Un artículo de un diario inglés puede despertar una fiebre que en la Argentina puede llegar a un punto épico en este 2026. Para encender esa ilusión, la editora Alison Boshoff, editora en el diario inglés Daily Mail, fue directo al hueso: la energía de Keith Richards, a los 82 años, ya no alcanza para sostener un mes de ensayos y otros tres de escenarios, aeropuertos y hoteles, y por eso “se está aceptando en silencio” que la era de las giras globales podría haber llegado a su fin.
En lugar de esas maratónicas e históricas giras, los Rolling Stones estarían diseñando tres mini‑residencias para este verano boreal —Reino Unido, Estados Unidos y Argentina— con un esquema de una semana de shows y dos de descanso, una suerte de traje a medida para que los Stones sigan tocando sin traicionar su propia biografía ni su estándar de show.
Que Buenos Aires figure en esa lista corta no es un capricho: es la consecuencia de 15 conciertos, más de 900.000 fans y tres décadas en las que la Argentina se convirtió, para los Stones, en algo más que una plaza: en una segunda casa rockera.

Del tour maratónico a la residencia de lujo
Pocas bandas hicieron giras más grandes, mejores y más lucrativas que los Rolling Stones. Más de 2.000 conciertos desde 1963, 15 shows en Argentina que convocaron a más de 900.000 fanáticos entre 1995, 1998, 2006 y 2016, y una última escala local en el Estadio Ciudad de La Plata, con tres recitales y más de 150.000 personas solo en febrero de 2016. Pero, a los 82 años, el negocio también se mide en energía física.
Según reveló la periodista inglesa, puertas adentro del entorno stone se “está aceptando en silencio” que los días de giras globales podrían haber quedado atrás. El plan de un tour europeo completo para presentar el nuevo álbum de estudio habría sido descartado, y en su lugar se negocian tres mini‑residencias para este verano europeo y una sería en Argentina, “donde tienen una base de fans enorme y ávida”.

El formato previsto es casi de alta costura del vivo: una semana “on” y luego dos semanas de descanso entre fechas. La reingeniería logística no tiene que ver con falta de demanda ni de ganas de tocar. La razón es más simple y más humana: Keith Richards. El mítico guitarrista, también de 82 años, vive “tranquilo (en la mayor parte) en Connecticut con su esposa Patti”, con escapadas ocasionales a su casa en Turks and Caicos, y —según las fuentes citadas— “no podía enfrentar las exigencias de otro tour global, largo y recaudador”.
Un insider lo resumió sin rodeos: “Keith simplemente no quería asumir un mes de ensayos y luego tres meses en la ruta”. Mick Jagger, en cambio, “hubiera disfrutado cada minuto”, pero “no había ninguna posibilidad de hacerlo sin ‘Keef’”. El rock business, a esta altura, es también un delicado ejercicio de fidelidad interna.
Sphere en Las Vegas o Monumental en Buenos Aires
Entre las residencias, la más comentada del lado norteamericano es la posibilidad de un desembarco en la Sphere de Las Vegas. “Hay una ‘gran oferta’ sobre la mesa”, según una fuente estadounidense citada por Boshoff, pero el cálculo no es tan rockero: los costos de montaje en la arena inmersiva son altísimos y la cantidad de asientos, relativamente baja. Traducido en lenguaje Forbes: el prestigio y el buzz están garantizados, el margen financiero no tanto.
En el sur del continente, la ecuación es distinta. La pista -un posteo del 25 de octubre pasado en la cuenta oficial de la banda- del clip con la lengua en celeste sobre blanco no fue casual. En X (3,3 millones de seguidores) e Instagram (4,1 millones), los comentarios argentinos se multiplicaron al instante, con teorías, memes y un factor que cualquier brand manager envidiaría: la banda londinense no solo tiene una hinchada, tiene una tribu urbana local que tiene su nombre, los “rolingas”.
Nada de fenómenos modernos tipo fanbase, en Argentina ser fan de los Stones es una identidad transgeneracional. De ahí que la sola insinuación visual disparara el recuerdo de cuatro visitas históricas (1995, 1998, 2006 y 2016), 15 shows, casi un millón de entradas vendidas y un relato que mezcla rock, economía informal y sociología pop. Que los Stones consideren a Argentina como una de las tres plazas para residencias, junto a Reino Unido y Estados Unidos, no es algo menor: es una forma de reconocer que, para ellos, Buenos Aires pesa casi como una capital global del rock.
Cuando el negocio del vivo se cruza con la biología
La última gira completa de la banda, con el álbum Hackney Diamonds, fue en 2024 e incluyó 20 conciertos en Norteamérica (EE.UU. y Canadá). Vendieron 880.000 entradas y generaron más de U$S 235 millones, con una producción que requirió ensayar más de 60 canciones de su catálogo. Nada mal para un grupo al que algunos, con cariño ácido, rebautizaron hace años como los “Strolling Bones”.
En 2019, antes del tour No Filter, Keith Richards bromeaba sobre la edad del combo: “Hasta ahora, nadie está tambaleando y cayéndose”, dijo. “Todos están en una forma notable y, sí, mientras eso se mantenga, creo que vamos a seguir”. Ronnie Wood coincidió: “Ninguno de nosotros puede creer realmente que nos den el alta… Mi doctor, sin sobornos, dice que estoy bien”.
Después vino la pandemia, la interrupción de la gira y, en 2021, la muerte de Charlie Watts. Steve Jordan se sumó para completar ese tramo y también fue el baterista en la gira estadounidense de 2024. Para una parte de los fans, ese fue el límite emocional: algunos sintieron que era tiempo de que los “Strolling Bones” dejaran de pasear. El negocio dijo otra cosa.
Hoy, la decisión de pasar de tour a residencias parece un intento de encontrar un punto medio: seguir tocando, seguir facturando, pero con menos kilómetros y más control sobre el cuerpo. Es, si se quiere, la versión que propone el rock del “downsizing” corporativo.
Argentina, la banda sonora de una generación
La pregunta, entonces, es qué significa para Argentina este posible regreso en formato residencia. Más allá del impacto económico —hoteles llenos, vuelos, consumo, sponsors, turismo de rock—, hay un componente simbólico: para una generación, los Stones fueron el rito de paso entre la adolescencia y la adultez.

En 1995, su desembarco en River fue leído como “una noche de bodas” entre el rock global y un país que salía de la lógica de shows esporádicos y empezaba a jugar en la liga de las grandes giras. Treinta años después, la posibilidad de que los Stones vuelvan, ya octogenarios, en un formato más acotado, habla también de cómo envejecen los ídolos y sus públicos.
Para Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood, Argentina no es solo una plaza rentable; es el lugar donde pueden seguir tocando ante multitudes que los tratan como si el tiempo no hubiera pasado. Para los fans locales, es la chance de ver, quizá por última vez, a una banda que convirtió la palabra “tour” en sinónimo de espectáculo total.
Si los rumores que llegan de Londres se confirman, Buenos Aires tendrá otra cita con su historia stone. Y si no, siete segundos de una lengua en celeste y blanco habrán sido suficientes para recordarnos que pocas marcas en el mundo —ni en la música ni en los negocios— pueden encender tanto deseo con un solo gesto visual. Los Rolling Stones, en eso también, siguen jugando en una liga en la que solo pueden jugar solo ellos.
Fuente: Daily Mail, Rolling Stone