Vivió en un hospital abandonado, conoció al Papa, manejó un Uber y hoy lidera una empresa de refugios de guerra y “matafuegos para inundaciones"
Florencia Radici Editora
Florencia Radici Editora
La historia de Nicolás García Mayor se balancea entre la genialidad y la persistencia. Nacido en Bahía Blanca en el seno de una familia trabajadora, aprendió desde los 7 años que para conseguir las cosas había que salir a buscarlas. Esa mentalidad lo llevó a estudiar Diseño Industrial en La Plata, donde la crisis del 2001 lo obligó a subsistir viviendo en un hospital abandonado para poder terminar su carrera. Fue allí donde nació la génesis de CMAX: un proyecto de tesis enfocado en habitáculos de emergencia que sus profesores tildaron de “imposible”, pero que terminaría convirtiéndose en una empresa global de soluciones humanitarias.
Hoy, CMAX diseña y provee refugios temporales y módulos hospitalarios capaces de dignificar la vida de poblaciones desplazadas por guerras o desastres naturales en tiempo récord. Sin embargo, el trayecto no fue lineal. En su afán por mantener la independencia de su propósito, García Mayor rechazó ofertas corporativas que desvirtuaban su misión, vendió sus bienes y se mudó a EE.UU.. Allí, mientras su proyecto sumaba elogios de la ONU y el Papa Francisco, manejó un Uber durante 18 horas por día en Washington DC para aprender inglés y autofinanciar su sueño.
Tras probar la eficacia de sus refugios en el frente de batalla de Ucrania y expandir el negocio a 14 países mediante verticales comerciales, CMAX lanza ahora la Aerocabin X2: una cabina inflable y hermética pensada como un “matafuegos para inundaciones”. En esta entrevista, el emprendedor reflexiona sobre la resiliencia, el fuego sagrado de la ayuda social y su ambición de preparar a la humanidad ante las crisis del mañana.
¿Cómo fue tu historia hasta llegar a diseñar refugios? Arrancaste a trabajar desde muy chico…
Vengo de una familia de clase media baja trabajadora, mi papá era colectivero y mi mamá, costurera. Cuando se separaron, tuvimos que salir los tres hermanos a apoyar como podíamos. Yo tenía 7 u 8 años y empecé a trabajar de todo: ir a la obra con mi hermano, hacer electricidad en obras, todo lo que hay que hacer en una casa. Eso empezó a encender la luz de entender que si quería algo, lo tenía que salir a buscar. Desde chico entendí que se podían hacer las cosas. Mi papá es un tipo muy soñador, un día se le ocurrió tener un velero y con unas latas de aceite de una estación de servicio las soldó y armó una estructura. Mi mamá, con un paracaídas roto, hizo unas velas y salíamos a navegar. Los argentinos también tenemos esa forma de solucionar las cosas con lo que tenemos, luchar por aquello que no tenemos y ser felices. Esas bases se generaron en mí, pero tal vez fui un poquito más revoltoso que conformarme con algunas cositas.
Después te fuiste a estudiar Diseño Industrial a La Plata…
Sí. De la carrera sabía muy poco, pero me gustaba todo lo relacionado a construir cosas. De chico, a los 12 años, era DJ y me armé mi propio equipo de música, las mezcladoras, los parlantes. Siempre construía mis cosas. Trabajé para juntar dinero y me fui de Bahía Blanca a La Plata. Apenas llegué trabajé de maestranza en el edificio donde vivía, hacía todo el mantenimiento para poder pagar el alquiler y estudiar. Los últimos años se pusieron difíciles.
Estabas terminando la carrera en la crisis de 2001. ¿Qué pasó?
Mis amigos con los que compartía el alquiler se empezaron a volver porque los padres no podían pagar y dejaron la carrera. Yo siempre fui muy fanático de estudiar, traté de hacer la carrera a fondo dando lo mejor en 5 años. Me quedaban 2 años y ya se ponía complicado, por más que comiera arroz. Decidí hacer una tesis ciertamente complicada. Cuando presentamos qué proyecto generar para la tesis, propuse un sistema de habitáculo de emergencia para ayudar a poblaciones afectadas por desastres naturales. Los profesores me dijeron que eso era diseño para un arquitecto o sociólogo, que tenía que saber de respuesta a emergencias y que no me iba a recibir más si elegía eso.

Presentaste el proyecto de tesis, que fue la génesis de lo que vendría después, pero en ese momento era “no te vas a recibir más”...
Ahí estaba el desafío. Fui a la facultad de arquitectura, a sociología, hablé con el director de defensa civil de la provincia y tomé recaudo de toda la situación. Empecé a trabajar con toda esa multidisciplinaridad que se da en La Plata por ser una ciudad universitaria. Me tenía que quedar en La Plata, pero no tenía más dinero ni manera de subsistir. Había hecho trabajos para un hombre que tenía hospitales; fui a verlo, sabía que tenía un hospital abandonado y le pedí vivir ahí. Me dijo que estaba loco, parecía una película de terror. Le dije que necesitaba terminar mi carrera, no podía pagar alquiler y me ofreció buscar el lugar que quisiera. Me instalé en el segundo piso estaba la sala de radiología abandonada, que era la más amplia. Estuve una semana limpiando y baldeando hasta dejarla digna. Encontré un colchón en la calle, lo corté, y con unas latas de pintura de una obra pinté una pared de rosa. Tiré el colchón en el piso y seguí estudiando así, sin agua caliente, sin heladera, sin nada. Así estuve casi dos años hasta recibirme y nadie sabía que estaba en esa situación. Al principio dormía con la luz prendida, había hecho conexiones eléctricas, pero bañarse con agua fría en invierno fue duro. Eso fue templando lo que después era capaz de hacer cuando tenía un sueño implantado en el corazón. Lo hice, me recibí y la tesis fue aprobada. Alquilé un proyector con mis últimos centavos y se armó un revuelo en la universidad con mi presentación. No les quedó otra que aprobar, llevé la tesis y cartas del Ministerio de Seguridad; fue declarado de interés provincial por la Cámara de Diputados. Terminé siendo uno de los mejores promedios de la universidad.
Terminaste la carrera después de unos últimos años complicados y el proyecto quedó ahí.
Mi sueño era ser diseñador de autos en Barcelona. Entré en el centro de diseño de Renault y no me gustó porque tenía que estar todo el día diseñando un espejito. Me hice muy amigo del director del centro de diseño, Gustavo Fosco, armé una empresa con mi hermano en España y empezamos a diseñar hoteles y locales comerciales. Pero volví a Argentina porque no aguanté, sentía que no estaba haciendo nada por ayudar a mi país o estar cerca de mi familia. Cuando estudiaba en el hospital abandonado, le daba clases a chicos en una copa de leche que convertí en un comedor a los 18 años; me iba en bicicleta hasta City Bell. Cuando vi que se me desmayaban porque tenían hambre, armé un comedor. La parte humanitaria siempre estaba en mí. En España me empezó a ir bien, tenía un auto, una notebook, vivía frente al Mediterráneo, pero me sentía vacío. Diseñar cosas lindas que no sirven más que para agregar cosas al mundo y que no cambian a nadie no era lo que soñé, así que me volví.
¿Qué hiciste cuando volviste?
Estuve un año remontando sin saber qué hacer porque todos mis sueños se estrellaron. Empecé a ir a un cibercafé, alquilaba por hora, le pedí al dueño que me instalara AutoCAD y empecé a diseñar escenografía para televisión. Desde las cenizas empecé a trabajar y me llamaron empresas petroleras de Bahía Blanca. Un día me llaman de Petrobras, me dicen que era un genio y que trabajara para ellos. Yo estaba en el cibercafé sin computadora. Armé la empresa y facturé en un mes lo que hubiera facturado en años; empecé a hacer herramientas que se implementaron en refinerías de todo el mundo. Me compré una casa. Después empecé a trabajar para Europa, fui seleccionado entre los 10 estudios de diseño más importantes del mundo haciendo stands en Alemania.

Lograste combinar el trabajo con la parte humanitaria que te faltaba.
Armé una fundación con mi empresa, comedores, centros de desnutridos y hogares para abuelos en mi ciudad. Todo funcionaba muy bien, nos acomodamos en nuestro país, teníamos casa y autos. Luego quedé seleccionado para presentar proyectos humanitarios ante la ONU representando a Argentina. Había armado el grupo de jóvenes empresarios de la Unión Industrial y era el presidente. Me invitaron a Washington a presentar el proyecto humanitario Cmax, que era mi tesis, y generó un boom. Me decían que parecía salido de una película de James Bond, que iba a salvar millones de vidas y que el mundo se tenía que enterar. Yo no sabía hablar inglés. Luego me invitaron a la ONU y el Papa Francisco se enteró; salí en las tapas de los diarios y me empezaron a invitar de todos lados.
Tenías el proyecto pero no había nada desarrollado, ¿no?
No había refugios, solo un par de catálogos y videos. Me invitó el Papa Francisco y llegué a Roma; fue una película. Me preguntó si lo tenía patentado; le dije que no me interesaba. Me dijo que debía patentarlo porque esa inspiración la tuve yo y es una obra que debía hacer para los demás. Fueron palabras simples pero poderosas que me advirtieron que debía proteger esto para el mundo. Volví e hice intentos de fabricar en Argentina pero no pudimos. Me invitaron al Banco Interamericano en Washington a presentar el proyecto y fue otro boom. Tenía 30 años y decidí intentarlo para no arrepentirme. Vendí casi todo y me fui a Estados Unidos. Al mes me dieron la Green Card como talento brillante. Pero la gente que dijo que iba a invertir no lo hizo y todo lo que tenía se me estaba yendo. Me estaba quedando sin ahorros pero decidí intentarlo para no arrepentirme toda mi vida y poder irme en paz sabiendo que intenté ayudar a la gente. Pasé por un montón de cosas otra vez. Hubo amigos que me querían ayudar o invertir, pero no acepté porque no estaba armada la empresa. Decidí arriesgar todo lo mío antes de arriesgar lo de los demás, lo cual no es típico de los emprendedores. Luché hasta el momento de estar por cerrar una ronda de inversión en Dubái con una empresa francesa que nos quería comprar el 50%. Nos hicieron la jugarreta de extender el cierre por varios meses sabiendo que nuestro flujo de caja bajaba porque no estábamos produciendo. Cuando estábamos casi ahorcados nos renegociaron todo y les dije que no había confianza. Mi empresa ya no tenía fondos y mi inglés todavía era muy malo. Tenía que aprender inglés y no tenía más plata, así que me compré un auto y empecé a hacer Uber.
De estar con el Papa a manejar un Uber…
Fui el mejor Uber de Washington DC, el Uber que te podía diseñar un refugio de guerra. Era loco porque venía de salir en CNN, de estar con el Papa y de ser el emprendedor de las tapas de los diarios, a manejar un Uber. Decidí decir la verdad porque si mentía no iba a poder mantener una conversación para aprender inglés. La gente me preguntaba qué hacía y les decía que era ingeniero haciendo refugios con mi empresa. Me googleaban y veían Wikipedia o mi participación en CCTV de China. Así llevé unos 12.000 pasajeros y aprendí el inglés manejando 18 horas por día. Yo pensaba que si mi viejo manejaba colectivos pesados, yo podía salir de esto manejando mi auto. Con lo que junté compré un terreno, lo vendí y empecé a entrar en la rueda de a poco. Luego me agarró el COVID; unos amigos me ofrecieron dinero para que dejara de exponerme manejando. Les propuse ponerlo en la empresa para hacer prototipos de hospitales móviles para el COVID. Junté unos US$ 80.000 que me permitían dedicarme completamente al proyecto. Encontré una fábrica gigantesca en Perú, de las más grandes que fabrican buses, y generamos un buen acuerdo. Fui a Perú y pasé dos años haciendo pruebas y test de lluvia. Logramos desarrollar los refugios, que era un producto muy complicado, casi como hacer un auto sin motor. Cuando los primeros prototipos estaban listos, explotó la guerra en Ucrania y nos empezaron a llamar diciendo que necesitaban salvar a madres que amamantaban en la nieve. El gobierno de EE.UU. nos había dado un préstamo y yo había invertido en cripto, así que estábamos mejor posicionados como empresa. El envío a la guerra era logísticamente complicado y costaba casi US$ 200.000 solo para un avión, más US$ 300.000 de producción. Conseguí todo, hice un acuerdo con DHL y en una semana volamos de Perú a Miami, luego a Ámsterdam, y bajamos en camión hasta Varsovia. Me fui tres meses a la guerra.

Y ahí lo viste aplicado…
En la guerra pude ver cómo funcionaban como hospitales móviles. En medio de la batalla, si perdían las líneas del frente, perdían los hospitales móviles tipo tráiler. Estos refugios les permitían moverlos rápido, cerrarlos, armarlos, estar elevados del piso, transportarlos fácilmente y desplegarlos en las zonas de bombardeo. Me metí en la frontera donde estaban los refugiados. Después empezamos a expandirnos a otras verticales como la industria, la minería, Airbnb y glamping. Nos expandimos por una cuestión de supervivencia para tener un flujo de ingresos independiente de lo humanitario. Hoy estamos vendiendo en 14 países, trabajando con pioneros como Japón que conocen mucho de la resiliencia ante desastres. Estamos expandiéndonos cambiando la tecnología y poniendo nuevos productos tras la inundación que hubo el año pasado en Bahía Blanca.
El producto anterior era tierra sobre tierra…
Exactamente. Sirve para evacuar, pero no para rescatar a la gente que quedó en los techos. Un amigo en Bahía Blanca vio subir el agua mucho más que la que entraba en su casa, no pudo abrir la puerta y tuvo que decidir subir al techo con su familia y mascotas llevando una carpa, rezando para que el agua no se los llevara. Yo vivo frente a un lago y uso la tecnología Dropstitch, que es una lona inflable reforzada que se usa para tablas de paddle surf. Me fui a China 4 meses recorriendo fábricas y desarrollamos el Aerocabin Cmax X2. Es una forma de tener un matafuegos para inundaciones; así como podés tener un matafuegos protegido cuando se incendia la casa, en una inundación no teníamos nada. Me inspiró un superhéroe en Bahía Blanca que rescató a mucha gente con una moto de agua. Generé un elemento recreativo que la gente lo puede usar para ir de camping o a pescar, pero si hay una inundación le salva la vida. Es un producto nuevo en el mundo que estamos lanzando. Lo llevás en un bolso, se infla, dormís adentro y es un refugio flotante para interactuar con la naturaleza. La llamamos una aerocabina inflable hermética. Viene con un inflador a mano o a batería que lo infla en 5 minutos. Si hay una alerta meteorológica y no podés moverte de la ciudad, inflás esto, lo dejás atado a un poste de tu casa y si sube el agua te metés ahí y te salvás.
Lo pueden comprar las personas por su cuenta para actividades y también trabajan con organizaciones.
Exacto, el punto es empoderar a la gente porque los gobiernos y agencias tienen sus tiempos y a veces no llegan. La idea es que una persona pueda tener un bolsito que usa para acampar y en caso de inundación esté preparada. Los precios están pensados para el acceso de las personas y estamos armando un fondo con la Fundación Cmax para poder hacer donaciones a quienes viven en zonas inundadas. Generalmente las donaciones para catástrofes llegan cuando ya la gente se ahogó. Debemos prepararnos dando esta herramienta a quienes viven en zonas inundables donde no se hicieron las obras. Ese fuego es el que a mí no me deja dormir, pensar en intentar solucionar estas cosas que vivimos los humanos. Y nos extendemos outdoor y glamping, que amo. Es parte de la filosofía de conectarnos con la naturaleza, cuidarnos y tener algo que disfrutamos pero que nos puede salvar la vida sin depender de otros. Los desastres naturales y conflictos bélicos afectan a todos lados. Siendo padre, quisiera que mi familia esté preparada y no que se los lleve una corriente.
La empresa está sana y no tenés que manejar Uber para cubrir gastos. ¿Proyectás salir a bolsa en algún momento?
Claramente proyecto salir a bolsa. Fui sanando mi visión de la vida, entendiendo que si tenés la posibilidad de brindar algo a la humanidad hay que hacerlo. El año pasado estuve estudiando en Harvard y hablaban de la frase de fallar rápido y fallar barato. Les dije que no estaba de acuerdo porque si hubiera fallado rápido y barato mi empresa no existiría hoy. Esa filosofía no funcionó para Edison al inventar la luz, ni para Tesla con el magnetismo. Los grandes avances de la humanidad no son rápidos ni baratos. Hay que animarse a encontrar algo que valga la pena y dedicarle la vida, convirtiéndote en mejor persona. Levantaré fondos y llegaré al IPO, pero los fondos convencionales no tienen los tiempos de una empresa social que busca resolver problemas mundiales complejos. Si levantás fondos y no das resultados rápidos, tenés que ir a la quiebra y yo no puedo quebrar mi sueño. Vi gente levantar millones intentando hacer lo mismo que yo y desaparecieron a los dos años. Voy a pasar por esta vida intentando solucionar esto a los 40, 50 u 80 años. Procuro cuidar mi salud y mi mente para ser la mejor persona para ese sueño que quiero lograr: que haya una humanidad preparada para mitigar estas situaciones.