El vermú —también escrito vermut y conocido internacionalmente como vermouth— atraviesa una nueva edad de oro. Lo que durante décadas fue un aperitivo popular servido con sifón en bodegones y mesas familiares atraviesa un proceso de premiumización, impulsado por productores que vuelven a poner en el centro al vino, los botánicos y el origen.
Su historia tiene tantas versiones como etiquetas hay detrás de una barra. Desde el llamado “vino hipocrático” del siglo V a.C. —una maceración de ajenjo usada con fines medicinales— hasta su consolidación en la Europa del siglo XVIII, la bebida recorrió un largo camino antes de llegar a la mesa.
En un principio, Francia e Italia se repartieron el mercado: los galos con estilos blancos y más secos y los italianos con tintos dulces y especiados. Así surgieron nombres como Carpano, Cinzano y Martini, que supieron industrializar el proceso y convertir un remedio terapéutico en un rito social. En paralelo, etiquetas como Carpano Antica Formula (Italia) o Lillet (Francia) —famoso por ser el ingrediente del Vesper Martini de James Bond, aunque algunos autores afirman que no es un "vermú oficialmente"— mantuvieron la bandera de la alta gama con producciones más limitadas y recetas complejas.

En Cataluña, la apuesta fue similar. Mientras la industria buscaba volumen para despacho rápido, casas como Perucchi (1876) e Yzaguirre (1884) hicieron del método tradicional su leitmotiv. Fueron de las primeras en entender que la selección minuciosa de botánicos y la crianza en barricas podían elevar al vermú a la categoría de producto de culto.
A finales del siglo XIX, la gran inmigración española e italiana trajo consigo el ritual del aperitivo y convirtió al vermú en una costumbre cotidiana, tanto en los hogares como en restaurantes y bodegones.
Casas europeas como Cinzano y Martini no tardaron en advertir el potencial del mercado argentino y cruzaron el Atlántico para producir también en el país, aprovechando la calidad de su base vínica.
Así nació una escena que marcaría la cultura gastronómica local durante décadas: la botella de vermú sobre la mesa, el sifón de soda al lado y una liturgia sencilla que convirtió al aperitivo en parte del paisaje familiar.
Con el paso del tiempo, esa tradición pareció diluirse frente al avance de otras bebidas y nuevos hábitos de consumo. Pero en los últimos años el vermú empezó a escribir un capítulo distinto.
El nuevo paradigma: identidad y calidad
Hoy el vermú vive una reinvención basada en la calidad. El quiebre es técnico: la categoría pasó de una fórmula industrial diseñada para el consumo masivo a un producto de autor donde la uva es la gran protagonista.
"Nosotros no teníamos recetas ni fórmulas del abuelo”, explica Martín Auzmendi, uno de los creadores de La Fuerza. “Queríamos hacer un vermú bueno y rico a partir de productos que nos gustaran. Si buscábamos una identidad local, teníamos que partir de vinos y hierbas locales para lograr, ante todo, un producto de calidad".

La estrategia de La Fuerza no solo apostó al líquido. También se validó con la apertura de un bar propio en una esquina porteña que hoy es referencia. "Abrimos la ventana y esperamos que a la gente le guste. No hubo estudio de mercado, sino un producto en el que creíamos. Ahí el público encontró algo diferente que ayudó a vencer la resistencia que todavía existía alrededor del vermú".
Para Auzmendi, el punto de inflexión fue el trabajo pedagógico sobre el origen del producto: "Fue clave volver a hablar de qué está hecho el vermú. Mucha gente no sabía que la base es el vino. Para que lo entendieran, hubo que volver a poner en valor esa materia prima: usar vinos terminados, de alta calidad, que expresen la fruta, el varietal y el lugar".
De un día a toda una semana

Si miramos el calendario, cada 21 de marzo se celebra el Día del Vermut. Pero esta bebida centenaria parece haberse cansado de un solo brindis y decidió que 24 horas era poco. Por eso, cada año —del 16 al 22 de marzo en 2026— bares y restaurantes abren sus barras para celebrar en "La Semana del Vermú" a una categoría que volvió a ocupar un lugar central en la cultura del aperitivo y hoy seduce a los bisnietos de quienes trajeron la tradición en barco.
No se trata de nostalgia: es la confirmación de que un clásico puede reinventarse. Y que, más de un siglo después de cruzar el Atlántico, el vermú vuelve a encontrar su lugar en la mesa argentina, ahora con la ambición de etiqueta premium.