La Argentina vuelve a ocupar un lugar relevante en el radar de los grandes inversores internacionales. En un mundo atravesado por conflictos geopolíticos, tensiones comerciales y una creciente competencia por los recursos estratégicos, el país reúne una combinación que pocos mercados pueden ofrecer: capacidad para producir alimentos, energía, minerales críticos y servicios basados en el conocimiento.
“El mundo está necesitando que la Argentina se ponga a producir”, afirmó Ricardo Dessy, economista de Citi en Nueva York para América Latina Sur, durante su participación en el Foro de Inversiones Córdoba, organizado por la Asociación Argentina de Capital Privado, Emprendedor y Semilla (ARCAP) y el Gobierno de la Provincia de Córdoba.
Dessy integró el panel “Argentina en el escenario global: perspectivas, estrategia y visión de inversión”, donde analizó cómo observan desde el exterior el proceso económico argentino y cuáles son las condiciones que todavía debe cumplir el país para transformar ese interés en inversiones concretas.
Según explicó, la Argentina atraviesa un momento particular porque existe curiosidad respecto de la capacidad del Gobierno para sostener y consolidar el rumbo elegido. No es la primera vez que el país cuenta con diagnósticos económicos adecuados, equipos técnicos preparados o respaldo de organismos multilaterales. La diferencia, sostuvo, es que ahora el mercado percibe una voluntad de avanzar con la implementación del programa.
“Esta vez sí van a lograr el cambio. Hubo equipos económicos muy preparados, muy buenos diagnósticos y soporte de los mercados internacionales o de organismos multilaterales, pero nunca se ejecutó. Ahora están ejecutando”, planteó Dessy.
Para el economista, el actual proceso genera interés porque combina factores internos y externos. Por un lado, aparece una mayor disciplina fiscal y una búsqueda de previsibilidad. Por el otro, el escenario internacional incrementó el valor estratégico de los recursos que posee la Argentina.
“Después a uno le puede gustar más o menos algún modelo o programa, pero están ejecutando. Tienen un diagnóstico correcto y están ejecutando”, insistió.
Una “zona de paz” con recursos estratégicos
La oportunidad argentina no se explica únicamente por la estabilización económica. Dessy destacó que las grandes potencias y bloques económicos están redefiniendo sus prioridades ante la proliferación de guerras, conflictos diplomáticos y rupturas de acuerdos internacionales.
En ese contexto, los países desarrollados buscan garantizar el abastecimiento de alimentos, energía y minerales indispensables para sus cadenas productivas. También comienzan a valorar con mayor atención la estabilidad territorial y política de los países proveedores.
“Argentina es una tierra de oro para nosotros, porque tenemos los recursos naturales, tenemos el capital humano, estamos ganando en términos de previsibilidad, con un poco más de disciplina fiscal, y somos una zona de paz”, señaló.
La condición de “zona de paz”, explicó, dejó de ser una característica secundaria. La ausencia de grandes conflictos étnicos, religiosos o limítrofes constituye un activo cada vez más importante para los inversores que deben comprometer capital durante décadas.
La Argentina, además, cuenta con una oferta diversificada. Puede convertirse en un gran proveedor de granos, carne y otros alimentos, pero también de petróleo, gas, cobre y litio. A esto se agrega la posibilidad de exportar talento y servicios profesionales.
La transición energética global amplifica esa oportunidad. Mientras las principales economías buscan reducir su dependencia de los proveedores tradicionales de combustibles fósiles, aumenta la demanda de los minerales necesarios para electrificar el transporte, ampliar las redes y desarrollar sistemas de almacenamiento de energía.
“En ese mundo nosotros tenemos una oportunidad extraordinaria. El mundo se electrifica porque nosotros tenemos cobre, porque nosotros tenemos litio”, afirmó Dessy.
Este escenario ya está despertando el interés de compañías y fondos internacionales que quieren participar en el desarrollo de los recursos argentinos. Sin embargo, ese interés no implica que todas las decisiones de inversión vayan a ejecutarse inmediatamente.
La prueba que esperan los inversores
Dessy diferenció entre los inversores dispuestos a ingresar ahora, impulsados por la magnitud de la oportunidad, y aquellos que prefieren esperar señales de continuidad política.
Para este segundo grupo, el interrogante central es si el cambio económico representa una transformación respaldada por una parte mayoritaria de la sociedad o si depende exclusivamente del liderazgo de una administración particular.
“Para algunos inversionistas todavía no está confirmado si este cambio de tendencia es una demanda social o es el rol de un visionario que viene y dice: ‘La cosa va por acá’”, explicó.
Esa validación, agregó, se produce mediante las elecciones y la continuidad del respaldo popular. Los inversores observan la evolución política porque necesitan determinar si el país puede evitar un nuevo giro hacia un modelo más centrado en el Estado, los subsidios y la asignación discrecional de recursos.
La evaluación es especialmente importante para los sectores de infraestructura, minería y energía. Son actividades que demandan grandes desembolsos iniciales y pueden tardar entre cinco y diez años en comenzar a generar retornos. Una decisión de inversión de esa naturaleza requiere condiciones que se mantengan durante más de un mandato presidencial.
Por eso, el desafío argentino no consiste solamente en ofrecer rentabilidad. También debe construir reglas previsibles, respetar contratos y disminuir la posibilidad de cambios abruptos en la política económica.
El límite del mercado de capitales argentino
La falta de ahorro de largo plazo es otra de las restricciones que señaló Dessy. A pesar de contar con proyectos de gran escala, la Argentina todavía tiene un mercado de capitales demasiado pequeño para financiarlos con recursos locales.
Como referencia, mencionó el caso de Uruguay, cuyos fondos previsionales administran alrededor de US$27.000 millones, una cifra equivalente a cerca del 30% de su producto. Si la Argentina contara con una proporción similar, estimó, dispondría de aproximadamente US$200.000 millones de ahorro de largo plazo.
“El mercado de capitales es muy cortito, muy chiquito. Hoy estamos hablando de inversión en energía y minería, que tiene horizontes temporales de años. La minería está años hundiendo capital para empezar a producir en cinco, seis o diez años. Eso requiere financiamiento largo y no hay ahorro de largo plazo”, advirtió.
Esta debilidad obliga a las empresas y provincias a recurrir al financiamiento externo para proyectos que podrían ser acompañados por capital argentino. Para revertir esa situación será necesario recuperar la confianza y generar instrumentos capaces de movilizar el ahorro privado.
“El inversor está mirando y diciendo: ‘Mostrame que sos capaz de armar tu propio mercado de capitales’. Para eso hace falta confianza, tiempo y ver que no volvés a los volantazos del pasado”, resumió.
En ese punto, Córdoba aparece como un caso relevante. Durante el foro se destacó que una parte de los inversores que participaron en las emisiones de deuda provincial fueron los propios cordobeses. Para Dessy, la decisión de colocar ahorro en títulos de la provincia es una señal concreta de confianza.
También valoró el cambio en la agenda de los gobiernos provinciales. Frente a una lógica histórica en la que las provincias competían por recibir transferencias del Estado nacional, destacó la aparición de administraciones que buscan diferenciarse mediante la educación, el capital humano, la seguridad jurídica, el cumplimiento de contratos y la reducción de impuestos.
El riesgo de un crecimiento asimétrico
El optimismo sobre el potencial del país no elimina los desafíos de corto plazo. Dessy advirtió que la recuperación económica es profundamente desigual entre sectores.
Las actividades con mejores perspectivas —minería, petróleo, gas, agro y producción de carne— no son intensivas en mano de obra. Por lo tanto, pueden impulsar las exportaciones, generar divisas y mejorar los indicadores generales sin producir un efecto inmediato sobre el empleo urbano.
“El crecimiento es muy asimétrico entre los sectores que son intensivos en mano de obra y los que no son intensivos en mano de obra”, explicó.
Al mismo tiempo, una parte importante del comercio, la construcción y la industria atraviesa un proceso de adaptación. Muchas empresas fueron creadas y desarrolladas durante décadas bajo reglas diferentes, con altos niveles de protección, subsidios o restricciones a la competencia externa.
Dessy utilizó una comparación deportiva para describir esa transformación: “Se jugaba al básquet, valía tocarla con la mano; ahora cambiamos al fútbol y al que la toca con la mano lo sancionan. Pero estuvieron 40 años jugando con la mano: tampoco es que son culpables”.
El economista consideró necesario acompañar esa transición mediante una mayor previsibilidad, menores costos financieros, menos volatilidad y respeto por los contratos. También señaló que una recuperación del crédito y cierta reactivación de la obra pública podrían favorecer a la construcción y a otros sectores intensivos en empleo.
El comercio enfrenta un escenario más complejo. A la pérdida de poder adquisitivo se suma una modificación en la composición del gasto de los hogares, que deben destinar una mayor proporción de sus ingresos al pago de tarifas y servicios.
La oportunidad argentina, entonces, convive con una economía de velocidades diferentes. Los sectores vinculados con los recursos naturales ya atraen la mirada global, mientras buena parte de las actividades urbanas todavía debe adaptarse a las nuevas condiciones.
El planteo de Dessy combina así una perspectiva favorable con una advertencia. El contexto internacional necesita los bienes que la Argentina puede producir, pero los recursos por sí solos no garantizan la llegada de inversiones. Para aprovechar la oportunidad, el país deberá demostrar continuidad política, reconstruir su mercado de capitales y sostener reglas previsibles durante un período prolongado.
La demanda global ya existe. La prueba pendiente es si la Argentina puede construir las condiciones para responderla.