En un movimiento que trasciende la lógica sectorial clásica, Uruguay declaró al vino como “cultura viva” y dio un paso más en la sofisticación de su política vitivinícola. La iniciativa, formalizada en el Palacio Santos, busca integrar política cultural, estrategia productiva y diplomacia internacional en un mismo paraguas de acción.
A diferencia de otros países que han logrado el reconocimiento del vino como patrimonio, usualmente a través de instancias como la UNESCO, el foco aquí no está solo en preservar, sino en programar: usar la vitivinicultura como plataforma activa de desarrollo, identidad y proyección global.
El acuerdo fue firmado el 22 de abril por el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Educación y Cultura y el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INAVI), que funcionará como coordinador técnico y sectorial. El programa, denominado Vitivinicultura como Cultura Viva del Uruguay, propone ampliar la mirada sobre el sector, que deja de ser leído únicamente como cadena de producción y exportación para ser entendido como un sistema cultural que abarca paisaje, comunidad y pertenencia.
La Declaración de Palacio Santos, suscripta ante unos 200 representantes del cuerpo diplomático, autoridades y referentes institucionales, fija el compromiso de avanzar en una agenda de largo plazo y de alcance interinstitucional.

En términos de posicionamiento internacional, el objetivo es claro. “Queremos proyectar esta agenda internacionalmente a través de la diplomacia cultural y el intercambio de buenas prácticas, posicionando a Uruguay como un caso de referencia en este campo”, afirmó el presidente de INAVI, Diego Spinoglio. “Pero este programa solo puede crecer verdaderamente si es una construcción compartida, con legitimidad cultural, raíces territoriales y colaboración institucional.”
La frase condensa dos vectores estratégicos: de un lado, la ambición de diferenciar a Uruguay en un mercado global de vinos cada vez más competitivo; del otro, la necesidad de que esa narrativa se sostenga en prácticas reales y en la participación de bodegas, productores y comunidades.
El nuevo programa se monta sobre una estructura que ya venía sofisticando al sector. INAVI impulsa desde hace años el Programa IVU – Impulso Vino Uruguay, un esquema de co–inversión con bodegas para fortalecer la marca Uruguay Wine, el enoturismo y la apertura de mercados.
En paralelo, el Programa de Viticultura Sostenible consolidó un salto cualitativo: más de 200 viñedos y cerca del 38% de la producción cuentan con certificación de prácticas sostenibles, habilitando el sello Sustainable Winegrowing Uruguay Certified. En un contexto global donde consumidores y compradores institucionales valoran la trazabilidad ambiental y social, este andamiaje técnico refuerza la credibilidad del relato de “vino como cultura viva”.
La apuesta también tiene una dimensión económica y geopolítica, convertir al vino en vector de diplomacia cultural permite a Uruguay sumar una herramienta más a su estrategia de inserción internacional, aprovechando la densidad simbólica del producto para abrir puertas, articular acuerdos y anclar la marca país en valores de calidad, sostenibilidad y territorio.
Al mismo tiempo, al tratar la vitivinicultura como política cultural y no solo agrícola, el gobierno envía una señal al ecosistema: la competitividad del vino uruguayo dependerá tanto de la calidad enológica como de su capacidad de narrar una historia coherente de origen, identidad y futuro compartido.