Cuatro razones por las que las mujeres parecen ser mejores inversoras
Operar menos, pagar menos comisiones y evitar decisiones impulsivas ayuda a explicar la ventaja. Pero la diferencia también está marcada por ingresos más bajos, deudas y tareas de cuidado que limitan el acceso al ahorro.

Cada tanto, algún artículo retoma la misma idea y afirma que las mujeres invierten mejor que los hombres. El argumento suele apoyarse en cuatro datos que se repiten con frecuencia. Ellas compran y venden menos acciones, hacen menos operaciones, pagan menos comisiones y obtienen mejores rendimientos ajustados por riesgo.

La pregunta, entonces, es inevitable. ¿Las mujeres son mejores inversoras?

La respuesta exige más cuidado. Dar por ganada esa discusión sin analizar por qué muchas mujeres tienen menos acciones transforma una brecha económica en una pelea de género y borra el punto de fondo. La cuestión relevante no pasa por definir quién invierte con más inteligencia.

La pregunta que importa es otra. Porque quienes cargan con vidas feminizadas llegan al mercado con menor exposición a acciones, menos patrimonio acumulado y mayor fragilidad financiera en la vejez.

El problema no nace en las hormonas ni en la maternidad. Tampoco en una supuesta timidez femenina frente a una audacia masculina. La explicación está en los ingresos, la estructura familiar, las deudas, el poder de decisión y un sistema jubilatorio (al menos el de EE.UU.) pensado como si cada persona viviera sola.

Las mujeres inversoras suelen cometer menos errores costosos (Foto: Imagen creada con IA)

Las mujeres inversoras suelen cometer menos errores costosos

La evidencia más firme indica que las mujeres tienden a cometer menos errores capaces de deteriorar la rentabilidad a largo plazo. Un estudio de Brad Barber y Terrance Odean, "Boys Will Be Boys", marcó un dato contundente. Los hombres operaban un 45% más que las mujeres. Esa mayor actividad recortó su rentabilidad neta en 2,65 puntos porcentuales anuales, contra 1,72 puntos porcentuales entre ellas. 

La clave estuvo en la conducta. Ellos confiaban de más en su habilidad para seleccionar acciones y acertar el momento de entrada o salida. Esa seguridad excesiva derivó en más movimientos y esos movimientos, en más costos.

El estudio de Fidelity de 2024 sobre mujeres e inversiones refuerza esa lectura. Ellas se declararon menos inclinadas que los hombres a verse como inversoras agresivas y menos dispuestas a vender sus inversiones para abandonar el mercado durante etapas de volatilidad. A su vez, una investigación de Wells Fargo Advisors detectó que las cuentas gestionadas por mujeres tuvieron menor volatilidad que las manejadas por hombres y mejores rendimientos ajustados por riesgo.

La conclusión razonable, sin exageraciones, es que las mujeres obtienen mejores registros en cuatro variables concretas. Operan menos seguido, realizan menos transacciones, enfrentan costos más bajos ligados a esas actividad y muestran menor exceso de confianza al decidir cuándo invertir. El dato pesa porque cada operación innecesaria puede llevar a comprar caro, vender barato y pagar comisiones en el camino. A lo largo de varias décadas, esos costos se acumulan y erosionan el ahorro.

Una investigación detectó que las cuentas gestionadas por mujeres tuvieron menor volatilidad que las manejadas por hombres (Foto: Pexels)

Las mujeres tienen menos acciones porque llevan vidas feminizadas

Las mujeres solteras participan menos en el mercado de acciones que los hombres solteros. Y, cuando entran, asignan una porción más baja de su cartera a activos de riesgo. Ese dato suele interpretarse como una señal de mayor aversión femenina al riesgo financiero, casi como si respondiera a una condición natural. Un estudio de 2012, muy citado, detectó que las mujeres invertían menos en un juego estándar de inversión riesgosa y parecían más cautelosas que los hombres frente al riesgo financiero.

Pero esa diferencia no alcanza para explicar la brecha.

La investigación reciente de Annika Bacher, "La brecha de inversión de género a lo largo del ciclo vital", estudia los hogares de Estados Unidos y aporta una lectura más amplia. Su modelo contempla perfiles distintos entre hombres y mujeres solteros en ingresos, tamaño del hogar, probabilidades de matrimonio y divorcio, riesgo de supervivencia y gastos médicos. Aun así, conserva sin cambios sus preferencias de base. Allí aparece su mayor aporte. El modelo reproduce la brecha de inversión de género sin asumir que las mujeres son, por naturaleza, más reacias al riesgo.

La conclusión de Bacher es clara. Las mujeres tienen menos acciones porque sus condiciones económicas vuelven racional esa decisión.

Sus ingresos suelen ser más bajos y más inestables. También cargan con más responsabilidades domésticas, reciben menos riqueza al comienzo de la vida adulta y enfrentan necesidades de consumo futuras diferentes. Cuando el dinero disponible es menor, las demandas sobre esos recursos son mayores y el margen de error se achica, tomar menos riesgo financiero no expresa temor.

Las mujeres tienen menos acciones porque llevan vidas feminizadas, en muchos casos asociadas a familia (Foto: Imagen creada con IA)

Hay, además, un dato central. Las mujeres tienen más chances que los hombres de anticipar ingresos futuros más variables, ya que cobran menos y muchas veces reducen sus horas de trabajo para cuidar a otras personas. Por eso, no cuentan con la misma capacidad para asumir riesgos de inversión a largo plazo. Un ingreso laboral estable y en aumento puede operar como un bono dentro del balance de un hogar. Esa base vuelve más razonable aceptar riesgos de renta variable en activos financieros. Cuando ese flujo de ingresos es más bajo, menos seguro o depende más de las tareas de cuidado, la cartera óptima se orienta hacia la seguridad.

Las mujeres tienen menos acciones por una cuestión matemática, no de género.

La brecha en la inversión en acciones se agrava y perjudica la riqueza

Imaginemos a dos trabajadores que, a los 30 años, ahorran US$ 10.000 cada uno. El primero tiene margen para asumir riesgo y coloca el 50% en acciones con una rentabilidad del 7%, mientras destina el otro 50% a activos seguros con retorno del 3%. A los 65 años, su capital llegará a cerca de US$ 67.000.

La segunda persona parte de una situación más ajustada. Tiene menores ingresos y mayores necesidades familiares, por lo que invierte apenas el 20% en acciones y conserva el 80% en activos seguros. A los 65 años, reunirá alrededor de US$ 43.000.

La brecha de US$ 24.000 no responde a inteligencia, audacia ni talento inversor. Refleja el efecto de la prima de riesgo de las acciones, que se potencia con los años.

Ahí aparece la paradoja. Las mujeres pueden conseguir mejores resultados cuando ingresan al mercado, pero muchas quedan afuera por las condiciones materiales de su vida.

Las parejas crean algunos riesgos financieros para las mujeres

Los académicos suelen comparar a hombres y mujeres solteros porque ese recorte simplifica el análisis. Pero la mayoría de las personas transita una parte importante de su vida adulta en pareja. Ese dato complica cualquier afirmación sobre carteras de inversión masculinas o femeninas.

Las parejas no siempre deciden como un inversor racional. Las dinámicas de poder de género pueden achicar tanto el patrimonio del hogar como el de la esposa. Un estudio amplio, realizado con más de un millón de estadounidenses, reveló que las parejas muchas veces no asignan los aportes jubilatorios al cónyuge que recibe la mayor contribución de la empresa, sino al integrante con ingresos más altos. En ese desvío, los hogares pierden oportunidades de ahorro.

Las parejas no siempre deciden como un inversor racional (Foto: Imagen creada con IA)

Una investigación de RAND y del Departamento de Trabajo, titulada "Ahorro para la jubilación en los hogares", muestra que los activos y los aportes jubilatorios suelen concentrarse en la cuenta del marido, muchas veces porque él funciona como principal sostén económico de la familia.

Cuando el marido gana más, algo frecuente, su cuenta jubilatoria aumenta. Cuando esa cuenta aumenta, también crece su control formal sobre el dinero. Y cuando ese control se concentra, la riqueza familiar no siempre se convierte en la misma seguridad para todos. Una mujer puede integrar un hogar con ahorro para la jubilación y, aun así, tener menor poder de negociación, más riesgo tras un divorcio o menos protección ante la viudez.

Las deudas alejan todavía más a las mujeres de las inversiones

La deuda también recorta la capacidad de ahorrar para la jubilación. Las mujeres soportan una parte desproporcionada de la deuda estudiantil. Pagan la misma matrícula, pero después cuentan con menores ingresos para cancelarla. En Estados Unidos, concentran casi dos tercios de ese pasivo, egresan con un saldo promedio US$ 2.700 superior al de los hombres con título de grado y demoran cerca de dos años más en terminar de pagarlo.

A las personas que llevan vidas feminizadas les cuesta más invertir y acumular riqueza

La explicación más repetida sostiene que las mujeres son cautelosas por el simple hecho de ser mujeres. Es una lectura sencilla y cómoda en términos políticos. Si la menor presencia femenina en el mercado de acciones respondiera solo a una preferencia personal, nadie tendría que revisar salarios, políticas de cuidado, sistemas jubilatorios, deuda ni poder dentro del hogar.

Pero si las mujeres invierten menos en acciones porque ganan menos, asumen más tareas domésticas, enfrentan mayores cargas de deuda y parten con menor riqueza, la discusión pública cambia de eje.

Políticas para que todos inviertan mejor

El diagnóstico equivocado sostiene que las mujeres necesitan capacitación para ganar confianza y comprar más acciones. El diagnóstico acertado apunta en otra dirección. Necesitan condiciones económicas que hagan razonable la inversión de largo plazo.

Eso exige cerrar la brecha salarial de género. También requiere subsidiar las tareas de cuidado, reconocer créditos previsionales para quienes cuidan dentro de la Seguridad Social y los planes de jubilación, y diseñar cuentas jubilatorias que no partan de una ficción. No todos los trabajadores tienen ingresos estables, están libres de deuda, atraviesan su vida sin gastos imprevistos por el cuidado de personas dependientes ni conviven con una pareja que optimiza las finanzas familiares. 

Las mujeres son más cautas y necesitan condiciones económicas que hagan razonable la inversión de largo plazo (Foto Imagen creada con IA)

Además, hace falta ayudar a las parejas a distribuir los aportes de manera eficiente, para que los activos no queden por defecto en la cuenta de quien gana más.

Las mujeres inversoras suelen hacer muchas cosas bien. Operan con menor frecuencia, modifican menos sus carteras, pagan menos comisiones y tienen menos chances de que el exceso de confianza erosione su rentabilidad. Pero también poseen menos acciones porque enfrentan ingresos más bajos, mayores obligaciones, más presión por deudas y menor seguridad sobre el patrimonio familiar.

La brecha de inversión de género no existe porque las mujeres sean demasiado cautelosas. Existe porque el sistema financiero confunde una restricción con una preferencia y después llama elección a ese resultado.

La respuesta de política pública pasa por construir un sistema jubilatorio que asegure a todas las personas acceso a una cartera equilibrada, segura, de bajo costo y con gestión profesional. Las mujeres tienen más probabilidades de vivir con ingresos inestables, responsabilidades de cuidado y escaso margen de error. Pero una política así alcanza a cualquiera que enfrente esos riesgos.

Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.