Fue joyero, tuvo una fábrica de pan dulce y ahora produce mermeladas gourmet: la historia del fundador de La Tranquilina
Florencia Radici Forbes Staff
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La historia de La Tranquilina es la de una mermelada premium, pero también es la historia de cómo los empresarios argentinos se reconvierten. Fundada en 2005 por Juan Carlos de la Torre, la pyme representa la evolución de una familia con siete décadas en el sector alimenticio, que decidió apostar por la “receta honesta” en un mercado saturado de ultraprocesados.
Para De la Torre, el camino hacia los dulces comenzó en un lugar inesperado: una joyería. "Mi historia en el mundo de los alimentos arrancó hace muchos años. Yo era joyero. Pero en un momento en el que el negocio no estaba funcionando, un amigo me propuso hacer algo juntos”, recuerda el empresario. Ese primer paso los llevó a hacer empanadas árabes que terminaron evolucionando en una marca, Fatay, que además de ese producto hacía budines y pan dulces. De hecho, llegó a producir 4 millones de panificados en el Parque Industrial de Pilar. Tras vender esa compañía, la familia decidió volcar su know-how industrial a un segmento más sofisticado: las mermeladas, jugos y encurtidos.

Con una inversión inicial de US$ 220.000, La Tranquilina se construyó sobre la base de la integración total. Desde su planta en Buenos Aires, la firma gestiona desde la selección de la fruta hasta el etiquetado final. Este control de procesos le permite hoy alcanzar un volumen de 120.000 frascos mensuales, procesando entre 30 y 35 toneladas de fruta cada 30 días.
A pesar de esta escala, el diferencial de la marca radica en lo que De la Torre denomina “producción humana”. En la elaboración trabajan 45 personas bajo una premisa clara: “No tenemos maquinaria sofisticada porque queremos dar trabajo y mantener la mano de obra. Prefiero priorizar la mano de obra sin descuidar la calidad. La fruta se cuida mucho más, los sabores quedan protegidos”.

La calidad del producto final está atada a una red de proveedores locales que garantiza trazabilidad. Los frutos rojos viajan desde Bariloche, las frutillas llegan de Coronda (Santa Fe) y los duraznos de quintas seleccionadas de la Provincia de Buenos Aires. Con esta materia prima, desarrollaron un portfolio de 24 variedades que incluyen una línea tradicional (endulzada con azúcar mascabo), una línea sin azúcar (elaborada con fructosa) y una línea con cero azúcar agregada, que utiliza pulpa de manzana como endulzante natural, y que desarrollaron para la cadena Sport Club. Esta variedad es, para su fundador, la mejor defensa frente a la competencia externa. “Si bien llegan productos de afuera, no pueden competir. Nuestra fruta es muy buena, sabrosa, y tenemos todas las variedades”, afirma.
El modelo de negocios de La Tranquilina priorizó los canales de cercanía, como dietéticas, queserías y supermercados chinos, evitando las grandes cadenas para preservar su identidad gourmet. Sin embargo, el crecimiento de la marca —con planes de exportación a países limítrofes— está forzando un cambio de escala. Con una facturación mensual proyectada para 2026 de $ 480 millones, la empresa planea mantener su esencia artesanal mientras evalúa el desembarco en cadenas de supermercados seleccionadas, posiblemente bajo una segunda marca. A casi dos décadas de su fundación, la firma no solo comercializa mermeladas, sino que su catálogo se expandió a mieles, conservas, almíbares, salsa de soja, aceite de oliva virgen extra y aceto balsámico.