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Incertidumbre, economía y Winston Churchill

Diana Mondino Economista de la Universidad CEMA

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El poder de las palabras es enorme, pero no por ello logran tener efecto. De nada hubieran servido sin el esfuerzo y valentía de todas las partes. En la economía de un país es exactamente lo mismo.

30 Julio de 2020 10.30

Una anécdota cuenta que, cuando Winston Churchill logró convencer al Parlamento para ir a la guerra contra la Alemania nazi, un opositor dijo que “ha movilizado el idioma inglés para ir a la guerra”. Esa frase fue usada por el presidente Kennedy al honrar a Winston Churchill en 1963. 

El poder de las palabras es enorme, pero no por ello logran tener efecto. De nada hubieran servido sin el esfuerzo y valentía de todas las partes. En la economía de un país es exactamente lo mismo.

El lenguaje utilizado puede ser atractivo pero, si los fundamentos y objetivos son diferentes de los expresados, un mal resultado es inevitable. Entre los recientes ejemplos, se puede mencionar “rescatar” Vicentin, “reforzar” regulaciones relativas a las SAS (Sociedades por Acciones Simples), o “la gestualidad” para prohibir correr como actividad al aire libre. Durante un tiempo podrá haber una imagen levemente positiva, pero difícilmente haya buenos resultados para el fin propuesto. 

Por eventos inesperados como la pandemia, o medidas contradictorias de las autoridades, el riesgo que toda actividad conlleva se convierte en incertidumbre. Sí, claro, todos tomamos decisiones todos los días. Nunca puede saberse con exactitud qué resultados pueden derivarse de estas decisiones. Con riesgo, aunque no estamos seguros acerca de los posibles resultados de una decisión dada, sí sabemos la probabilidad de cada resultado. Con incertidumbre no somos capaces de hacer tales suposiciones, no podemos ni siquiera estimar qué puede salir bien o mal.

Si la información es limitada, o distorsionada por utilizar palabras que implican algo que no es lo que realmente ocurre, entonces la gente puede arriesgarse a tomar decisiones económicas. Sobreviene entonces una parálisis.

Si, adicionalmente, hay serios problemas económico-financieros por arrastre de sucesivas crisis, ni siquiera están los medios para que los más valientes tomen decisiones  ni  para que el Gobierno pueda proveer instrumentos de carácter contracíclico de manera sostenida. 

El contexto es particularmente  difícil para las pymes, y ni hablar de aquellas que intentan exportar. Buscar clientes, comprometer cierta calidad de producto, lograr llegar donde otros (aún) no han llegado es normalmente un desafío gigantesco. Forbes lo reconoce con un premio para pequeños gigantes, con el que honraron, entre otros, a San Ignacio. Adicionalmente debería haber un premio para las cientos de miles de pymes que logren sobrevivir en estas circunstancias. Por supuesto, también para las empresas grandes que pueden tener más recursos, pero también son más fáciles de controlar por el voraz aparato estatal.

La adaptación a un contexto cambiante es parte de la historia y condición necesaria para permanecer. Siempre ha habido, hay y habrá grandes cambios. El punto que buscamos mostrar es que el tema se agudiza cuando las regulaciones son contradictorias. Cuando las palabras y los hechos no condicen. Como ejemplo tenemos un control de cambios muy estricto, con retenciones, con costos crecientes y una economía cerrada. Otro ejemplo es la prohibición -ojalá que transitoria- de despidos y al mismo tiempo de producir o vender que sufren muchos sectores; o de forzar la maximización de producción o de no ajustar la existencia de un feriado con fines turísticos en el marco de restricciones sanitarias para la circulación. Otros ejemplos son quitar los permisos a las empresas recién creadas a través de SAS, al “suspender” su funcionamiento, y la asimetría entre aumentos en multas de autoridades impositivas y prohibiciones para abrir las persianas. Incertidumbre y más incertidumbre.

Sistemáticamente se busca explicar, con bellas palabras, el objetivo. En muchos casos, de todos modos, hay una grave falta de coherencia entre lo dicho y lo hecho. Hasta la memoria nos falla cuando citamos otra frase de Winston Churchill, donde eliminamos la palabra “trabajo”. Su famosa frase completa es “sangre, trabajo, lágrimas y sudor”. 

Winston Churchill recibió el Premio Nobel de Literatura en 1953 por “su dominio de la descripción histórica y biográfica, así también como por su brillante oratoria defendiendo y exaltando los valores humanos”.  Mucho más importante es que sabemos que la guerra fue dolorosísima y prolongada para todas las partes. El resultado favoreció a quienes tuvieron más apoyo de su población; no fue solamente por virtudes estratégicas o de equipamiento o actos de valentía. Pensemos juntos cómo lograr el apoyo de todos los argentinos a las medidas que serán necesarias para que Argentina vuelva a crecer. Sin exagerar, sin mentir, solamente explicando que todos tenemos y debemos poder trabajar.

*Columna escrita en conjunto con Alejandro Reca, CFO en Establecimientos San Ignacio S.A.