A en 2025, un incremento del 0,4% en cantidad respecto de 2024. El valor total de las transacciones alcanzó US$ 6.900 millones, aunque con una caída interanual del 36%, reflejo de un mercado aún prudente frente a operaciones de gran ticket.
La lectura, sin embargo, es más matizada. El crecimiento en volumen confirma que el mercado sigue activo y que existe apetito por activos argentinos, especialmente en sectores estratégicos como tecnología, energía, petróleo y gas, servicios financieros y real estate. La operación más relevante del año fue la venta por parte de YPF de su participación en Profertil a Agro Inversora Argentina por US$ 635 millones, un movimiento que combinó reorganización corporativa con interés privado por activos productivos.
“Argentina registró durante el año pasado un mercado activo, pero aún mantiene una prima de riesgo elevada”, explicó Carlos Dorado, líder de M&A and Transaction Solutions para Hispanic South America en Aon. Según el ejecutivo, el interés inversor crece cuando existen tesis fuertes y consolidadas, con la energía como uno de los principales vectores. Aun así, el capital continúa demandando visibilidad sobre estabilidad regulatoria, tipo de cambio y capacidad de ejecución. Si el proceso de normalización promercado se sostiene, el mercado podría ganar tracción, aunque bajo una lógica de riesgos cuidadosamente valorados. @@FIGURE@@
La visión desde el ecosistema emprendedor coincide en el diagnóstico, pero pone el foco en los pasos pendientes. Para Mariano Mayer, presidente de ARCAP, el requisito central para consolidar la inversión extranjera es avanzar hacia un orden macroeconómico que permita planificar a largo plazo. “El inversor necesita una moneda estable y claridad sobre la libertad de movimiento de capitales”, suele remarcar. En términos concretos, la pregunta clave sigue siendo si, una vez obtenida una ganancia, será posible pagar dividendos o repatriar capital sin quedar atrapado por restricciones regulatorias.
En el plano normativo, Mayer reconoce avances, pero advierte que todavía faltan reglas de juego claras, estabilidad y transparencia. Para muchos fondos, la decisión de invertir no depende solo de una oportunidad puntual, sino de la capacidad del país de avanzar con reformas estructurales pendientes, especialmente en los ámbitos impositivo y laboral. Esos cambios son vistos como hitos necesarios para que quienes hoy están en una etapa exploratoria pasen a comprometer capital de manera definitiva. @@FIGURE@@
Otro factor central para la confianza internacional es la previsibilidad del rumbo económico más allá de los nombres propios. Mayer subraya que, para el inversor extranjero, no alcanza con una administración alineada con el mercado: lo relevante es que ese camino se mantenga estable a lo largo de los ciclos electorales, desde las legislativas de medio término hasta las presidenciales. A eso se suma un punto clave en un país federal como Argentina: la sintonía entre el gobierno nacional y las provincias, especialmente en sectores como minería y energía, donde los marcos regulatorios provinciales son determinantes.
La validación final, coinciden en el sector, llega cuando se concretan inversiones de gran escala. Mayer lo define como un efecto derrame de confianza: cuando un proyecto relevante en infraestructura, energía o minería se pone en marcha, otros inversores pierden el miedo y empiezan a mirar oportunidades en sectores diversos, desde el agro hasta la tecnología. Es el paso que transforma el interés incipiente en un flujo sostenido de capitales.
En ese contexto, Argentina parece estar atravesando una fase intermedia. Ya no es el mercado descartado de años anteriores, pero todavía no alcanzó el estatus de destino plenamente “invertible”. El capital volvió a mirar, a preguntar y a viajar. El desafío ahora es convertir esa curiosidad en decisiones de largo plazo. La transición está en marcha; su consolidación dependerá de que la estabilidad deje de ser una promesa y se convierta, finalmente, en una constante.