La economía argentina transita una marcada paradoja en el inicio del segundo semestre. Por un lado, los grandes agregados macroeconómicos exhiben un nivel de solidez inédito en años: las principales metas acordadas con el FMI se cumplen con margen, la balanza comercial registra superávits abultados y la disciplina fiscal se mantiene firme. Sin embargo, al bajar a la economía real y al consumo cotidiano, la reactivación parece haberse topado con un techo.
Esta dualidad quedó al descubierto con el último dato del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) de mayo, que registró una variación interanual de apenas 0,2% y una caída del 0,5% mensual desestacionalizado, marcando el segundo tropezón consecutivo del indicador. La cifra confirmó lo que en el mercado se define como una "recuperación en K": una dinámica donde un selecto grupo de sectores avanza a paso firme, mientras las actividades intensivas en mano de obra y el consumo masivo siguen rezagados.
En la parte superior de esta "K" se consolidan el agro, la minería y la energía, convertidos en los verdaderos motores del ingreso de divisas y de la actividad general. Según estimaciones de la consultora 1816, desde noviembre de 2023 la producción agropecuaria acumula un salto del 15%, mientras que la energía trepó un 27%. Desde la perspectiva de J.P. Morgan, estos sectores destacaron con incrementos interanuales del 4,6% y 15,7%, respectivamente.
La otra cara de la moneda muestra a los sectores con mayor demanda de mano de obra en terreno marcadamente negativo. Para Andrés Reschini, analista y socio de F2 Soluciones Financieras, la perspectiva de mediano plazo expone la profundidad del problema: “Al mirar el comportamiento en un horizonte de tres años, se nota con bastante claridad la debilidad de rubros clave como la construcción (-15,4%), la Industria (-15,1%) y el comercio (-9,3%), mientras que el agro, la minería y el sector financiero son los que más crecen”.
Esta brecha golpea de lleno en el bolsillo y abre dudas sobre la sostenibilidad del clima político. De acuerdo con 1816, los salarios reales del sector privado registrado volvieron a ceder en mayo, ubicándose un 3,6% por debajo de noviembre pasado, a lo que se suma una contracción del empleo asalariado registrado durante 11 meses consecutivos. Según Reschini, este panorama "puede incrementar las dudas sobre el grado de apoyo social al Gobierno de cara a los próximos turnos electorales".

El impacto de este estancamiento salarial se traslada directamente al mercado inmobiliario y al acceso a la vivienda. Nadezhda Puzankova, analista de real estate, describe el contexto actual con una abundante oferta tanto en venta como en alquileres. "Aunque la preferencia de la gente siempre es comprar, no todos tienen la capacidad económica para hacerlo y deben alquilar. Hoy vemos mucha oferta disponible, pero el mercado de venta sigue difícil y trabado".
La reaparición del crédito hipotecario bancario (con tasas que parten desde el 5% anual según el perfil del cliente) empieza a presentarse como una alternativa para acortar la distancia entre el alquiler y la casa propia, aunque condicionado por la capacidad de pago de los salarios, considera la analista. El crédito es, precisamente, la gran apuesta del ministro Luis Caputo para volver a prender uno de los motores de la economía.
Para entender el cuadro general, los analistas coinciden en poner la coyuntura en perspectiva histórica: la Argentina viene de modelos económicos focalizados casi exclusivamente en el consumo, pero construidos a costa de la pérdida constante de reservas, lo que generaba inestabilidad macroeconómica e incrementos sostenidos en la pobreza. La gestión actual encaró un giro estructural para priorizar la generación de divisas y la atracción de inversiones.
Sin embargo, esa segunda pata del esquema todavía muestra cierta debilidad. La incertidumbre política hace que las grandes inversiones demoren en concretarse, lo que vuelve más doloroso el impacto inmediato en el consumo y la industria, profundizando la erosión de los ingresos. El enfriamiento de la micro llevó también a bancos internacionales a recalibrar sus números. Tras registrar un segundo trimestre más débil de lo previsto (con una caída estimada de la actividad del 1,5% trimestral anualizada), J.P. Morgan recortó su proyección de crecimiento del PBI para todo el año a un 2,7% interanual.
Pese a estas señales de desaceleración en la calle, el Poder Ejecutivo cuenta con un blindaje macroeconómico considerable. En el frente externo, el Gobierno ya sobrecumplió la meta anual de acumulación de reservas netas pautada con el FMI de USD 8.000 millones, alcanzando un acumulado de USD 8.455 millones en lo que va del año, respaldado por un superávit comercial que superó los USD 2.000 millones mensuales en casi todo el primer semestre.
Esta mejora en las cuentas no pasó inadvertida para las agencias internacionales: Moody's elevó recientemente la calificación soberana de la Argentina a B-, equiparándola con la nota de Fitch y S&P. Sin embargo, el mercado financiero internacional mantiene la cautela. Dado que los rendimientos de los bonos argentinos continúan por encima del promedio de sus pares con la misma calificación crediticia, el Tesoro prefiere postergar las emisiones internacionales y abastecerse de liquidez en el mercado local mediante Bonares y títulos en pesos.
Hacia adelante, la marcha económica dependerá de cómo el Gobierno gestione ciertas presiones latentes. Por un lado, la suba del petróleo internacional (con el Brent cerca de los USD 98 por barril) choca con un mercado local de combustibles que cotiza como si el crudo estuviera en torno a los USD 84, acumulando un desfasaje que meterá presión sobre los surtidores. Por otro lado, en el frente financiero, el Banco Central deberá monitorear de cerca los importantes vencimientos en instrumentos dollar linked (como la Lelink D31L6, que supera los USD 2.200 millones) y la brecha en el mercado de liquidez CCL-MEP.