Cecilia Valleboni Forbes Staff
La historia de Rawer no empezó en un garage, sino en una veterinaria de Mar del Plata con una discusión que terminó en renuncia. Keila Bezi, por entonces estudiante de veterinaria de la Universidad de Tandil, trabajaba en atención al cliente mientras terminaba sus exámenes finales. Allí, el desfile de casos clínicos —insuficiencias renales y patologías crónicas— le generó una pregunta incómoda: ¿por qué se enferman tanto los animales?
La respuesta llegó de la forma menos pensada: un informe de la facultad sobre cómo elegir el mejor alimento balanceado. Al contrastar el papel con las bolsas de las góndolas, la realidad fue un golpe. "Me daba cuenta de que no existía el buen alimento. Todos tenían conservantes, gluten y un desastre de ingredientes", recuerda Bezi. El punto de quiebre fue una visita de un representante de un productor de alimentos: "Le pregunté cómo podía ser que, para un perro con colmillos gigantes, el maíz fuera el ingrediente principal. Me respondió que el gluten era la mejor proteína. Ahí me peleé con todos y renuncié al día siguiente".
Ese impulso ético se convirtió en negocio a finales de 2021. Con el apoyo de su novio, Eduardo Sanguinetti —quien por entonces trabajaba en Pfizer y luego renunció para sumarse al proyecto—, y una inversión inicial de US$ 15.000 en dos máquinas picadoras, Keila comenzó a producir alimentación BARF (Biologically Appropriate Raw Food) en la cocina de su madre.
Del nicho a la planta industrial
Lo que empezó como un proyecto artesanal escaló con rapidez científica. Entre el frigorífico y las mezclas de madrugada, la falta de capital para equipamiento se convirtió en el primer gran muro, pero la red de contactos local le dio el impulso definitivo. Bezi, amiga de la familia fundadora de los emblemáticos Churros Manolo, les consultó por maquinaria y recibió una sorpresa con carga simbólica: le regalaron una amasadora antigua que estaba en desuso. Se trataba, nada menos, que de la primera máquina que usó Manolo en sus comienzos. “Me dijeron que nos iba a dar suerte y así fue; hoy, aunque operamos a escala industrial, esa pieza sigue siendo parte de nuestro proceso productivo”, recuerda la emprendedora.
Sanguinetti, con formación en negocios y un MBA en el IAE, aportó la estructura que Bezi necesitaba. "Yo venía de la veterinaria: cero números. Sin Edu no hubiera podido hacer nada", admite la fundadora. La empresa vivió una metamorfosis acelerada. Pasaron de la cocina familiar a un espacio en una editorial (también prestado por la familia), luego a una fábrica pequeña en 2022 y, finalmente, en septiembre de 2023, dieron el salto mayor: se mudaron a una planta industrial en la zona del puerto de Mar del Plata, habilitada con controles bromatológicos y dirección técnica.
"Fue el salto más radical hasta ahora", explica Sanguinetti. "Pasamos de vender en Mar del Plata y la zona de la Costa a probar el mercado en Buenos Aires con veterinarias. Eso nos dio el impulso para profesionalizar todo: hoy la inversión total ronda los US$ 200.000".
A finales de 2022, mientras terminaba su maestría, Sanguinetti puso a Rawer como caso de estudio en el IAE y compitieron en Naves, llegando a ser finalistas. Allí el proyecto atrajo a perfiles que, en papeles, parecen opuestos a la filosofía "hippie" de la carne cruda, pero que resultaron ser el motor de escala. Hoy la sociedad cuenta con cinco integrantes: a los fundadores se sumaron Lucas Zorraquín, Valentín Demarchi y Juan Cruz Figueira RIsso que conforman el board de socios. El "alma" de la empresa quedó blindada por contrato. Sanguinetti lo explica con claridad: "Cuando armamos el acuerdo accionario, Keila nos frenó y dijo: 'Está buenísimo cómo vamos a decidir inversiones, pero falta la visión'. Pusimos una cláusula, la 16, que es la que no se negocia: existimos para hacerle bien a los animales. El negocio acompaña después".
La logística representa el mayor desafío operativo y, al mismo tiempo, la principal barrera de entrada para la competencia de Rawer. Al tratarse de un alimento natural sin conservantes, el rigor de la cadena de frío es absoluto: cada pack viaja sellado al vacío y congelado, una complejidad que termina por moldear su modelo comercial. Actualmente, el 80% de su facturación proviene de la venta directa a través de su propio e-commerce, operando con logística interna o mediante operadores especializados en frío. El 20% restante se canaliza de forma indirecta a través de una red de 17 veterinarias y petshops, donde la empresa asegura la integridad del producto instalando sus propios freezers exhibidores con estética de marca.
El portfolio de productos se divide en tres: dietas (carne, pollo y pescado) para perros y gatos, suplementos (caldo de huesos, probióticos) y una línea de deshidratados (snacks naturales como orejas de cerdo o pulmón vacuno). @@FIGURE@@
El futuro: patologías y expansión
Para el primer trimestre de 2026, el mapa de Rawer marca la llegada a Rosario. Pero el hito más esperado es el lanzamiento de dietas para patologías (urinarias, renales y hepáticas). "Sabemos que el nicho es más chico y quizás no sea el gran negocio en términos de rentabilidad, pero es el motivo por el cual Keila dejó la clínica: para ayudar donde el sistema tradicional falla", señala Sanguinetti.
Para los fundadores, el éxito de Rawer es hijo de un cambio cultural de las últimas dos décadas. "Hace 20 años a la gente no le importaba qué comía ella, menos le iba a importar el perro", reflexiona el fundador y CEO de la firma. "Hoy, la pandemia aceleró la humanización: el perro que dormía afuera ahora duerme en la cama. Si yo no como galletitas procesadas porque sé que me hacen mal, ¿por qué le daría eso a un miembro de mi familia?".
La compañía cerró el 2025 con una facturación de $ 65 millones por mes y proyecta que la expansión podría llevarlos a un volumen de US$ 1 millón en 2026. Además, ya tienen la mira puesta en crear centros de investigación y pasantías para futuros veterinarios.