Hay barrios porteños donde abrir un restaurante parece casi una decisión natural. Palermo Soho construyó durante años buena parte de su identidad alrededor de bares y cocinas; Chacarita pasó en poco tiempo de zona periférica a uno de los polos gastronómicos más dinámicos de Buenos Aires; Villa Crespo y Belgrano multiplicaron aperturas.
Barrio Parque juega con otras reglas. Su perfil residencial, las embajadas, las grandes casonas y una dinámica alejada de los corredores gastronómicos tradicionales hicieron que, durante mucho tiempo, salir a comer no fuera precisamente el principal motivo para llegar hasta ahí.
“Cuando llegamos, era principalmente un circuito de embajadas dentro de un barrio residencial hermoso, pero no era un destino gastronómico. Y justamente eso fue lo que nos atrajo: el desafío de crear un destino en un lugar donde todavía no existía un circuito de restaurantes”, recuerda Guadalupe García Mosqueda, creadora de Casa Cavia.
Más de una década después, esa postal empieza a cambiar. A Casa Cavia se sumaron en los últimos tiempos Coronado, dentro del MALBA; Casa Palanti, en una de las residencias más singulares de la zona; y La Dolfina Polo Café, en Palacio Alcorta.
No son proyectos iguales ni la cantidad alcanza para hablar de una explosión comercial. El movimiento es más sutil: propuestas de alto nivel que encontraron una oportunidad precisamente en características que podían parecer un obstáculo -la escala residencial, la menor circulación, la arquitectura, el vínculo con el arte y cierta intimidad- y que empiezan a convertir al barrio también en destino.
Y el cambio se ve, también, en el público. Por un lado, vecinos que ahora encuentran más motivos para salir sin alejarse de casa. Por otro, personas que llegan especialmente desde otros puntos de Buenos Aires atraídas por un restaurante, una casona histórica o una experiencia concreta. En esa mezcla entre cercanía y destino aparece una de las claves del nuevo pulso de Barrio Parque.
Casa Palanti: cuando la casa dicta el restaurante

En la esquina de Ortiz de Ocampo y Eduardo Costa, la popularmente conocida como Casa Redonda fue diseñada en 1922 por Mario Palanti, el arquitecto milanés detrás también del Palacio Barolo. Construida originalmente como residencia de la familia Fevre, su fachada curva, su torre-mirador y las referencias a La Divina Comedia la convirtieron en una pieza reconocible de la arquitectura porteña de principios del siglo XX.
Después de una restauración integral a cargo de Eme Carranza Studio, que recuperó materiales originales como mármoles, maderas, vitrales y herrerías, la casa abrió por primera vez como espacio gastronómico en noviembre de 2025. Pocos meses después, en 2026, Casa Palanti fue incluida entre los restaurantes recomendados por la Guía Michelin Buenos Aires & Mendoza.
La asesoría gastronómica está a cargo de Juan Ventureyra, chef de Riccitelli Bistró, en Mendoza, reconocido con una Estrella Michelin y una Estrella Verde. La propuesta parte de una cocina porteña contemporánea con referencias italianas (un guiño al origen de Palanti) y foco en producto argentino de estación, vegetales orgánicos, pesca de anzuelo y carnes con trazabilidad.
Para Ventureyra, antes de pensar qué servir había que entender el escenario. “Era realmente algo muy difícil y creo que eso fue lo que más me atraía. Operativamente era complejo; el lugar tiene muchísima personalidad y mucha historia porteña. Hay que estar a la altura de esa cultura, con esa envergadura, en ese barrio. Gastronómicamente, la casa pedía ‘porteñidad’, por llamarlo de algún modo. Pedía noción del lugar”, explica.
Una vez abierto, el proyecto empezó además a mostrar usos y públicos diversos. Están quienes reservan alguno de sus cuartos privados, quienes llegan por el tardeo, un cóctel o la pastelería, jóvenes interesados en la historia de la casa y comensales que van específicamente por la gastronomía.
Y Ventureyra ya percibe un cambio alrededor: “Hoy Barrio Parque está empezando a empujar; poco a poco se está asentando como una nueva zona. No fuimos los primeros: creo que en el MALBA hicieron algo muy bonito. Ojalá esta situación siga empujando y sea solo el inicio”.
Coronado: el MALBA después del museo

A pocas cuadras, Coronado nació desde un escenario completamente distinto: está dentro del MALBA, que este año el museo cumple 25 años, y debía integrarse a una institución con una identidad muy potente sin quedar reducido al rol de “restaurante del museo”.
La cocina está liderada por Martín Lukesch y lo acompañan como socios Martín Salomone, Hernán Buccino e Ivo Lepes, responsables también de Chuí. La propuesta combina clásicos argentinos e influencias mediterráneas, con foco en la estacionalidad y el producto.
Coronado fue concebido como un all day, pero una de sus grandes apuestas fue la noche. El espacio suma barra, café de especialidad, producción propia y un trabajo particular sobre la música, la iluminación y el sonido que permite que cambie de clima con el correr de las horas.
“Queríamos servir a quienes visitaran el museo, pero también entendíamos que estábamos en un punto neurálgico de la ciudad y que había una oportunidad de generar un lugar de encuentro capaz de unir distintos mundos. Desde el principio nos enfocamos mucho en los vecinos del barrio, porque entendemos que ellos son la base de un negocio saludable”, explica Ivo Lepes.
Que funcionara también después del cierre del MALBA fue un pedido de Eduardo y Elina Costantini desde el comienzo. “Siempre nos planteamos que Coronado tenía que estar funcionando y vivo cuando el museo estuviera descansando”, cuenta.
Hoy ese objetivo se traduce en públicos muy distintos según el horario: desayunos y reuniones por la mañana, vecinos y empresarios al mediodía, visitantes del museo y gente vinculada al arte por la tarde y una clientela más joven y gastronómica por la noche.
Cuando abrieron, sentían que el corredor de Figueroa Alcorta estaba “un poco falto de propuestas”. Hoy consideran que también ayudaron a impulsar la ola de renovación que empieza a hacerse visible.
La Dolfina: del polo a la gastronomía urbana

El movimiento más reciente llegó en julio de 2026 con La Dolfina Polo Café, en Palacio Alcorta y a pasos del MALBA. Es la primera expresión gastronómica propia de La Dolfina y el proyecto fue desarrollado por Grupo Abridor, detrás de lugares como Águila Pabellón, en el Ecoparque, con una propuesta gastronómica a cargo de Julieta Caruso y ejecutada por el chef Ramiro Schechtel.
La carta recupera sabores de raíz argentina como empanadas, pastel de papa, milanesa, ojo de bife, panadería propia y postres ligados a la memoria afectiva, con una mirada contemporánea. La apuesta va más allá de un solo local: Grupo Abridor piensa este espacio como el primer modelo de una plataforma que podría crecer en otros destinos internacionales asociados al polo.
Desde el grupo hacen una lectura optimista del momento de la zona. “Barrio Parque está dejando de ser un barrio de paso para convertirse en un destino con identidad propia, con más propuestas gastronómicas y de estilo de vida sumándose cada mes. Somos conscientes de que formamos parte de algo más grande: un movimiento que recién está tomando forma y que tiene margen para crecer mucho más en los próximos años”, explican Peter Díaz Flores y Juan Manuel Rozín.
Y acá aparece de manera muy clara el fenómeno del público: “Encontramos hoy dos públicos que conviven en el mismo espacio: el del barrio, que recupera un motivo para salir cerca de casa, y el que llega especialmente por la propuesta, incluso desde otras zonas de la ciudad”.
Casa Cavia: la pionera que también se renueva
Y acá aparece de manera muy clara el fenómeno del público: “Encontramos hoy dos públicos que conviven en el mismo espacio: el del barrio, que recupera un motivo para salir cerca de casa, y el que llega especialmente por la propuesta, incluso desde otras zonas de la ciudad”.
Para entender el nuevo momento de Barrio Parque hay que mirar también hacia atrás. Casa Cavia llegó a Cavia 2985 hace 12 años, cuando prácticamente ninguno de estos proyectos existía. La casona, construida en 1927 por Alejandro Christophersen y restaurada por el estudio Kallos Turin, fue pensada desde el inicio como un cruce entre gastronomía, arquitectura, flores, vinos, coctelería y cultura.
Detrás del proyecto está Guadalupe García Mosqueda, creadora y directora de Mezcla Gastronomía: “Sí, fuimos pioneros, pero siempre me gusta recordar que el MALBA ya tenía la propuesta de Jean Paul Bondoux. Lo admirábamos mucho: desde cómo servía los panes hasta esa impronta francesa, elegante y descontracturada al mismo tiempo. Creo que, si hablamos de pioneros gastronómicos en esta zona, él estuvo antes que nosotros”, cuenta.

Pero quizás el dato que mejor conecta a Casa Cavia con el fenómeno actual sea su evolución como destino. “Casa Cavia hace mucho tiempo dejó de depender solamente del público del barrio. Hoy viene mucha gente especialmente para conocer la Casa, tanto de Buenos Aires como de otras partes del país y del mundo”, asegura García Mosqueda.
Un nuevo polo, pero a escala Barrio Parque
¿Todo esto alcanza para hablar de un nuevo polo gastronómico? Quienes están detrás de los proyectos coinciden en que existe un movimiento, aunque la singularidad quizá esté justamente en que Barrio Parque difícilmente repita el modelo de otros corredores porteños.
La novedad 2026 es la incorporación de Félix Babini como chef ejecutivo, con experiencia en Alo's y detrás de proyectos como MAD Pasta y Tres, en José Ignacio. Su llegada profundizó el trabajo conjunto entre cocina, barra, vinos y pastelería y llevó la carta hacia sabores con más contraste e intensidad.
Ventureyra lo plantea con claridad: “Barrio Parque se puede consolidar tranquilamente. Solo que va a ser un polo gastronómico más chico. No va a tener un auge voluminoso comercial porque el barrio lo cuida mucho. Pero realmente se está empezando a formar algo que ojalá siga creciendo”. Y suma una condición: que ocurra “sin invadir la privacidad de los vecinos”.
Probablemente esa escala sea parte de su diferencial. No hay decenas de restaurantes apareciendo en pocas cuadras ni una transformación comercial acelerada. No parece todavía un boom, pero sí un cambio de ritmo: en un barrio que hizo de la privacidad y la discreción buena parte de su identidad, quizás esa sea justamente la forma más lógica de que ocurra. Puede convertirse en un nuevo polo gastronómico, pero de proyectos bien selectos y exclusivos… con la misma identidad de Barrio Parque.