En una nueva vuelta de tuerca sobre el pilar de su discurso político, la responsabilidad fiscal, el presidente Javier Milei lanzó la implementación de lo que ha denominado un "grillete fiscal". La propuesta busca prohibir por ley el déficit presupuestario, estableciendo una consecuencia directa y personal para los responsables de las finanzas públicas: si el Congreso no corrige un resultado deficitario en pocas semanas, "la política no cobrará sus sueldos". Esta medida intenta trasladar al sector público el concepto financiero de skin in the game o "poner el cuerpo", asegurando que quienes deciden sobre los recursos ajenos sufran las consecuencias de una mala administración.
La idea de vincular el bienestar personal de los legisladores con la salud de las cuentas nacionales no es una ocurrencia presidencial. El célebre inversor Warren Buffett ya propuso en su momento una regla similar para contener el déficit en los Estados Unidos: cada vez que el déficit fiscal superara un umbral determinado, todos los legisladores en ejercicio quedarían inhabilitados de por vida para la reelección. El objetivo de Buffett era simple: alinear los incentivos de los políticos con el equilibrio fiscal, eliminando la tentación de gastar recursos que no se tienen para obtener rédito electoral de corto plazo. En el caso de la regla de Buffet para las cuentas públicas norteamericanas, el desequilibrio admitido es de 3% del PBI. Claro, Estados Unidos tiene quién lo financie sin tener que recurrir a la máquina de imprimir billetes (verdes). Para el caso local, Milei propone un objetivo mucho más exigente.
La coincidencia fue destacada por el prestigioso y, sobre todo, misterioso economista que se presenta en X como el usuario “@hvygens”, donde comparte contenido y análisis económico. En su posteo, refirió también a una propuesta de su colega, Sebastian Cao, quien apuntó al caso de Singapur.
Ese es, tal vez el caso más emblemático y exitoso de este tipo de incentivos. Desde la década de 1980, este país utiliza un "Sistema Salarial Flexible" que vincula la remuneración de la élite política con el desempeño económico del país. En Singapur, las figuras jerárquicas —como el Primer Ministro y los legisladores— perciben sueldos muy altos, fijados en el 60% de la mediana del ingreso de los 1.000 ciudadanos con mayores ingresos. Esta política busca atraer al mejor talento y reducir drásticamente la tentación de la corrupción.
Pero el salario alto en Singapur viene con condiciones estrictas. Aproximadamente el 35% de la remuneración total depende directamente del desempeño. El esquema incluye un "Bono Nacional" que solo se cobra si se cumplen objetivos específicos en cuatro variables: el crecimiento del ingreso medio real, el crecimiento del ingreso del sector más pobre (quintil más bajo), la tasa de desempleo y el crecimiento del PIB real. Si el crecimiento del ingreso es inferior al 0,5% y el desempleo supera el 5%, los altos funcionarios no reciben este bono, lo que puede significar la pérdida de varios meses de sueldo.

Además de estos incentivos salariales, Singapur posee una prohibición constitucional para que cualquier gobierno cierre su mandato de cinco años con un déficit neto. Esta disciplina ha permitido que el Estado mantenga superávits fiscales constantes (promediando el 3,2% del PIB desde el año 2000), a pesar de tener impuestos extremadamente bajos y un gasto público consolidado inferior al 20% del PIB.
El anuncio del "grillete fiscal" de Milei se asimila a una versión criolla de estos modelos de éxito. Mientras que en la mayor parte del mundo los políticos administran recursos ajenos sin mayores consecuencias personales por el fracaso, la lógica que Milei intenta imponer —y que Buffett y Singapur defienden— es la del gestor que "come lo que cocina". transparente.