Ricky Sarkany, íntimo: su visión de ajedrecista, los desafíos de la IA, la situación de la industria y el legado de su hija Sofía
Tras publicar “Memorias de un zapatero. Una parte de mí”, el empresario reflexiona sobre la coyuntura argentina y el duro pasado de su familia, confiesa por qué descartó postularse a cargos públicos y comparte cómo la sabiduría de su hija mayor guía el presente y el futuro de la compañía.

“Me defino como zapatero. Es lo que me identifica y lo llevo con orgullo y amor. El zapatero es un transformador de artículos ordinarios: un pedazo de cuero, una suela y un taco lo transformamos en un objeto con emociones, sentido, una línea, estética y ADN”. Esa es la primera aclaración de Ricky Sarkany en esta entrevista con Forbes.

El reconocido empresario del calzado lleva el oficio en su sangre: cuarta generación de zapateros, construyó una de las marcas más reconocidas y sustentables del sector. Innovador no solo en sus productos, sino también en la forma de comunicarlos, Ricky Sarkany es también un experto jugador de ajedrez, cuya técnica y estrategia también aplica al mundo de los negocios, en especial en una Argentina de crisis recurrentes.

Este año publicó “Memorias de un zapatero. Una parte de mí”, un libro en el que no solo cuenta la historia de su empresa, sino la suya propia. Desde sus padres, Catalina y Esteban, que sobrevivieron (a duras penas) a la 2° Guerra Mundial, se conocieron en Budapest, emigraron a Argentina y empezaron desde cero, hasta la formación de su propia familia con Graciela, el nacimiento de sus cuatro hijas y, en especial, el fallecimiento de la mayor, Sofía, a quien le dedica el libro y que está presente en toda la conversación. Optimista por naturaleza, su mantra en la vida es: “Lo mejor está por venir”.

A continuación, extractos de la conversación:

¿Por qué decidiste escribir el libro ahora?

La verdad es que dejé de creer en las casualidades. Distintas cosas se me fueron dando a lo largo de mi vida en el momento exacto. Nunca me imaginé que iba a escribir un libro, ni siquiera cuando me llamaron de la editorial El Ateneo. Sí había comenzado a dar charlas en universidades y luego charlas motivacionales para empresas contando algo que sentía que era una necesidad. Cuando estaba en la facultad y venía algún escritorio de un libro exitoso, contaba la maravilla que era su libro de cómo ser exitoso. Yo pensaba: este señor no hace las cosas que dice en el libro para ser exitoso, su éxito es simplemente vender el libro. Empecé a contar una historia real, que era la que a mí me apasionaba, porque cada historia es un momento muy especial de la vida propia, social, cultural y económica. Cuando me llamaron de la editorial, le pregunté a Clarita (N. de R.: una de sus hijas) y a Daniel Hadad, un gran amigo. Ella inmediatamente me dijo que tenía que decir que sí y ya pensaba en el paso siguiente, de hacer otro con todas las campañas que hicimos. Fue un desafío, porque lo que uno dice en palabras tiene que volcarlo en algo escrito. Me llenó de alegría y satisfacción porque es un canto a la vida. Es una forma de entender los verdaderos valores. Cuando a uno le van bien, piensa: “¿Cómo no me va a ir bien si yo hice todo para que esto suceda?”. Cuando las cosas no se dan como uno pensaba, uno empieza a decir: “¿Por qué me pasa esto a mí?”. Yo no me llamo Alicia y este no es el país de las maravillas. En el proceso de escribir un libro, sobre todo cuando es una memoria o una biografía, uno recorre momentos muy lindos y otros no tan lindos.

¿Fue difícil volver a esos momentos no tan lindos en el proceso de la escritura o era algo que ya tenías trabajado?

Se da una cosa que fui aprendiendo con el tiempo. Cuando contaba las cosas que pasaban en mi historia familiar o personal, veía que otras personas, inclusive quien me entrevistaba, se emocionaban mucho, pero yo simplemente la relataba. Nunca me había visto en una nota ni había leído mi libro. Soy muy crítico, muy perfeccionista. Hace poco hice una entrevista con Mario Pergolini, aunque no suelo ir a programas de TV abierta. Cuando termino, Clarita me dice: “Papá, no podés hacer así. Hablaste sin parar, muy rápido, no dejaste respirar, no dejaste que te pregunten. ¿Por qué tenés que hacer un relato como si fueras Enrique Pinti hablando sin parar? No me gustó nada. La próxima tenés que respirar, hablar pausadamente, tenés que disfrutar”. La escuché y me fui. A la noche llegó el momento de ver el programa y me vi por primera vez.

¿Te viste? ¿Es difícil?

Es tremendo, porque yo no era el que estaba hablando. Relataba una historia que entendía que otra gente se emocionaba cuando la escuchaba, pero yo la relataba. Al haberla vivido y haberla escuchado por primera vez, empecé a sentir una emoción distinta cuando la relataba, porque esa vida que digo que es maravillosa, es maravillosamente trágica y trágicamente maravillosa. En ese primer momento dije: “Tengo que leer el libro”. Porque hay que tomar conciencia de todo. Ahí es cuando uno adquiere algo más. Siempre cuento la historia de mi aprendizaje, y mucho de lo que aprendí lo aprendí con mi relación con Sofía -Sofía significa sabiduría. Lo que tuvimos todos es sabiduría. Pero me pasó esto de haberme visto por primera vez.

Procesaste muchas cosas después y no en el momento de la escritura…

Lo mío era simplemente un relato. La cercanía más próxima que tuve para relatar parte del libro fue cuando vi en pedacitos unos videos que hizo mi mamá, com sobreviviente del Holocausto, para la gente de Steven Spielberg cuando venía a hacer el guion para “La lista de Schindler”. Miraba dos o tres minutos y tenía que apagar, ir corriendo al baño, lavarme la cara y mojarme el pelo. Decía: “¿Cómo pudo haber vivido eso?”. Pero mi mamá lo relataba con una sonrisa. Le debe haber pasado lo mismo. Ella relataba esto como algo mágico donde había sobrevivido, para que otras personas se inspiren y aprendan. Mi mamá tampoco debe haber visto sus propios videos.

Ricky Sarkany es cuarta generación de zapateros. Hoy, dos de sus cuatro hijas trabajan con él.  Crédito: Julieta Colazo.

Hay algo de la condición humana de aferrarse incluso dentro de las desgracias a lo bueno para seguir adelante…

Es que hay dos maneras de vivir la vida: como si nada fuera un milagro o como si todo fuera un milagro. Optimistas y pesimistas nos vamos a morir todos, pero los optimistas habremos vivido mejor. Ya lo decía Aristóteles hace tiempo: uno tiene que mirar la vida con positivismo. Hay cosas que no tienen explicación, pero uno tiene que seguir adelante y sonreír.

El oficio de zapatero es una tradición familiar. ¿Hubo algún momento en el que te planteaste no serlo? ¿Tuviste esa crisis que a veces se tiene con la tradición familiar?

De ninguna manera. Mi primer gran amor fueron los zapatos. No el zapato en sí, sino el producto, el diseño, la estética, el estilo. Cuando tenía dos años, mi papá dibujaba en el living de casa en una mesa de dibujo, y luego de hacer los dibujos recortaba los pedazos con los cuales iban a hacer los moldes para cortar el cuero. Con los pedacitos de cartulina que caían al piso, yo hacía zapatos en miniatura con cinta scotch. Cuando tenía cuatro años, mi papá ya me llevaba a su fábrica artesanal, donde yo clavaba clavitos en las mesitas de madera. Mi mayor momento de disfrute fue poder disfrutar de ese trabajo artesanal, que es mágico.

¿Qué te decía tu papá?

Me repetía siempre: “Hay que ver lo que todos ven y pensar lo que nadie pensó”. Me lo decía porque los diseñadores no somos inventores, somos observadores, mirones, tratamos de ver. Luego de ver un montón de condimentos que hay delante de nuestra vista, somos los encargados de diseñar algo que tiene que tener nuestro ADN, que sea único y reconocible. Todos tenemos un rostro con dos ojos, la nariz en el medio y la boca abajo, pero nos reconocemos, somos distintos. Miramos un cuadro de Picasso y sabemos que es un Picasso o que es un Modigliani. Miramos un zapato y decimos “ese es un Sarkany y ese no”. A diferencia de un auto o reloj que tienen los logos, en los zapatos vos vas pisando la marca, tenés que reconocerlo simplemente por la línea. Eso lo logramos con el tiempo, pese a que cambien las modas, porque podemos hacer un stiletto, una bota, una bucanera o un mocasín, y eso es un Sarkany. Logramos eso después de muchísimo tiempo, poniéndole nuestro corazón, una línea de conducta y trabajando inmensamente sobre estándares de calidad. Logramos que no solamente yo trabaje, sino que un grupo de gente entienda que hay un estilo para el cual uno tiene que dejar su pasión y trabajar para eso.

¿Cómo está hoy Ricky Sarkany, la marca?

La marca está en franco crecimiento. Cada vez que pensamos en esto, digo: “Estamos en el mejor momento”. Si miro para atrás, pasaron muchísimas cosas en nuestra vida que nos hicieron dar cuenta que seguimos y seguimos. Obviamente tenemos que cuidarla, tiene que estar inmaculada. Esa debe ser una de las razones por las cuales yo hablaba de una determinada manera: quien hablaba era la marca y tal vez no la persona. Es difícil porque la marca tiene mi nombre.

Este año publicó su libro de memorias, en el que repasa su vida y la de su familia. Crédito: Julieta Colazo.

Es el desafío de las personas que crean una empresa con su propio nombre.

Sí. Eso fue uno de los legados de mi papá. Yo le insistía que teníamos que cambiar la manera de trabajar, porque él le vendía al dueño de la zapatería, y el dueño de la zapatería elegía lo que quería. Mi padre hizo la primera bota en Argentina, la primera sandalia, grandes fracasos porque el dueño de la zapatería no se la compraba. Yo le insistía: “Tenemos que abrir al público, tenemos que lograr que el usuario y el cliente sean la misma persona”. Él decía: “No, ese día nos vamos a fundir porque le vendemos 4.000 pares a un dueño de una zapatería y es muy difícil venderle un par a una mujer”. Tiene razón, pero yo quería que el usuario y el cliente fueran la misma persona. Insistí en que teníamos que abrir al público. Un día, llegando a la facultad para cursar el doctorado en Ciencias de la Administración, me empiezan a cargar mis amigos y compañeros de curso diciendo: “Cómprenle a Ricky que vende más barato”. No sabía qué pasaba. Mi papá había puesto un aviso en Clarín que decía: “Ricky Sarkany, el calzado más caro del país a precio de fábrica, ahora vende al público en Cramer 3664”. Le había puesto mi nombre sin consultármelo. Creo que si me hubiese dicho: “Le ponemos tu nombre”, le hubiese dicho que no y que sigamos haciendo lo que hacemos, para no invadir mi privacidad. Fue una represalia de tanto que lo hinché. Mi padre había hecho algo genial. Había puesto “el calzado más caro del país a precio de fábrica”. Caro era bueno en ese momento, y a precio de fábrica. Todos los condimentos como una genialidad de marketing. Ese mismo día los dueños de las zapaterías nos suspendieron todos los pedidos porque consideraban competencia desleal, porque habíamos atacado el capital más importante que ellos tenían, que eran sus clientes. Ese día nos fundíamos, pero al mismo tiempo, por ese aviso, empezaban a venir mujeres y se nos ponía la piel de gallina. Nos peleábamos con mi papá y con mi hermana para atenderlas porque por primera vez le conocíamos los ojos a nuestro cliente.

¿Hubo momentos en los que pensaste en dejarlo? Ser empresario en una Argentina tan cambiante no es fácil, más teniendo una marca tan grande

La empresa fue creciendo, pero nosotros no nos dimos cuenta. Trabajamos en el mismo microambiente con la misma gente. Es como si estuviéramos en la cabina de un avión: tratamos de seguir superándonos cada día, el avión empieza a volar más rápido y a subir altitud, pero no lo vemos porque no tenemos una referencia. Trabajamos en el mismo lugar tratando de ser mejores, de crear algo distinto, de cerrar los ojos, soñar, imaginar, generar acciones. Hasta ese momento mi papá para vender zapatos solamente tenía que hacer zapatos, y la gente compraba porque había una demanda insatisfecha. Cuando empieza la comunicación, producto de los nuevos medios -primero la TV y luego las redes sociales-, había que pensar, hacer y comunicar. Pensar y hacer sin comunicar no servía. Teníamos que ser grandes comunicadores y ya no competíamos solamente contra mi colega zapatero, competíamos con un medio de comunicación, contra un influencer, porque teníamos que captar la atención y ser creativos. Hace mucho tiempo vivimos la revolución industrial, la gente tenía muchísimo miedo de que la máquina suplante a la persona. Hoy vivimos la revolución de la IA, donde no me gustaría que la gente dejara de pensar. La IA hace muchas cosas tal vez más rápido y más precisas. La sabiduría que genera haber sido inteligente y al mismo tiempo estar actualizado y pensar distinto hace ver lo que pasa al doblar la esquina. A esa sabiduría es a la que apuntamos: no solamente utilizar sanamente todos los adelantos científicos y tecnológicos que pasan.

¿Cómo te llevas vos con la inteligencia artificial? ¿La usas en tu día a día?

La uso en mi día a día. No le saco el provecho máximo porque para eso tengo gente especialista. Me acuerdo cuando Elon Musk decía: “Yo no estudié en Harvard, pero mis empleados sí”. Hay gente en cada sector (contenido digital, imagen, recursos humanos, marketing) que utiliza todas las herramientas que nos dan, como en su momento utilizábamos otras. Lo que pasa es que la velocidad de cambio ahora es muchísimo más grande. Yo cuando me casé no tenía teléfono. Había un plan Megatel que vos pagabas 60 cuotas y después te ponían el teléfono. Cuando llegó se nos puso la piel de gallina. Luego de eso, mi cuñado apareció con una valija, el primer celular, y no podíamos creer qué tenía. Hoy ya no se nos pone más la piel de gallina. Hoy ya hablamos, compartimos, subimos una historia, vemos lo que está haciendo la persona. Estamos en un momento de hiperconectividad pero estamos menos conectados que nunca.

“Optimistas y pesimistas nos vamos a morir todos, pero los optimistas habremos vivido mejor”, asegura Ricky Sarkany. Crédito: Julieta Colazo.

¿Cómo fue que tus hijas empezaron a trabajar con vos y se sumaron a la tradición familiar?

Uno de los hijos lo único que quiere es que sean felices. Si esa felicidad coincide con la pasión que uno tiene, es una ecuación maravillosa. Están trabajando activamente. La primera que empezó a trabajar fue Sofía, que estudió en el Central Saint Martins College of Arts en Londres. Ella quería hacer arte, pero también le gustaba la plata, entonces hizo el arte aplicado a los zapatos. Aplicó para tener una sala en el Centro Cultural Recoleta. Hizo una serie de cuadros, los expuso en la pared, en el fondo con unos proyectores mostraba cómo esos cuadros pasaban a ser colores que interactuaban, y luego con esos colores mezclados hizo tres pares de zapatos que puso en cajas de acrílico colgadas. La gente miraba los cuadros, veía la experiencia inmersiva y finalmente quería comprar los zapatos. Empezó a vender zapatos y trabajó activamente con nosotros durante un tiempo largo enseñándonos cada día.

De hecho, la marca Sofía también cobró vida propia…

Claro, porque ella no quería ser un apéndice, debía tener su propia marca de indumentaria e hizo en dos años lo que nosotros no pudimos hacer en 25, con una capacidad y una visión completamente distintas. Nuestros desfiles eran convencionales y ella decía: “No, yo lo quiero hacer en la Usina del Arte. Quiero que esté la gente de Fuerza Bruta volando por arriba con zapatos, no quiero que haya un DJ, quiero que esté la Filarmónica de Buenos Aires”. Es esa maravillosa locura que hacía que uno vea todo distinto, con la cual aprendimos muchísimo.

Hoy, cuando se juntan a comer, ¿les cuesta cortar y no hablar de trabajo?

A diferencia de lo que era con mi papá, donde todo lo que pasaba en el trabajo se volcaba en la mesa familiar y viceversa, en casa no se habla de trabajo. Se termina el horario y no se habla más. Pero, para que tengas una idea, un día llegó un Hot Sale y teníamos que ver quién iba a ser la modelo. En mi visión podía ser Zaira Nara, Pampita o Stephanie Demner. Y Clarita dice: “No, va a ser Caro Pardíaco”. Yo le digo: “¿Quién?”. Tenemos zapatos de un alto estándar de calidad para un grupo selecto de gente. Y ella hizo el guión y fue una revolución. Siempre fuimos transgresores. Fuimos los primeros en no tener alfombras en las zapaterías, en tener vendedoras mujeres, en abrir una tienda online. Hicimos la primera página web y aplicación mobile. Fuimos siempre los primeros, y ser los primeros implica que uno está sujeto a la crítica, pero hay que ser protagonista. Es lo maravilloso de ser protagonista en la vida.

¿Cómo estás viendo hoy la industria del calzado en Argentina? Estamos en un momento complicado en la industria en general…

Vamos a pensar un poquitito a lo largo de nuestra vida. Hemos pasado todo. Mis padres pasaron la 2° Guerra Mundial. Mi mamá no sabía si cuando se iba a bañar iba a salir agua o gas. Cuando llegaron a Hungría, estaba tomado por el comunismo, con lo cual la fábrica de mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre pasó a ser del pueblo, no había actividad privada. Se escaparon y se salvaron porque al siguiente grupo de personas los mataron a todos. Llegaron a Austria, luego a Génova y dos países le dieron asilo político. El primer barco llegaba a Argentina. Llegaron con US$ 60 sin conocer el idioma, la cultura, un desarraigo total. Y superaron eso. Cuando a mí me hablan de crisis, crisis es la que vivieron mis viejos. Esto no es crisis, son coyunturas económicas. Estamos acostumbrados a estos cambios radicales de economía abierta, economía cerrada, producción nacional, importación. Tenemos esa cintura. ¿Cómo se vive en hiperinflación? ¿Cómo hace uno para generar trabajo y reinvertir si la plata se devalúa constantemente? Tuvimos el Corralito y mi padre tuvo el Rodrigazo. Tenemos un ejercicio muy especial que seguramente otra persona no soporta. Venimos de un momento donde la industria nacional era lo importante, y uno escucha: “Era cazar en el zoológico”. No, porque la gente viajaba y podía comprar en el exterior. Sí había cierto proteccionismo, con muchísimos problemas, porque de golpe yo necesitaba cierres para fabricar las botas y no tenía, entonces teníamos que hacer botas sin cierre. Estaba excesivamente cerrado. Mi padre se escapó del comunismo buscando una vida mejor. El extremo del comunismo es malo y al extremo del total liberalismo lo veo similar. Los extremos no me gustan porque dan un desequilibrio. Estaría todo normal si todos los países tuviéramos las mismas leyes y las mismas cargas sociales. Yo dije en chiste una vez que al empresario argentino o le dan la escarapela al patriota o el diploma al pelotudo. Acá pasamos del sí al no, de blanco a negro, con esta polarización de Boca o River. Si queremos salir tenemos que tirar todos juntos para el mismo lado. Somos espectadores y tenemos que hacer nuestro mejor juego. Obviamente, si uno pasa a ser un importador, los tiempos y las cantidades son otras. Al mismo tiempo, si fabrico zapatos, indirectamente le doy trabajo a un fabricante de cajas, de plantillas, de suelas, y genero un multiplicador del gasto.

“Cuando a mí me hablan de crisis, crisis es la que vivieron mis viejos. Esto no es crisis, son coyunturas económicas”, asegura Ricky Sarkany. Crédito: Julieta Colazo.

¿Cómo ves la situación hoy?

Escuché al Presidente diciendo que el consumo estaba reprimido y que el salario real había caído. Después de esas reflexiones, algo debería hacer, porque si no esto es un declive y hay un multiplicador del no gasto. Nosotros tenemos que tratar de hacer lo mejor que sabemos hacer: los mejores zapatos, el mejor diseño, para que la gente nos elija a nosotros, aunque tenga reducida la capacidad de compra. Necesitamos tener una buena matriz de precios, obviamente con una rentabilidad mucho menor, sabiendo que al mismo tiempo aumentaron nuestros costos fijos. La gente no es la variable de ajuste. No sé cómo podría vivir si dicen: “Para que esto sea más sano, echemos al 20% del personal”. Eso por sobre mi cadáver. ¿Cómo puedo dormir si soluciono mi problema haciendo que otra persona tenga un problema? Esa persona es una de las que me ayudó a llegar a donde llegué y, cuando esto pase, la voy a necesitar. Mi papá siempre me decía: “La gente que trabaja con vos tiene que tener dignidad”. Y nosotros hacemos lo imposible para que todos tengamos dignidad. Dignidad es que el sueldo te alcance para llegar a fin de mes, para mantener a tu familia y eventualmente darte los gustos que merecés después de haber trabajado mucho.

Más allá de la situación coyuntural, ¿le tenés fe a la Argentina hacia adelante?

Tengo fe. Soy optimista por naturaleza. Siempre tenemos la posibilidad y hacemos todo lo que está a nuestro alcance para pasar los momentos que no son los ideales para la actividad industrial y comercial, porque es todo cíclico. Ojalá dure todo el tiempo que se corrige y, si no, seguramente va a haber un cambio porque estamos en un país democrático. Si la gente no tiene plata, no puede vivir y está muy mal, es muy probable que pueda ser seducida por otra propuesta para una nueva dirección. Nuestra historia en Argentina es que un gobierno hace un agujero en la pared y cuando llega el nuevo, si es de una visión distinta, nos vamos para el otro lado. Entonces está nuestra habilidad para adecuar todo lo que hicimos. Lo último que hicimos en el gobierno anterior fue hacer una línea productiva para aumentar la capacidad de producción, dando trabajo en igualdad a mujeres y hombres y capacitando a la gente. Hoy nos encontramos en una coyuntura donde nos dicen: “Si querés subsistir tenés que importar”. Con la marca nosotros podemos importar, pero la verdad es que también tenemos que mantener activas nuestras fábricas, que es lo que nos da la velocidad y donde podemos desarrollar mucho mejor nuestra creatividad.

¿Pensaste alguna vez en entrar en el mundo de la política o es algo que nunca te sedujo?

Nunca me sedujo. Tuve ofrecimientos de todo tipo porque, cuando alguien se destaca en algo, a la política le gusta. Te voy a confesar una cosa: si entrara al mundo de la política, tendría que trabajar. Yo en el trabajo que tengo no trabajo, disfruto. Entonces lo descarté inmediatamente, siempre riéndome de que tendría que laburar. Por otro lado, el mundo de la política es tremendamente ingrato. Es como el del director técnico de un equipo de fútbol: cuando gana, todo bien, la gente aplaude; cuando pierde cuatro partidos las barbaridades que le dicen son increíbles y pasa a ser el peor del mundo. No es algo que me seduzca, pero sí valoro mucho a los políticos que dejan su pasión en todo lo que hacen para que tengamos un mejor escenario. Al igual que dentro de los empresarios y los políticos, hay buenos, regulares y malos. Valoro a todos los buenos.

“La gente no es la variable de ajuste. No sé cómo podría vivir si dicen: “Para que esto sea más sano, echemos al 20% del personal”. Eso por sobre mi cadáver”, dice Sarkany. Crédito: Julieta Colazo.

Decías que para vos el trabajo es un disfrute, pero ¿te cuesta el corte o con esto de que lo disfrutás tanto estás todo el tiempo trabajando?

Lo que pasa es que cuando hablás de trabajo yo pienso en zapatos, pienso en qué más podemos hacer y qué podemos comunicar. La cabeza está constantemente pensando. Cuando cumplí cuatro años me enfermé y me enseñaron a jugar al ajedrez. Jugué desde los cuatro hasta los 18 años. En el ajedrez aprendí muchísimas cosas. Se juega con reglas: 64 casilleros, piezas blancas y negras, mueven primero las blancas. Cuando juega el blanco no le toca al negro. Cuando yo hago una cosa, el otro también juega. Y ahí empieza la estrategia: “Si juego esto, ¿qué me podría responder? Y ante cada una de las respuestas, ¿qué podría responder?”. Uno va previendo eso. Eso es maravilloso para los negocios. Es malo cuando uno lo adquiere en la vida personal porque empieza a hacer telarañas de lo que va a pasar, y eso no tiene que pasar.

¿Algo más que quieras sumar?

Quería hacer una reflexión más. Estamos en un momento muy especial, porque la comunicación cambió, y aprendí de escuchar a Daniel Hadad qué son los medios ahora. Lo primero es que son adictivos. Lo segundo que polarizan aún más lo polarizado, porque el algoritmo no te va a mostrar lo que no querés ver, te empieza a mostrar todo lo que querés ver hasta que lo das por válido. Eso hace que uno limite su visión y su conocimiento a lo que cree que es verdad, que no lo es. Tenemos que sobreponernos a eso, y para eso hace falta la capacidad de ver lo que todos ven y pensar lo que nadie pensó. Aprendí muchísimo de mucha gente maravillosa que tuve la oportunidad de conocer, porque uno tiene que tratar de absorber lo mejor de cada persona. Mi compromiso es devolverle a la gente la capacidad de que saquen sus propias conclusiones y no dejarse llevar. Siempre decíamos con Sofía: “Lo mejor está por venir”, para recordarla. Mi vida y lo que sigue es honrar la memoria de Sofía, que me acompaña en cada momento y está en mi corazón. En mi libro hablo de una parte, la espiritual, que aprendí con la partida física de Sofía. Me hicieron ser más sabio y entender cosas que pasan. Sabemos que esto es real y no sabemos qué pasa después, tampoco podemos descreer que puede haber una vida distinta o un tema espiritual. Mi posición es honrar esto y sonreír. Tendría muchísimas razones para estar triste y angustiado, pero si Sofía estuviera acá, que lo está, y nos estuviera viendo, le gustaría vernos sonreír, brillar, disfrutar y seguir adelante, como por ejemplo que pronto voy a ser abuelo de nuevo, por partida doble.