La economía argentina mostró una recuperación de la productividad desde principios de 2024, pero el avance todavía no alcanza para revertir casi dos décadas de estancamiento.
Según un informe económico de la Fundación Mediterránea, el indicador que relaciona el producto interno bruto (PIB) con el empleo total creció a un ritmo cercano al 3,4% anual entre el primer trimestre de 2024 y el mismo período de 2026. Sin embargo, ese nivel continúa siendo 8,5% inferior al registrado en el primer trimestre de 2012 y resulta prácticamente equivalente al observado en 2007.
El dato refleja una mejora respecto del piso de actividad alcanzado tras el fuerte ajuste económico de 2024, aunque también evidencia que la capacidad de la economía para generar más producción por trabajador continúa muy limitada.
De acuerdo con el análisis, el crecimiento del PIB durante el primer trimestre de 2026 fue de alrededor del 3% anualizado respecto del último trimestre de 2025. Para el segundo trimestre, las estimaciones apuntan a una expansión algo menor, cercana al 2% anualizado, mientras que la desaceleración de la inflación y tasas de interés de muy corto plazo ubicadas entre 20% y 25% anual comienzan a aliviar parcialmente las restricciones sobre el consumo.
No obstante, el elevado nivel de morosidad continúa limitando la expansión del crédito, un factor clave para consolidar la recuperación. El estudio sostiene que las reformas implementadas desde fines de 2023 permitieron iniciar un proceso de recomposición de la eficiencia económica, aunque advierte que todavía se necesita una recuperación más firme de la inversión, el empleo y el consumo para sostener el crecimiento.
Desde el piso de actividad registrado entre abril y mayo de 2024, la mayoría de los sectores logró recuperar terreno, pero el desempeño fue muy heterogéneo.
Dentro de la industria manufacturera, actividades que representan el 56% del PIB sectorial mostraron una importante capacidad de adaptación. La producción de alimentos aumentó 5,6% entre abril de 2024 y abril de 2026; la industria de madera, papel y refinación de petróleo registró subas de entre 9,4% y 9,6%; los productos químicos crecieron 17%, mientras que los minerales no metálicos avanzaron 20,4%.
En contraste, sectores que representan alrededor del 30% del valor agregado industrial, como maquinaria y equipos, industrias metálicas básicas, textiles, indumentaria y automotores, todavía muestran caídas de entre 5% y 10% respecto de los niveles de abril de 2024.
Fuera de la industria, el comercio y la construcción también enfrentan dificultades. En el caso del consumo masivo, las ventas todavía registraban en mayo una caída interanual del 1,6%, aunque ya se ubicaban 4,9% por encima del piso alcanzado en noviembre de 2025.
La Fundación Mediterránea destacó además profundas transformaciones en los hábitos de consumo. Mientras el comercio electrónico creció 29,9% interanual, los precios de los productos de consumo masivo aumentaron 21,4%, muy por debajo del 33,2% registrado por el Índice de Precios al Consumidor del INDEC, una diferencia de 11,8 puntos porcentuales que refleja una mayor competencia y una creciente búsqueda de opciones más económicas por parte de los consumidores.
La construcción continúa siendo uno de los sectores más rezagados. La inversión destinada a esa actividad cayó hasta representar apenas 6,9% del PIB, el nivel más bajo de los últimos veinte años. La falta de obra pública, la escasez de crédito hipotecario y los problemas de competitividad explican buena parte de ese desempeño.
El informe también vincula el estancamiento de la productividad con la elevada presión tributaria y el tamaño del gasto público provincial y municipal. El gasto del sector público nacional se redujo hasta US$ 101.800 millones en los últimos doce meses, un 48,6% por debajo del máximo registrado en 2017, a la vez que las provincias y municipios elevaron nuevamente su gasto consolidado hasta 19,9% del PIB en 2025, por encima del 19,5% observado en 2023.
Los impuestos distorsivos, como Ingresos Brutos, Sellos y tasas municipales, desalientan la inversión, incentivan la informalidad y reducen la productividad al aumentar los costos de producción.