El enemigo también tiene voz y voto. Ese aforismo militar adquirió un significado escalofriante para Brandon Tseng durante su entrenamiento para un despliegue en Afganistán como SEAL de la Marina, en 2012. Su equipo simulaba el despeje de una casa ocupada por combatientes enemigos cuando, de repente, el graduado de la Academia Naval recibió un disparo en la cara. Por suerte, solo era una bola de pintura y no una bala real. "Había seguido mi entrenamiento al pie de la letra", recordó, pero eso no importó. Uno de los objetivos del ejercicio consistía en demostrar que la preparación no siempre resulta suficiente, porque los adversarios son inteligentes e impredecibles. "Si hubiera sido un combate real, me habrían matado", aseguró.
Después del 11-S, el despeje de edificios hostiles formaba parte de la rutina diaria de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Era una tarea extraordinariamente peligrosa que provocó la muerte o dejó heridas a varias personas que Tseng conocía. Cuando abandonó el ejército en 2015, después de siete años de servicio, no podía dejar de pensar en cómo la IA y la tecnología autónoma podían reducir los riesgos para las tropas, por ejemplo, al permitirles escanear el interior de las estructuras antes de entrar. Tseng convenció a su hermano mayor, Ryan, un empresario exitoso que vendió su compañía de carga inalámbrica a Qualcomm, y a Andrew Reiter, un ingeniero con una maestría en robótica de Harvard, para que se sumaran a la creación de una empresa de drones llamada Shield AI.
Al mismo tiempo, Tseng obtuvo su MBA en Harvard. Su primer producto fue Nova, un pequeño cuadricóptero especializado en el reconocimiento y mapeo de edificios, que transmitía video en directo a los soldados ubicados en la primera línea.
Hoy, Shield AI es una de las empresas tecnológicas de defensa más valiosas de Estados Unidos, con una valuación de US$ 12.700 millones después de su última ronda de financiamiento, en marzo. Israel utilizó los drones Nova de la compañía, cuyos ingresos superaron los US$ 400 millones, para inspeccionar los túneles de Hamás en Gaza y rescatar rehenes tras los atentados del 7 de octubre de 2023. Ucrania, por su parte, utiliza el V-BAT, un dron de mayor tamaño fabricado por Shield AI, para identificar objetivos en territorio bajo control ruso.
Forbes estima que los hermanos Tseng, copresidentes de la empresa, poseen cada uno una participación valuada en alrededor de US$ 400 millones.
Tseng, de 39 años, es el caso más reciente de un grupo extenso de veteranos que aprovecharon las enseñanzas de las Fuerzas Armadas para crear empresas exitosas. Varias compañías que marcaron el desarrollo del sector moderno de la defensa, como Pratt & Whitney, fundada en 1925 y hoy parte de RTX, y Grumman Aircraft Engineering, creada en 1929 y actualmente integrada a Northrop Grumman, nacieron de la mano de exmilitares. Lo mismo ocurrió con compañías conocidas fuera de esa industria, como Comcast, GoDaddy, Nike y Walmart.
Las academias militares, entre ellas West Point, la Academia Naval y la Academia de la Fuerza Aérea, formaron a una cantidad desproporcionadamente alta de ejecutivos corporativos estadounidenses. Jack Taylor, piloto de la Marina durante la Segunda Guerra Mundial, bautizó a su empresa de alquiler de autos como Enterprise, en homenaje al barco en el que prestó servicio. Fred Smith, fundador de FedEx y condecorado con dos Corazones Púrpura en Vietnam, solía bromear con que había obtenido su título en negocios en la Marina. Como reconocimiento a esa tradición y en homenaje al 250° aniversario de Estados Unidos,
La nueva generación de emprendedores exmilitares, impulsada por la guerra en Ucrania y el rápido desarrollo de la IA, utiliza tecnología moderna para crear armas más avanzadas e inteligentes. Esta transformación de la industria de la defensa empezó a tomar forma en 2022 y ahora cuenta con el respaldo de un presupuesto militar enorme. En febrero, los legisladores norteamericanos aprobaron para 2026 una ley de gastos en defensa por US$ 839.000 millones, un 15% más que en 2022. El próximo año, esa cifra trepará a US$ 1,1 billones si el presidente Donald Trump alcanza su objetivo.
Los inversores de capital de riesgo siguen el proceso con mucha atención. El sector recibió sumas récord destinadas a empresas de defensa con gran proyección, como Shield AI, el fabricante de drones navales Saronic, que obtuvo US$ 2.600 millones en financiamiento, y Anduril, la compañía de defensa con IA creada por Palmer Luckey, que recaudó US$ 11.900 millones. Según PitchBook, solo durante el primer semestre de 2026, los fondos de capital de riesgo destinaron US$ 12.800 millones al sector, más de cinco veces el monto invertido en todo 2022. A su vez, la cantidad de empresas de defensa creadas por año casi se cuadruplicó en ese período. Además, Y Combinator incubó 32 compañías de este tipo en 2025, ocho veces más que en 2020.
Otra señal de época: las iniciativas para respaldar el emprendimiento entre los veteranos atraviesan un fuerte impulso. La participación en el programa federal "Boots to Business" —un programa gratuito de capacitación en emprendimiento de la Administración de Pequeñas Empresas de Estados Unidos (SBA, por sus siglas en inglés) diseñado para ayudar a los miembros de las fuerzas armadas, veteranos y sus cónyuges a iniciar y administrar sus propios
negocios— aumentó un 28% entre 2017 y 2025. A su vez, las solicitudes para ingresar a "Patriot Boot Camp", el programa para emprendedores de la organización Veteranos Estadounidenses con Discapacidad, crecieron un 37% entre 2024 y 2025 y subieron otro 33% en lo que va de 2026.
El Departamento de Defensa de Estados Unidos impulsa a las startups como no lo hacía desde hace décadas. Apenas cinco contratistas, Boeing, General Dynamics, Lockheed Martin, Northrop Grumman y RTX, llegaron a dominar la industria, sobre todo en los principales sistemas de armamento. En 2020, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos contaban con solo tres proveedores de aviones, frente a los ocho de 1990, mientras que el 90% de sus misiles provenía de apenas tres compañías, según un informe del Pentágono. Las "cinco grandes" se especializan en la fabricación de equipos muy complejos y costosos, como aviones de combate y submarinos nucleares. Sin embargo, esos sistemas pierden relevancia. Tal como demostró con claridad la guerra en Ucrania, el futuro de los conflictos armados apunta a drones más baratos y a una menor dependencia de tanques costosos.
El Pentágono intenta adaptarse. Para eso, agilizó sus sistemas de contratación, incorporó ideas innovadoras y aceleró el desarrollo de prototipos de nuevas armas. Muchos fundadores aseguran que el sistema de compras gubernamentales, conocido por su rigidez e inercia, por fin muestra una mayor flexibilidad. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, una institución bipartidista, las empresas "no tradicionales", es decir, aquellas sin una relación comercial de larga data con el Gobierno, recibieron compromisos de contratos de defensa por US$ 122.600 millones en 2025, el doble que una década atrás. Además, unas 10.000 compañías se incorporaron a la base industrial de defensa durante los últimos dos años.
"Creo que la razón por la que vemos a más veteranos creando empresas en el sector de la tecnología de defensa ahora es porque les hemos facilitado el regreso al servicio", afirmó el secretario del Ejército de Estados Unidos, Dan Driscoll, quien estuvo al frente de un pelotón de reconocimiento de caballería en Irak. El funcionario admitió que, en el pasado, el escenario resultaba bastante hostil para las startups. "No es peyorativo decir que se necesita un gran capital para desarrollar un nuevo tanque o un nuevo helicóptero. Pero lo que creas necesitar para el futuro no lo tendrás, porque es imposible predecir cómo se adaptará tu adversario. Y ahí es donde entran las startups; pueden innovar con gran rapidez", explicó.
Driscoll anticipó que el capital de riesgo estadounidense destinado al sector de la defensa se triplicará o cuadruplicará durante los próximos años. La proyección representa una excelente noticia para los veteranos emprendedores, que conocen de cerca el funcionamiento de las Fuerzas Armadas. "Creo que muchos de los veteranos que sirvieron en Irak y Afganistán serán las inversiones más exitosas para generar valor duradero para los inversores", aseguró.
El caso de Austin Gray sirve como ejemplo. Durante su carrera militar, Gray fue oficial de inteligencia de la Marina y completó tres misiones. Una de ellas tuvo lugar durante la retirada de Afganistán, mientras que en otra ayudó a controlar un brote de Covid a bordo del USS Theodore Roosevelt. En 2021, utilizó la Ley de Reajuste para Veteranos, conocida como GI Bill, para inscribirse en la Escuela de Administración Sloan del MIT. En un principio, evaluó dedicarse a la consultoría, "una trayectoria profesional sensata y segura". Sin embargo, el MIT pronto empezó a darle mayor espacio a las oportunidades vinculadas con la tecnología de defensa. Al graduarse de Sloan, Gray presidía un club estudiantil dedicado al sector, que organizaba unos 30 eventos de reclutamiento, frente a los dos que realizaba cuando llegó al campus.
"Es asombroso ver cómo, sin un camino claro, despegó por completo", señaló Gray, de 32 años, quien, después de graduarse, pasó un verano en una fábrica de drones en Ucrania. Tras una breve etapa en Havoc, otra startup de barcos no tripulados creada por veteranos de la Marina en Providence, Rhode Island, fundó Blue Water Autonomy en Boston en 2024 junto con Rylan Hamilton, un exmiembro de la Marina que trabajó en Amazon Robotics. Poco después se sumó un tercer cofundador, responsable de la creación de los robots aspiradores Roomba. La idea surgió a partir de una necesidad concreta: la Marina requería drones del tamaño de un barco, con capacidad suficiente para cruzar el Pacífico y transportar cargas de gran tamaño, como misiles. La compañía recaudó US$ 64 millones, alcanzó una valuación estimada de US$ 180 millones y busca desarrollar un buque de guerra totalmente autónomo.
Hasta hace poco, las compañías de capital de riesgo mostraban escaso interés por invertir en tecnología de defensa. John Goodson recordó las dificultades que atravesó para conseguir financiamiento para Darkhive, su startup de drones aéreos con sede en San Antonio, después de fundarla en 2021. "No soy financiero ni banquero. No vengo del mundo del capital riesgo", afirmó Goodson, quien fue suboficial mayor de la Marina. "Solo conozco el ámbito militar, la defensa y la contratación pública. Es a lo único que me dediqué en toda mi carrera profesional", explicó.
Después de su paso por la Marina, trabajó en la gestión de contratos gubernamentales en CTI, una pequeña empresa de software para defensa. Ahí aprendió a identificar los proyectos en los que convenía participar, preparar la documentación necesaria para cumplir con las normas y establecer vínculos con los responsables de compras. Esas habilidades le permitieron a Darkhive obtener en 2022 una subvención de US$ 149.000 del programa federal de Investigación e Innovación para Pequeñas Empresas. Ese respaldo estatal ayudó a la compañía a mantenerse a flote hasta que los inversores dejaron atrás sus reparos hacia el sector.
"De repente pasamos de tener solo un puñado de empresas a las que podíamos contactar a docenas", señaló Goodson. "Atribuyo este cambio radical directamente a empresas como Anduril, Saronic y Shield AI. Su ascenso meteórico y su capacidad para captar la atención de los mayores inversores de capital riesgo impulsaron a toda la industria", agregó. Darkhive recaudó US$ 55 millones en total. La ronda más reciente se concretó en mayo, con una valuación de US$ 155 millones.
Muchos inversores de capital de riesgo buscan específicamente compañías con veteranos en puestos de liderazgo. Mike Sherbakov, exinstructor de combate cuerpo a cuerpo del Cuerpo de Marines y cofundador de una pequeña firma de capital de riesgo creada en 2022 para financiar empresas lideradas por exmilitares en sus etapas iniciales, aseguró que esta característica genera mejores retornos: la Tasa Interna de Retorno (TIR) neta de su primer fondo, de US$ 20 millones, alcanzó el 39%. Lorin Selby, integrante de Mare Liberum, una firma especializada en el sector marítimo, y exjefe de investigación naval, sostuvo que la ausencia de veteranos representa una señal de alerta. "En el ejército, tenemos nuestra propia jerga. Si no la entendés, necesitás personas que la dominen para poder conectar con ellas y, además, elaborar estrategias sobre qué resultará atractivo para un combatiente en el campo de batalla", explicó.
Los veteranos poseen un conocimiento único sobre las necesidades reales de las tropas y, muchas veces, sienten una motivación especial para atenderlas. Al fin y al cabo, las conocieron en carne propia. "Yo era la punta de lanza en lo que respecta a trabajar por nuestra nación", afirmó Brett Velicovich, cofundador y director de operaciones de Powerus, una startup de drones, quien prestó servicio como analista de inteligencia en el Ejército. "No podíamos permitirnos nada que no funcionara en el campo. Así es como concibo todo lo que hacemos: pienso en mi yo más joven y en poner nuestros productos en mis manos", precisó.
Los inversores elogian a los veteranos por su familiaridad con las Fuerzas Armadas y por su tenacidad. El caso de Tseng vuelve a servir como ejemplo: su propuesta original para Shield AI fue rechazada 30 veces. La empresa sobrevivió porque, después de un año con un presupuesto muy limitado, consiguió un contrato gubernamental de US$ 1 millón para desarrollar un prototipo de dron. Aun así, ese período parece un juego de chicos frente a lo que Tseng atravesó en 2010 durante la extenuante e infame "Semana del infierno" de la Marina estadounidense. En esa prueba, los aspirantes a SEAL afrontan cinco días de ejercicios brutales y casi ininterrumpidos, muchas veces empapados y bajo temperaturas bajo cero, con apenas cuatro horas de sueño acumuladas.
"Los veteranos son muy buenos para soportar el dolor y el sufrimiento", afirmó Tseng. "Un infante de marina de 22 años probablemente ha soportado mucho más que un joven de 22 años recién graduado de la universidad que va a trabajar a la empresa XYZ en Silicon Valley", agregó.
Cuando afronta situaciones estresantes, esa mentalidad de resolución de problemas que aprendió en los SEAL simplemente toma el control. Tseng necesitó esa calma y determinación después de que dos militares, uno estadounidense y otro rumano, sufrieran amputaciones parciales de dedos durante las pruebas del dron V-BAT, en incidentes separados por unos dos años. El primer episodio llevó a algunos clientes a postergar sus compras. Tseng calificó de "deshonestos" los informes periodísticos sobre los hechos, incluido el artículo de Forbes.com que publicó la noticia un año después, y aseguró que el segundo incidente, ocurrido en mayo, se produjo porque no se respetaron los procedimientos de seguridad. En medio de la confusión, alentó a su equipo a mantenerse "centrados en la misión" y, como puede leerse en las paredes de su oficina, a hacer lo que dicta el honor.
"Somos idealistas hasta la médula", afirmó Chad McCoy sobre los veteranos. Exsargento mayor de la Fuerza Aérea, prestó servicio durante casi 23 años y participó en 17 despliegues de combate. En 2005, lideró un equipo que ingresó en una zanja de riego en llamas para recuperar cuerpos y equipos tras el derribo de un avión de carga británico C-130 sobre Bagdad. Cuatro años más tarde, integró el grupo que rescató al capitán Richard Phillips de piratas somalíes durante una crisis de rehenes que conmocionó al mundo e inspiró la película "Capitán Phillips", protagonizada por Tom Hanks.
El currículum era impresionante, aunque no preparó por completo a McCoy para el ámbito de los negocios, donde, según explicó, muchas veces "el mejor producto no siempre triunfa". En 2022, cofundó Firestorm Labs, una empresa que fabrica drones y repuestos mediante impresoras 3D en las inmediaciones del campo de batalla. Firestorm ahora tiene una valuación de US$ 725 millones, pero para alcanzar ese nivel, McCoy debió apoyarse en gran medida en las capacidades de sus cofundadores, uno de ellos emprendedor serial, y en mentores que le enseñaron, por ejemplo, a presentar propuestas ante potenciales clientes.
Ahora, McCoy, de 45 años, busca devolver ese apoyo. Una consecuencia del auge de las startups de defensa fue la formación de una red de veteranos emprendedores exitosos, dispuestos a ayudar a quienes recién ingresan al sector. Matt Warnick, exmiembro del Cuerpo de Marines y CEO de American Rheinmetall, con sede en Auburn Hills, Michigan, lo resumió así: "Los veteranos son excepcionales a la hora de apoyarse mutuamente". "Hay gente como yo que siempre contesta las llamadas de estas personas y les dice: 'Vamos a analizarlo'", afirmó McCoy. "Y que se examine a fondo esa tesis inicial ahorra muchísimo tiempo. La red de contactos de empresarios exitosos es la clave del éxito", agregó.
Blake Hall, un exmilitar que recurrió a la comunidad de veteranos para conseguir su primera ronda de financiamiento, aprovechó al máximo esos vínculos. En 2011, este exoficial de infantería del Ejército afrontaba dificultades para financiar TroopSwap, una plataforma de avisos clasificados para familias de militares. Entonces, el inversor de capital de riesgo Kelly Perdew lo invitó al partido anual de fútbol americano entre el Ejército y la Marina. "Kelly me llevó a la zona de celebración previa al partido, donde se reunían los graduados más destacados de Annapolis y West Point. Me decía: '¡Tenés que invertir 25.000 o 50.000 dólares en Blake!'", recordó Hall, de 43 años. "Creo que ser veterano sin duda me ayudó. La gente quiere ayudarte por quién sos y por lo que has hecho", añadió.
Desde entonces, transformó la empresa en ID.me, valuada en US$ 2.000 millones tras la ronda de financiamiento de septiembre, que permite a las personas acreditar su identidad de manera segura online. Su idea original consistía en facilitarles a los veteranos el acceso a descuentos y otros beneficios. En la actualidad, ID.me verificó más de 90 millones de identidades, entre ellas las de personal de emergencias, educadores y 7,3 millones de veteranos, incluso aquellos que viven en la calle o tienen acceso limitado a servicios bancarios.
"Estás en medio de la nada, casi nunca recibís entrenamiento para lo que te piden que hagas, la gente intenta matarte y tenés que ingeniártelas para ganar. Eso es algo muy valioso para incluir en tu currículum".
Doug Philippone, exintegrante de los Rangers del Ejército e inversor de capital de riesgo en Snowpoint Ventures.
Hall consideró que fundar una empresa era una buena forma de canalizar la adicción al riesgo que desarrolló durante su servicio militar, cuando participó durante 15 meses consecutivos en misiones para capturar y eliminar a miembros de Al Qaeda. "No hay tregua. No hay momentos de tranquilidad", afirmó. "Estoy seguro de que cambió mi fisiología", agregó. Después de dejar el Ejército, extrañaba la adrenalina y la sensación de que sus acciones podían tener consecuencias muy graves.
"Para quienes se dedican a las 'especialidades ocupacionales de armas de combate', el problema es que se invierte mucho tiempo aprendiendo a disparar una ametralladora desde un helicóptero, y esa no es una habilidad que se transfiera fácilmente a otra tarea en la economía civil", explicó Jeffrey Wenger, economista sénior de RAND que estudia la transición de los militares a la vida civil.
En un estudio de 2021 del Instituto para Veteranos y Familias Militares de la Universidad de Syracuse, los exmilitares mencionaron la pérdida del sentido de propósito y de la camaradería entre los principales desafíos de esa transición. El caso de Dino Mavrookas, cofundador y CEO de la empresa de barcos no tripulados Saronic, sirve como ejemplo. La compañía alcanzó una valuación de US$ 9.300 millones en una ronda de financiamiento realizada en marzo. Mavrookas sirvió durante 11 años como SEAL de la Marina antes de retirarse en 2015, en parte porque su esposa acababa de dar a luz a su primer hijo.
"Fue una transición difícil", recordó. "Realmente dejaba atrás una hermandad. Y no se trataba solo de los SEAL, sino también de nuestras familias, que estaban muy unidas y se apoyaban mutuamente. Desde entonces, buscamos esa misión, ese propósito y esa comunidad", agregó. El primer paso de Mavrookas tras dejar la Marina fue cursar un MBA en Wharton. Luego pasó por dos firmas de capital privado, aunque esos trabajos no lo satisfacían del todo. "Me di cuenta de que si iba a dedicarme a algo durante los próximos 30 años de mi vida, quería que fuera algo que me motivara a levantarme cada día. Y eso es ayudar a mantener a la gente a salvo", explicó. Por eso, dejó su puesto en Vista, una firma de capital privado con sede en Austin, Texas, para fundar Saronic en 2022.
"Como SEALs, siempre nos preguntamos: ¿Cómo podemos saltarnos las reglas? ¿Cómo podemos actuar con mayor rapidez?".
Dino Mavrookas, cofundador y CEO de Saronic.
Al igual que muchos fundadores veteranos, Mavrookas proviene de las Fuerzas Especiales. No sorprende que perfiles de este tipo se sientan atraídos por el emprendimiento. En el Ejército, sus unidades operan en escenarios volátiles y desconocidos. Doug Philippone, exintegrante de los Rangers del Ejército, una unidad de operaciones especiales, dirigió el área de defensa en Palantir y ahora es inversor de capital de riesgo en Snowpoint Ventures. Así lo explicó: "Estás en medio de la nada, casi nunca recibís entrenamiento para lo que te piden que hagas, la gente intenta matarte y tenés que ingeniártelas para ganar. Eso es algo muy valioso para incluir en tu currículum".
Algunos emprendedores exmilitares aseguran que prefieren contratar veteranos, y la decisión no responde únicamente al altruismo. Rob Slaughter, cofundador y CEO de la startup de software Defense Unicorns, sostiene que los veteranos son buenos empleados porque debieron asumir responsabilidades de liderazgo desde el comienzo de sus carreras. Slaughter realiza la entrevista final de cada candidato en esta compañía, valuada en US$ 1.000 millones tras la ronda de financiamiento de enero. A partir de la creación de la empresa en 2021, identificó una proporción ideal de 2 a 1: los veteranos superan en rendimiento a profesionales del sector con el doble de experiencia. Cerca del 40% del personal de Defense Unicorns está compuesto por exmilitares.
De manera irónica, ahora le resulta más sencillo contratar talento que cuando era oficial de la Fuerza Aérea y trabajaba junto con los futuros cofundadores Jeff McCoy y Andrew Greene para ayudar a las Fuerzas Armadas a incorporar nuevo software con mayor rapidez. En aquella época, Slaughter no podía retener a los profesionales más capacitados: sus mejores ingenieros eran contratistas y sus empleadores los reasignaban de forma constante antes de que pudieran afianzarse en los proyectos. Así, llegó a la conclusión de que las empresas mostraban más interés por utilizar a sus empleados destacados para conseguir nuevos contratos que por cumplir con los trabajos que ya habían ganado.
Finalmente, no pudo tolerar más esa situación. En 2021 dejó las Fuerzas Armadas para comprobar si podía obtener mejores resultados desde el sector privado. La decisión dio resultado: la plataforma de Defense Unicorns, que ayuda al Ejército estadounidense a mantener actualizado su software, ya está integrada en más de 90 sistemas de todas las ramas de las Fuerzas Armadas.
Slaughter, de 40 años, amasó una fortuna que Forbes estima en US$ 150 millones, una cifra que jamás imaginó alcanzar durante su paso por la Fuerza Aérea, donde incluso los oficiales deben prestar servicio durante años antes de recibir salarios de seis dígitos. El sector privado resulta mucho más generoso. A medida que el dinero llega a las startups de defensa, más veteranos descubren que no necesitan elegir entre enriquecerse y cumplir con su misión. Además, los intereses en juego serán cada vez mayores. En un mercado donde la tecnología avanza más rápido que las regulaciones, la carrera por los contratos y el financiamiento dejará grandes ganadores, aunque también grandes perdedores, participantes con malas intenciones y daños colaterales.
Los excombatientes estadounidenses tienen por delante una oportunidad enorme. Los veteranos más hábiles aprovecharán las herramientas del capitalismo para ayudar al Pentágono a adaptarse a un campo de batalla en permanente transformación y sacar provecho de una fiebre del oro que apenas empieza.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.