Uno de los factores que más podrían influir en el precio de las acciones estadounidenses en los próximos años tal vez no surja del Congreso, la Reserva Federal ni de la inteligencia artificial. Podría venir desde Venezuela.
Los mercados recién empiezan a entender lo que pasó. Las últimas decisiones del gobierno de Estados Unidos respecto de Venezuela reabrieron el acceso a la mayor reserva de petróleo del mundo y, con eso, abrieron la puerta a un posible shock de oferta que podría alterar la inflación, las tasas de interés, la seguridad nacional y, en última instancia, el valor de las acciones en Wall Street. Lo que todavía no termina de incorporar el mercado es que esa base de reservas tiene un valor nocional comparable al de la riqueza accionaria más concentrada de la historia financiera moderna.
La reacción inicial se enfocó en la política, las sanciones y las subas y bajas del precio del petróleo en el corto plazo. Pero lo que todavía no se modeló del todo es cómo un cambio duradero en el suministro energético global impactaría en la inflación, en las decisiones de la Reserva Federal, en las tasas de descuento y en los múltiplos del mercado accionario. No se trata de una discusión política, sino económica y estructural. Si el gobierno consigue recuperar influencia operativa sobre la producción de petróleo en Venezuela, las consecuencias para la economía y el mercado de acciones en Estados Unidos en 2026 podrían ser de gran magnitud. No sería un proceso paulatino, sino un cambio estructural.
El petróleo de Venezuela y la escala que todos subestiman
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. No se trata de un productor marginal ni de un yacimiento en transición. Es una base de reservas lo suficientemente grande como para modificar de raíz la dinámica de los precios a nivel global.
Antes de analizar la valoración, es importante entender dónde se sitúa Venezuela en relación con el resto del mundo.
Reservas mundiales de petróleo, producción y gobernanza

Dos datos se destacan de entrada. Venezuela encabeza el ranking global de reservas probadas de petróleo. Las democracias, en cambio, suelen poner el foco en la eficiencia productiva más que en la propiedad de las reservas. La diferencia no está en el subsuelo, sino en la forma de gobernar, en la disciplina en el uso del capital y en la continuidad institucional.
Cuando se toma conciencia de la concentración de esas reservas, se vuelve imposible ignorar la dimensión económica que representan.
De US$ 18 a 45.000 millones
Si se parte de un rango de precios del petróleo a largo plazo que cubre los ciclos más recientes —desde unos US$ 60 por barril hasta el pico de US$ 150 en 2008—, el valor teórico del petróleo venezolano bajo tierra es descomunal. En la punta más baja de ese rango, con 303.000 millones de barriles, el valor bruto subterráneo ronda los US$ 18 billones. Estas cifras no representan flujos de caja descontados ni ganancias recuperables. Sirven para dimensionar la escala.
Para ponerlo en contexto: el PBI nominal de Estados Unidos ronda entre US$ 28 y 30.000 millones por año. A nivel global, el PBI se ubica entre US$ 110 y 120.000 millones. Eso significa que las reservas probadas de petróleo en Venezuela equivalen a entre el 60 % y más del 150 % de lo que produce en un año la economía estadounidense, y a entre el 15 % y más del 40 % del PBI mundial, según en qué momento del ciclo de precios esté el petróleo.
Son muy pocos los activos en el mundo, públicos o privados, que se acercan a esa magnitud.
El valor del petróleo venezolano equivale al de las Big Tech
Para traducir la riqueza petrolera de Venezuela a términos que los inversores en acciones entienden al instante, hay que mirar a las Big Tech. La capitalización bursátil combinada de Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta Platforms y Tesla se ubica hoy entre US$ 18 y 20.000 millones, según el momento del mercado.
En la parte baja de las proyecciones a largo plazo sobre el precio del petróleo, las reservas probadas de Venezuela tienen un valor nominal similar: unos US$ 18.000 millones. Con un solo movimiento geopolítico, Estados Unidos volvió a tener influencia operativa sobre una base de recursos que, incluso bajo una estimación conservadora, rivaliza con el valor conjunto de las siete empresas más dominantes del mercado accionario estadounidense y, quizás, del mundo.
Por eso Venezuela no es solo un país con petróleo. Es un país con una riqueza nacional y macroeconómica de peso global. Cuando un activo de esta magnitud deja de estar limitado por decisiones políticas y pasa a formar parte de una oferta creíble, el impacto no se restringe al mercado de materias primas.
Esas mismas siete empresas concentran más del 37 % del S&P 500. Ese dato es clave. Se trata del tamaño del activo que vuelve a formar parte de la ecuación global de la oferta. La comparación no busca sugerir una monetización directa ni una equivalencia en términos de valuación. Busca mostrar la escala. Liberar incluso una parte de la capacidad petrolera de Venezuela podría influir en la inflación, en las tasas de interés y en la valuación de las acciones, con una fuerza que suele estar reservada para revalorizaciones significativas de los activos más importantes del sistema financiero global.
Poner en perspectiva global los US$ 45.000 millones
Las cifras tan grandes pueden perder sentido si no se las contextualiza. Una forma clara de entender la magnitud de la riqueza petrolera de Venezuela es compararla con el tamaño de economías nacionales enteras.
En el pico del precio del petróleo, las reservas probadas de Venezuela alcanzan un valor bruto bajo tierra cercano a los US$ 45.000 millones. Esa cifra supera la producción económica anual de los países más grandes del mundo. De hecho, equivale —más o menos— al PBI combinado de Estados Unidos y China.

Las reservas probadas de petróleo de Venezuela, valuadas con los precios del ciclo más alto, igualan o incluso superan la producción económica anual combinada de los países más grandes y productivos del mundo.
Esto no significa que ese petróleo se transforme en PBI. No funciona así. Pero sirve para mostrar la escala. Cuando un activo se acerca al nivel de producción económica de continentes enteros, incluso una apertura parcial puede generar efectos macroeconómicos de enorme magnitud.
La verdad incómoda sobre el petróleo
El petróleo nunca fue una cuestión de ideología, justicia ni moral. Siempre fue una cuestión de poder. Las mayores reservas del planeta están, en su mayoría, en países con instituciones débiles, altos niveles de corrupción o gobiernos autoritarios.
Ese patrón se repitió durante décadas. El capital se fue. La infraestructura se deterioró. La producción se desplomó. La inflación global subió. La energía solo se convierte en un tema político cuando empieza a valer.
Esta estructura explica por qué los mercados energéticos siempre incluyen una prima de riesgo geopolítico. Y por qué reducir, aunque sea parcialmente, ese riesgo puede tener un impacto enorme en la inflación y en los precios de los activos.
Riesgo empresarial, liderazgo y decisiones estratégicas
Los líderes emprendedores —sean personas, empresas o países— a veces toman riesgos calculados. Algunos aciertan. Otros fallan. Lo que importa es si ese riesgo está en línea con la creación de valor en el largo plazo.
Durante más de cuarenta años, Venezuela no aprovechó al máximo sus recursos petroleros. Ni para su gente ni para la economía global. En su mejor momento, a fines de los años 90, llegó a producir entre tres y tres millones y medio de barriles por día. En los últimos años, esa cifra cayó a cerca de un millón o incluso menos, a pesar de contar con la mayor base de reservas del planeta. El recurso siempre estuvo. Lo que falló fue la gobernabilidad.
En muchos países ricos en recursos, los líderes se quedaron con las ganancias en vez de reinvertir en capacidad, instituciones o en la clase media. El resultado fue menor producción, más corrupción y pérdida de riqueza nacional.

Esta escala deja en claro por qué la clave no está en la geología, sino en la forma en que se gobierna y se protege el capital. Eso es lo que define si un país multiplica su riqueza o la destruye.
El Mar del Norte: cuando se asumen riesgos y se aprovechan las ventajas
No todos los errores en la protección del capital ocurren en países frágiles. El Mar del Norte ofrece una lección clara, incluso dentro de una democracia estable. Phillips Petroleum, una empresa estadounidense, invirtió años y miles de millones de dólares explorando una cuenca que muchos consideraban condenada al fracaso. Asumió el riesgo geológico, financiero y operativo sin respaldo estatal.
Una vez que se descubrió petróleo en cantidades comerciales y que quedó clara la viabilidad económica del proyecto, todo cambió. En 1975, el gobierno noruego subió de forma abrupta el impuesto a las ganancias petroleras de Phillips Petroleum: pasó de cerca del 50 % al 75 %. El Estado no financió la exploración ni asumió el riesgo del hallazgo, pero se quedó con la mayor parte de los beneficios gracias a su poder fiscal. Hoy, Noruega figura entre los países con mayor PBI per cápita y administra uno de los fondos soberanos más grandes del mundo. La enseñanza no es ideológica, sino estructural: fue el riesgo empresarial el que generó la riqueza. Pero la falta de una protección plena del capital definió quién terminó quedándosela.
El caso Kazajistán
A comienzos de los años 90, Kazajistán acababa de independizarse. No tenía salida al mar, pero sí uno de los mayores descubrimientos petroleros de la era moderna. Heredó materiales nucleares, tecnología espacial avanzada e infraestructura estratégica de la Unión Soviética. Era un país pequeño, con una economía dependiente de Rusia y una ubicación geopolítica delicada. Para exportar petróleo a gran escala necesitaba oleoductos, y si esos pasaban por Rusia, Moscú tendría el control de los activos más valiosos del país. Sin una intervención externa, el petróleo, los materiales nucleares y las instalaciones espaciales de Kazajistán habrían vuelto a quedar bajo influencia rusa, con el riesgo que eso implicaba para la seguridad global en el largo plazo.
Estados Unidos actuó rápido para evitarlo. En coordinación con el gobierno kazajo, empresas estadounidenses como Chevron e instituciones como el Banco Mundial, Washington apoyó el desarrollo de rutas de exportación que esquivaban el territorio ruso y conectaban el petróleo kazajo con los mercados globales. Fue una jugada estratégica y deliberada. El respaldo diplomático y de seguridad, incluida la coordinación de inteligencia, ayudó a disuadir interferencias y proteger los contratos mientras se construía la infraestructura. Chevron asumió un riesgo real, tanto operativo como empresarial, pero lo hizo bajo una red de contención que reducía las chances de una expropiación una vez que el proyecto tuviera éxito. El resultado: décadas de valor acumulado para Chevron, exportaciones energéticas estables para Kazajistán y una menor influencia para Rusia.
Venezuela: capital expropiado
Venezuela eligió el camino opuesto. Mientras Noruega permitió que el capital privado asumiera riesgos y luego captó valor mediante impuestos, y Kazajistán se apoyó en instituciones estadounidenses para proteger el capital y construir riqueza a largo plazo, Venezuela fue desarmando, paso a paso, las condiciones necesarias para cualquiera de esos dos resultados. Se desconocieron contratos, se nacionalizaron activos, se debilitaron las garantías para el capital y se expulsó la experiencia operativa.

Las empresas energéticas estadounidenses sufrieron fuertes pérdidas económicas por el colapso de esas protecciones. Exxon Mobil y ConocoPhillips se vieron obligadas a abandonar proyectos clave durante la ola de nacionalizaciones de mediados de los 2000, lo que generó amortizaciones por miles de millones de dólares y años de demandas en tribunales de arbitraje internacional. Empresas de servicios como Helmerich & Payne dejaron varadas plataformas por cientos de millones, con contratos impagos y operaciones desmanteladas mientras caían las garantías institucionales. El capital no simplemente se fue de Venezuela. Se degradó, perdió valor y, en muchos casos, se destruyó de forma irreversible.
Las consecuencias macroeconómicas internas fueron devastadoras. En su pico, Venezuela llegó a registrar una hiperinflación superior al 1.000.000 % anual. Eso pulverizó el ahorro de los hogares, desplomó los salarios reales y eliminó cualquier base para la inversión local. La producción no cayó porque se agotaran los recursos, sino porque el capital, la experiencia y la confianza desaparecieron al mismo tiempo.
Este colapso no fue solo un problema interno. Cuando los grandes países con reservas energéticas demuestran que el capital puede ser expropiado sin consecuencias, el costo global del financiamiento para nuevos proyectos sube, la inversión se frena y el crecimiento de la oferta se retrasa. La escasez deja de ser cíclica y pasa a ser estructural. Las presiones inflacionarias se vuelven más persistentes de lo que justificarían los fundamentos, y las primas de riesgo se trasladan a la energía, a las materias primas y a los activos de largo plazo. La experiencia venezolana muestra cómo una mala gobernanza puede transformar la abundancia en una fuente de inflación, no solo para un país, sino para toda la economía global.
En lugar de generar riqueza nacional, Venezuela la fue consumiendo.
El desenlace era previsible. Aunque tenía las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, la producción cayó de entre tres y tres millones y medio de barriles diarios a fines de los 90 a cerca de un millón o menos. La reinversión se frenó, la infraestructura se deterioró y la clase media prácticamente desapareció. La hiperinflación se disparó y el petróleo nunca volvió a despegar. Lo único que quedó en pie fue el capital enterrado, pero sin credibilidad ni respaldo institucional. Venezuela no se quedó sin recursos. Lo que le faltó fue un sistema de gobernanza capaz de sostener el riesgo, atraer capital y construir valor en el largo plazo.
Las medidas más recientes de Estados Unidos buscan dar un giro a ese camino. El objetivo es restablecer un marco operativo, legal y de seguridad creíble alrededor de la producción energética venezolana. Como en el caso de Kazajistán, no se trata de apropiarse de los recursos, sino de proteger el capital, los contratos y la infraestructura. Así, la inversión podría volver, la producción repuntar y la oferta energética responder otra vez a la demanda global.

Y ahí empiezan las implicancias macroeconómicas. Cuando una base de reservas de este tamaño pasa de estar limitada por decisiones políticas a formar parte de una oferta creíble, el impacto trasciende al mercado petrolero. Se refleja en la inflación, en las tasas de interés, en las tasas de descuento y, en última instancia, en las valuaciones de las acciones.
El petróleo es mucho más que combustible para autos o calefacción
Su influencia económica va mucho más allá del transporte o la energía. Está integrado, muchas veces de forma invisible, en la estructura de costos de casi todas las industrias relevantes. El crudo es un insumo clave para plásticos, petroquímicos, fertilizantes, envases, medicamentos, equipos médicos, materiales de construcción, telas sintéticas y una larga lista de bienes industriales y de consumo. Estos componentes forman parte de las cadenas de suministro globales. No siempre se ven, pero son determinantes en los costos operativos de muchas empresas.
Cuando el precio del petróleo baja de manera sostenida y creíble, el efecto se siente en sectores como la industria, la logística, la salud, el agro y el consumo. Bajan los costos de los insumos, se amplían los márgenes y disminuye la presión sobre los precios en grandes áreas de la economía. Este impacto no es cíclico. Es estructural. Favorece a los fabricantes con uso intensivo de capital, a las empresas de transporte, a las de consumo masivo y también a las de servicios, que dependen de cadenas de suministro energéticamente costosas.
Por eso el petróleo no solo mueve el IPC. Recalibra, en silencio, los precios de referencia en toda la economía. Un aumento sostenido de la oferta, a partir de una reserva tan grande como la venezolana, tiene efectos que van mucho más allá del mercado energético: afecta de lleno a la rentabilidad de las empresas.
Inflación, la Fed y el efecto multiplicador
En los mercados estadounidenses, incluso una mejora leve en la inflación tiene un peso enorme. Si se percibe que el aumento de la oferta energética es sostenido y no pasajero, las expectativas inflacionarias bajan.
Con menores expectativas de inflación, la Reserva Federal gana margen para bajar las tasas más temprano y con mayor certeza. Ese movimiento cambia la forma en que se valoran los activos. Cuando la tasa libre de riesgo cae, los activos de largo plazo —como las acciones— suelen revalorizarse, muchas veces de manera acelerada.
Ahí es donde el impacto bursátil se vuelve asimétrico. Las ganancias empresariales crecen progresivamente, pero los múltiplos pueden ampliarse con rapidez.
Seguridad nacional, independencia energética y confianza del mercado
La independencia energética no es solo una cuestión de defensa. También es una señal de confianza para los mercados. Cuando Estados Unidos reduce su dependencia del petróleo extranjero, su economía se vuelve más resistente frente a las crisis. La volatilidad baja. Las primas de riesgo también.

Si la producción petrolera venezolana vuelve a crecer bajo una influencia creíble de Estados Unidos, se refuerza la oferta del hemisferio occidental y se debilita de forma concreta el peso de Rusia, China e Irán en el mercado energético global.
Los mercados premian la estabilidad. Y la estabilidad se traduce en valuaciones más altas.
El momento coincide con el auge energético de los centros de datos
El posible regreso del petróleo venezolano al mercado global llega justo cuando la demanda energética en Estados Unidos está subiendo con fuerza, impulsada por los centros de datos, la computación en la nube y la infraestructura de inteligencia artificial. El consumo de energía crece a un ritmo inédito en comparación con ciclos económicos anteriores. Eso genera una presión creciente sobre las redes eléctricas, la capacidad de generación y el suministro de combustibles.
El entrenamiento de modelos de IA, los centros de datos de escala masiva y las nuevas plataformas en la nube requieren grandes volúmenes de energía de forma sostenida. Esta situación ya activó debates sobre la estabilidad del sistema eléctrico, la disponibilidad de gas natural, la inversión en infraestructura y la seguridad energética en el largo plazo. En este escenario, la abundancia de energía dejó de ser un lujo. Es una condición indispensable para sostener el crecimiento económico y tecnológico.
Una expansión creíble del suministro de petróleo en el hemisferio occidental, justo cuando la demanda energética vinculada al avance tecnológico y a la inteligencia artificial se dispara, no podría llegar en un momento más oportuno. Contar con costos de energía más bajos y estables ayuda a evitar que la escasez se transforme en un freno para la innovación. También reduce la volatilidad económica y favorece el desarrollo de la infraestructura necesaria para la próxima etapa de crecimiento en Estados Unidos.
El impacto del petróleo favorece a las acciones estadounidenses
Si aunque sea una parte de los recursos petroleros de Venezuela vuelve a producirse de forma sostenida, bajo marcos operativos y legales confiables, el efecto sobre las acciones en Estados Unidos no será lineal, sino acumulativo.
Una baja en los costos energéticos mejora los márgenes en casi todos los sectores. Una inflación más baja impulsa los salarios reales y el consumo. Las tasas más bajas expanden los múltiplos de valuación. Aumenta la inversión de capital. Se flexibilizan las condiciones financieras. Y el ciclo de retroalimentación se refuerza.
*Con información de Forbes US.