Hay un hilo invisible en el aire. Cada vez que Candelaria Tornquist entra al galpón de su empresa, Reklus Cars, en la pequeña localidad de Todd, su mundo se mantiene en el eje que une los extremos. De un lado está la niña que creció en San Isidro, fanática de los fierros porque los domingos de su infancia tenían siempre la misma banda sonora: el ruido lejano de un motor, la radio encendida, su papá —el piloto de Peugeot, Marcelo Tornquist— perdido en algún gran premio o trazando hojas de ruta sin teléfono, sin reportes, sin certezas. "Yo nací con el automovilismo —dice Tornquist—. Para mí, todo esto fue siempre lo más natural del mundo".
Del otro lado del hilo está la mujer que hoy dirige una fábrica artesanal de réplicas históricas que exporta el 98% de su producción a Europa, Estados Unidos, Medio Oriente y el Cáucaso. La misma mujer que, tras la muerte repentina de su esposo y socio, Gustavo "Pini" Mancardo, tomó el mando de un oficio heredado y una empresa a medio andar, con proyectos abiertos y clientes esperando. Una mujer que jamás pensó en apagar las máquinas: "Jamás dudé en seguir".
Entre esos dos extremos —la chica que escuchaba carreras por radio y la empresaria que hoy vende autos a museos internacionales, coleccionistas y clientes de Dubái, Alemania o Azerbaiyán— está esa hebra tensa, luminosa, que sostiene toda la historia: la convicción, casi obstinada, de que un auto puede ser una obra de artesanía, pero también un puente con la memoria y un camino hacia el mundo.

Tornquist se crió entre San Isidro y el CASI, "bien sanisidrense", como se define. A los 17 viajó a Inglaterra para perfeccionar su inglés y, una vez allá, decidió quedarse. Estudió, trabajó, aprendió a sostenerse sola. "Le dije a mi mamá: 'Me quedo'. Y ella: 'Pero tenés 17 años'. Sabía que no quería vivir lejos de mi familia, pero también sabía que iba a estudiar y a laburar allá", recuerda. Cuando volvió a la Argentina, se recibió de licenciada en Administración de Empresas y empezó su recorrido en grandes compañías: una financiera del grupo Madanes y, más tarde, marketing en Gillette.
Esa vida corporativa la entusiasmaba: viajes, reuniones, presupuesto, sentido de pertenencia. "Yo no era Candelaria, era Candelaria de Gillette. Levantabas el teléfono, decías eso, y era alfombra roja", cuenta, entre risas. Pero la ecuación se rompió cuando llegó su primer hijo, Juan Cruz. "Los horarios eran inhumanos, no existía el home office. Si tu jefe se iba a las diez de la noche, vos te ibas a las diez y cuarto. Y a mí no me divertía dejar a mi hijo al cuidado de otra persona".
Hacía tiempo que en su vida ya estaba Gustavo "Pini" Mancardo, al que había conocido en San Isidro, y que traía consigo otra forma de obsesión: la pasión por las cosas antiguas. Muebles, objetos, máquinas, autos. "A Pini le gustaba todo lo antiguo —cuenta—. Llegaba a casa con una caja registradora y yo le decía: '¿Qué hacemos con esto si no tengo ni una panadería?'. 'No importa, es linda', me decía. Tenía esa cosa de ver valor donde otros veían cachivaches".
Los padres de Mancardo tenían una metalúrgica en Los Polvorines que habían tenido que cerrar, pero quedaban máquinas y un espacio sin uso. Al mismo tiempo, él se iba metiendo cada vez más en el mundo de los clásicos, comprando mecánicas por todo el país y en Uruguay: motores, diferenciales, trenes delanteros, cajas, bloques raros. "En definitiva, eran las marcas que en su momento eran buenas. Sabías que si encontrabas un motor Talbot, un Duesenberg, tenías que tratar de comprarlo. Originales quedan muy pocos", explica.

De la combinación entre esa metalúrgica vacía y las mecánicas dispersas nació la idea de armar un auto desde cero. El primero fue una baquet preguerra, con un motor de fines de los años '20. Tornquist estaba embarazada, en reposo. Mancardo se pasaba el día en en un galpón sobre la Panamericana, cortando, soldando, ajustando. Cuando terminó la estructura, hicieron un asado para celebrarlo. Durante ese brindis, un pequeño gesto conectó dos épocas. "Pini me presenta a un tipo y me dice: 'Él es Jackie Green'. Yo me quedé paralizada. Jackie había sido el jefe de mi papá en el equipo Peugeot. Él no sabía que yo era la hija de Marcelo, y yo no sabía que el Jackie del que me hablaba era ese. Nos largamos a llorar los dos. Fue muy fuerte", recuerda.
Con la baquet terminada —aunque todavía sin pintar—, un amigo les sugirió publicarla en internet. Era como tirar una botella al mar. A los dos días sonó el teléfono: un cliente alemán quería comprarla. El precio era bueno, la oferta firme. El problema era otro, muy argentino: "¿Cómo lo exportamos? En este país es todo al revés: el país necesita dólares, pero para exportar es un quilombo. Era como si estuviésemos sacando una bomba nuclear", dice Mancardo.
Tendidos en la cama, pensando cómo hacer, ella tuvo la idea de llamar a un viejo proveedor de autos de Tierra del Fuego, que les pasó el contacto de un despachante de aduana. "Siempre digo: si hacés las cosas bien, eso te vuelve. Nos atendió, nos ayudó, y desde entonces seguimos trabajando con él", cuenta. Así salió el primer auto al exterior. Esa operación convirtió una aventura doméstica en una empresa.
Desde el inicio, Tornquist vio con claridad que necesitaban estructura. "Para poder competir internacionalmente no bastaba con tener un buen auto: teníamos que tener un formato de empresa y distinguirnos del típico taller. Tener un plan de negocios, saber cuántos autos podíamos armar, cómo los íbamos a vender, cómo nos iban a pagar, cómo íbamos a llegar a una feria en Alemania. De nada te sirve saber fabricar si después no sabés cómo cobrar", dice.

El modelo fue creciendo. Durante los años de mayor expansión llegaron a tener entre 25 y 30 personas en la fábrica y más de 10 carroceros. La capacidad productiva estaba al límite, pero las cuentas no siempre cerraban. "Estábamos en un nivel de autos impresionante y, al mismo tiempo, no estábamos ganando plata. Es muy argentino eso: una empresa que fabrica cosas con un nivel altísimo y que, según cómo se mueva el dólar, un año hace ocho autos y pierde, y otro año hace dos y le va bien. No tiene lógica", describe. El sacrificio fue grande. "Llegamos a vender la casa donde vivíamos. Pini era famoso porque se llevaba mi auto para ver una mecánica y volvía en colectivo. Me decía: 'No entendés lo que conseguí'. A mí no me importaba el motor, yo le decía: 'No me dejes sin auto'. Pero era así: había que comprar lo que aparecía", recuerda. También tuvieron momentos de vender chatarra para pagar sueldos. "Las pasamos todas. La ventaja de tener esta edad es que ya las viví", dice.
En 2020, la historia se quebró. Pini murió en un accidente de tránsito. De repente, el socio de vida y de negocio ya no estaba. Quedaban proyectos a medio terminar, clientes que habían pagado adelantos y un equipo sin rumbo. "Nunca se me cruzó bajar la persiana", dice Tornquist. "Sí tuve mis dudas de si iba a poder. No es el mejor ambiente para una mujer: a muchos hombres les cuesta. Pero después empiezan a hablar y se dan cuenta de que conozco el negocio". La fábrica se reordenó alrededor de ella y de su hijo, Juan Cruz, que prácticamente nació entre autos. Hoy es el encargado de las pruebas dinámicas y está a punto de recibirse de diseñador. "Trabajar con él es increíble, es mi mano derecha, verlo tomar la posta, con 22 años, es emocionante", dice.
Tornquist define a Reklus como "un taller de artesanos". En Todd trabajan unas 15 personas, pero cada auto moviliza a muchas más: torneros, carpinteros, tapiceros, pintores, especialistas en llantas. "Es impresionante la cantidad de procesos que involucra un auto. Yo no pinto, tercerizo la pintura. Las llantas me las hace un artesano, las masas las tornea una persona de Arrecifes, los volantes los trabaja un carpintero, los tapizados los hace otro. Es una rueda enorme", dice.
La fábrica mantiene un vínculo estrecho con la escuela técnica de Arrecifes, de donde salieron varios chicos que hoy trabajan con ellos. Hace poco tuvo dos chicas en carrocería. "Los chicos estaban sorprendidos. Las mujeres tienen mucha motricidad fina. Lo que a un chico le llevaba diez días, ellas en dos días ya lo tenían. Después hay cosas físicas que les cuestan más, pero en muchos procesos son brillantes", cuenta. Y remata con una frase que funciona como definición de la casa: "Acá nadie entra sabiendo. Reklus es una escuela. Y acá usamos la cabeza todo el tiempo: todo el día estamos resolviendo problemas".

La producción también es variable, explica Torquinst. Cada año depende del tipo de proyecto: autos completos, restauraciones, o chasis y carrocerías para terceros, como el reciente encargo eléctrico de Inglaterra. Aun así, hay un rango: de 8 a 10 unidades por año. "Pero cada año es distinto. Depende de si nos toca un Stutz elegante, un eléctrico o varias restauraciones profundas".
La especialidad hoy son los autos de calle y de competición de los '50 y '60: Maserati 450S, A6GCS, 300S y 350S, BMW 507, monopostos y baquets. La mecánica es casi siempre original: si no consiguen el motor exacto, usan otro de la misma marca y cilindrada. Las carrocerías son íntegramente de aluminio y las estructuras se construyen siguiendo criterios de época, pero con controles modernos. "El nivel de responsabilidad es enorme —aclara—. No estás haciendo una agenda que, si sale mal, se le salen las hojas. Hacés un auto. Si lo hacés mal, alguien se puede matar. Cada cosa se piensa con ingenieros, se prueba en banco, se ajusta. Todo tiene un proceso".
Los autos viajan, en su mayoría, a Europa y Estados Unidos. Han competido en Pebble Beach y se exhiben en colecciones privadas. En Dubái entregaron un BMW 507 armado en Todd y electrificado por una compañía europea. En Azerbaiyán, un monoposto rojo y blanco construido por Reklus es la figura central del Museo Automovilístico de Bakú. "Hasta la entrada del museo está ploteada con la foto del auto. Llegar ahí, ver eso y que te reciban como si fueras un rockstar es fuerte. Más cuando venís de un pueblo chiquito y de haber vendido chatarra para pagar sueldos", dice.
El precio también responde a la lógica artesanal. "Una réplica económica arranca en US$ 30.000: una baquet sencilla, con un motor chico. Pero si hacés una Maserati con mecánica original, el motor solo puede costar US$ 150.000. La fibra es más barata que el aluminio, las mecánicas cambian todo. Por eso ves autos parecidos con valores muy distintos", dice. Una regla no escrita del ambiente dice que una réplica fiel puede valer entre el 5% y el 10% del valor del auto original. Y como Reklus puede fabricar "cualquier auto del mundo", el techo depende únicamente de la rareza, el diseño y la historia del modelo que elija el cliente.

Uno de los capítulos más recientes de la historia de la empresa es el proyecto eléctrico con una firma inglesa. Al principio, la idea de poner un impulsor silencioso a un auto de los '50 le resultaba casi una traición a su ADN. "Soy fanática del ruido. Voy a la Fórmula 1, me dan los auriculares y me los saco: necesito quedarme sorda. Cuando fui a la Fórmula E pensé: '¿Para esto me trajeron?'", admite, entre carcajadas. Pero las restricciones ambientales y la escasez de mecánicas originales la hicieron repensar.
En medio de todo, late una idea de país. "El país se saca trabajando, produciendo. No con el rulo financiero", dice. "Argentina no se va a salvar con Reklus, pero cada auto que hacemos es trabajo para un montón de gente. Exportamos mano de obra, no autos. A veces me da mucha tristeza que los políticos no lo vean". Tornquist tiene una frase que resume lo que implica sostener una pyme industrial en este contexto. "El otro día me llamaron de una radio y me dijeron que éramos bastante nuevos. Les dije: 'Una micropyme con más de 20 años en Argentina... somos héroes'. Disculpame, pero yo me considero una heroína", sostiene.
Cuando cae la tarde en Todd y el galpón queda lleno de sombras alargadas, Tornquist camina entre los autos en distintas etapas de construcción. Mira un cordón de soldadura, escucha un ruido, vuelve sobre un detalle de pintura. A veces piensa en su padre, en Pini, en aquel primer asado con la baquet todavía sin pintar y en Jackie Green llorando en la fábrica: "Mientras haya alguien en el mundo que quiera manejar una parte de esta historia, Reklus va a tener sentido".