La visita de Donald Trump a China abre una negociación cargada de intereses, poder y rivalidad. El presidente de EE.UU. llegó ayer a Pekín con una comitiva de alto perfil, que incluyó a Jensen Huang, CEO de Nvidia, y a Elon Musk, dos nombres que explican buena parte de lo que se juega en las reuniones de hoy y mañana con Xi Jinping.
La agenda tiene varios frentes. Trump quiere que China facilite más negocios para las compañías estadounidenses, destrabe ventas de tecnología sensible y sostenga una tregua comercial que todavía luce frágil. Xi Jinping, en cambio, buscará preservar el margen de maniobra de su modelo económico, evitar nuevas restricciones y conseguir alivio en sectores donde las empresas chinas sienten la presión de Washington.
El encuentro también llega en un momento político sensible para la Casa Blanca. La guerra con Irán golpeó los índices de aprobación de Trump, y la economía volvió a ocupar un lugar central en su estrategia. Por eso, la cumbre en Pekín no se reduce a una foto bilateral. Puede marcar el ritmo del comercio global, la carrera por la inteligencia artificial, el negocio de los chips, la venta de bienes agrícolas, la energía y el futuro de compañías que dependen de ambos mercados.
El recibimiento en la capital china mostró la relevancia del viaje. Hubo guardia de honor, funcionarios locales y estudiantes con banderas de ambos países. Trump se mostró sonriente, saludó y levantó el puño antes de partir en su limusina, con una puesta en escena que tuvo un mensaje político claro. Por su parte, Pekín quiso mostrar cortesía diplomática, pero también capacidad de control sobre una negociación que involucra miles de millones de dólares.
El comercio que puede definir una tregua de US$ 30.000 millones
El primer punto de la negociación pasa por el comercio bilateral. Estados Unidos y China analizan avanzar con un mecanismo controlado para bienes no sensibles, una suerte de carril especial para productos que no forman parte de las líneas rojas de seguridad nacional. La cifra que se discute ronda los US$ 30.000 millones por cada lado.
Ese esquema permitiría reducir aranceles u otras barreras sobre una canasta de productos seleccionados. El objetivo de Washington es lograr resultados medibles sin abrir una discusión total sobre el modelo económico chino. En otras negociaciones, EE.UU. presionó para que Pekín modificara su economía dirigida por el Estado y orientada a las exportaciones. Ahora, la estrategia parece más acotada y pragmática.
Según informó Reuters, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, había presentado la idea de una Junta de Comercio como un acuerdo posible para esta cumbre. Su planteo apunta a conectar dos sistemas económicos que funcionan con reglas distintas. La comparación que usó ante Fox Business fue la de un adaptador de enchufe, una imagen pensada para explicar cómo podrían comerciar dos potencias que no comparten la misma estructura productiva.
Antes de la llegada de Trump a Pekín, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, mantuvo una reunión de tres horas con funcionarios chinos en Incheon, Corea del Sur. Del lado chino participó el viceprimer ministro He Lifeng. La agencia oficial Xinhua describió ese intercambio como franco, profundo y constructivo, aunque ninguna de las partes difundió un detalle completo de las propuestas.
El comercio bilateral llega golpeado. Según los datos incluidos en el documento, el intercambio de bienes entre EE.UU. y China cayó 29%, de US$ 582.000 millones en 2024 a US$ 415.000 millones en 2025. A la vez, el déficit comercial estadounidense bajó casi 32%, a US$ 202.000 millones, su menor nivel en dos décadas.
Para Trump, esos números pueden convertirse en un argumento político. Una reducción del déficit le permite mostrar dureza frente a China. Pero también necesita reactivar flujos comerciales para que las empresas estadounidenses vendan más, los productores agrícolas coloquen mercadería y las industrias recuperen acceso a un mercado enorme. Xi Jinping también tiene incentivos. Una canasta de bienes menos conflictiva puede aliviar tensiones sin tocar sectores estratégicos para Pekín.
Nvidia, los chips H200 y la carrera por la inteligencia artificial
La inclusión de Jensen Huang en la comitiva de Trump no fue un dato menor. Nvidia es una de las empresas que más mira el resultado de esta cumbre, porque su negocio en China quedó condicionado por las restricciones sobre semiconductores avanzados. En el centro de esa discusión aparecen los chips H200, utilizados para desarrollar sistemas de inteligencia artificial de alta capacidad.
La Casa Blanca ve esos chips como un activo estratégico. Permitir ventas sin controles podría acelerar el avance tecnológico chino en áreas sensibles. Pekín, en cambio, interpreta las restricciones como una herramienta para frenar su desarrollo industrial y científico. La pulseada por los H200 resume una tensión mayor. EE.UU. quiere proteger su liderazgo en IA, mientras China busca reducir su dependencia de proveedores extranjeros.
El propio Trump dejó claro que el viaje tiene un componente corporativo. En Truth Social escribió. “Le pediré al presidente Xi, un líder de extraordinaria distinción, que ‘abra’ China para que estas personas brillantes puedan desplegar su magia”. Luego sumó otra frase. “Esa será mi primera petición.”
El mensaje aludió a los ejecutivos que lo acompañan y mostró una prioridad concreta. La Casa Blanca quiere mejores condiciones para sus compañías. El caso de Nvidia aparece como uno de los más sensibles, porque combina ventas millonarias, seguridad nacional, innovación y competencia geopolítica.
La inteligencia artificial tendrá un lugar central en las conversaciones de hoy y mañana. Funcionarios estadounidenses consideran necesario crear un canal de comunicación con China para evitar conflictos derivados del despliegue de sistemas avanzados. La preocupación aumentó tras el lanzamiento de Mythos, el modelo de Anthropic mencionado en el material, que elevó el debate sobre ciberseguridad, defensa y uso malicioso de herramientas de IA.
China quedó fuera del acceso anticipado a una versión preliminar de Mythos, lo que generó inquietud sobre una posible brecha tecnológica frente a Occidente. Al mismo tiempo, el documento advierte que estos modelos pueden detectar miles de vulnerabilidades en sistemas operativos y programas, un dato que empujó a bancos y gobiernos a reforzar sus defensas digitales.
El riesgo no se limita a ataques informáticos. Los investigadores citados en el material alertan que la IA avanzada podría acelerar el diseño de armas biológicas, afectar sistemas financieros, amplificar campañas de desinformación y generar sistemas fuera del control humano. Por eso, algunos especialistas proponen líneas de comunicación directas para reportar incidentes vinculados con IA y evitar escaladas entre ambas potencias.
El campo, la energía y las empresas que buscan abrir mercado
Aunque la tecnología domina la agenda, la cumbre también incluye negocios más tradicionales. El campo estadounidense mira con atención cualquier señal sobre compras chinas de productos agrícolas. Para Trump, ese capítulo tiene peso político interno, porque los productores rurales forman parte de una base electoral relevante y sufrieron el impacto de la guerra comercial.
Una canasta de bienes no sensibles podría incluir productos del agro y otros rubros de menor fricción política. Ese tipo de acuerdos ofrece una ventaja para ambos gobiernos. EE.UU. puede mostrar ventas concretas. China puede asegurar abastecimiento y dar una señal de cooperación sin ceder en los sectores que considera estratégicos.
La energía también forma parte del tablero. La guerra con Irán sumó presión sobre los mercados y volvió más importante el diálogo con Pekín. China mantiene intereses energéticos de escala global y cualquier movimiento en Medio Oriente afecta costos, rutas y expectativas comerciales. Para Trump, conseguir colaboración o moderación china en ese frente puede tener impacto económico y diplomático.
La presencia de Elon Musk tampoco es menor. Tesla depende de China como mercado, centro industrial y espacio de competencia. El país asiático es decisivo para los autos eléctricos, tanto por el tamaño de su demanda como por la fuerza de sus fabricantes locales. Musk llega a una mesa donde se cruzan regulación, datos, producción, permisos y rivalidad comercial.
El negocio de los autos eléctricos ya no se discute solo como una cuestión de ventas. También involucra baterías, software, cadenas de suministro y normas de seguridad. China cuenta con empresas fuertes y una base industrial que presiona a competidores occidentales. Tesla necesita sostener espacio en ese mercado, pero también debe navegar la relación entre la Casa Blanca y Pekín.
En paralelo, los CEOs que viajaron con Trump representan empresas con problemas concretos por resolver. Algunas necesitan autorizaciones regulatorias. Otras buscan recuperar acceso a clientes chinos. Varias intentan evitar que la tensión política cierre mercados o encarezca operaciones. La cumbre puede abrir puertas, aunque cada avance dependerá de decisiones técnicas posteriores.
El tablero político que condiciona cada acuerdo
La negociación económica convive con temas de seguridad que limitan cualquier pacto. Taiwán sigue como uno de los puntos más delicados. China rechaza las ventas de armas estadounidenses a la isla, mientras Washington mantiene su apoyo. Esa tensión impacta de lleno en los semiconductores, porque Taiwán ocupa un lugar decisivo en la producción global de chips avanzados.
Por eso, cada gesto comercial tendrá lectura política. Un alivio para Nvidia puede ser visto como una concesión tecnológica. Una compra china de bienes agrícolas puede funcionar como señal de distensión. Una reducción arancelaria puede calmar a los mercados. Pero ninguno de esos movimientos elimina la rivalidad de fondo entre las dos potencias.
El gobierno de Trump parece dispuesto a separar productos no sensibles de áreas estratégicas. Esa lógica permitiría avanzar en acuerdos acotados sin desarmar los controles sobre tecnología avanzada. Para Pekín, el desafío será obtener beneficios concretos sin aceptar un esquema que limite su desarrollo industrial a largo plazo.
El vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Guo Jiakun, dio una respuesta alineada con esa cautela. Según el documento, dijo que Pekín está dispuesto a “ampliar la cooperación, gestionar las diferencias e inyectar más estabilidad y certeza en el turbulento mundo”. La frase muestra el tono que busca China. Cooperación económica, sí. Aceptación de condiciones unilaterales, no.
Las reuniones de hoy y mañana pueden dejar anuncios sobre comercio, diálogo en IA y mecanismos de trabajo para ampliar la cooperación económica. También podrían postergar definiciones para encuentros técnicos posteriores. La clave estará en saber si Trump y Xi Jinping acuerdan una hoja de ruta concreta o si apenas ordenan las discusiones para evitar una nueva escalada.
Para las empresas, el resultado importa tanto como el lenguaje del comunicado final. Una señal favorable sobre chips puede mover expectativas en tecnología. Un acuerdo agrícola puede impactar en productores y exportadores. Una reducción de barreras puede modificar proyecciones de ventas. Una frase dura sobre seguridad nacional puede enfriar cualquier entusiasmo.
La cumbre en Pekín muestra una realidad incómoda para ambos gobiernos. Estados Unidos y China compiten por liderazgo, pero sus empresas todavía se necesitan. Washington quiere vender más sin entregar ventajas estratégicas. Pekín quiere comprar, producir y acceder a tecnología sin quedar sujeto a las decisiones de la Casa Blanca. En esa tensión se disputan los negocios que marcarán la relación bilateral en los próximos años.
El resultado no dependerá solo de la química entre Trump y Xi Jinping. También pesarán los intereses de Nvidia, Tesla, los productores agrícolas, las firmas energéticas, los bancos, los fabricantes industriales y los reguladores que deberán convertir cualquier promesa en reglas. Por ahora, la mesa ya está servida. Hay US$ 30.000 millones en comercio potencial, chips H200 bajo lupa, inteligencia artificial como asunto de seguridad y dos líderes que intentan convertir una tregua débil en ventaja política y económica.