Pablo y Federico Atchugarry: la historia del MACA contada por sus protagonistas, anécdotas y desafíos
Un diálogo entre generaciones sobre cómo una idea inicial se convirtió en un proyecto cultural de escala internacional. Decisiones clave, aprendizajes del proceso y los retos de materializar una visión ambiciosa que cruza arte, técnica y gestión.

El MACA es bastante más que un museo. Estrictamente, es el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry, pero engloba familia, amistad, cultura, desafíos y oportunidades. La idea de su construcción nació en un café de París y hoy es sinónimo de arte en Uruguay; recibe exposiciones que posicionan al país al primer nivel mundial y mira al futuro. Un poco en broma y un poco en serio, se proyecta a 5.000 años.

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Inaugurado en el verano de 2022, el MACA se venía gestando desde 2018. La idea surgió de la charla de dos amigos uruguayos, renombrados creadores: el artista Pablo Atchugarry y el arquitecto Carlos Ott, que comían ostras, pensaban en nuevas creaciones y se propusieron construir un museo. 

Tiempo después, Ott, multipremiado a nivel global, llegó al lugar en el que hoy se erige el museo e hizo una serie de dibujos y todo se encaminó. “Entonces, me pareció lo lógico que la empresa de familia, Atchugarry Construcción, que fundaron Alejandro con mi padre, era la que tenía que hacer el proyecto que tiene todo un color familiar”, dijo Pablo Atchugarry en el marco de la tercera edición de Forbes Real Estate Summit.

“Me junté con Carlos Ott, vimos ideas para hacer un museo. Reúnanse con él y después vemos cómo seguimos, cómo se puede hacer”. Ese mensaje vía telefónica fue el puntapié inicial del MACA. “Fue un desafío gigantesco”, contó el ingeniero Federico Atchugarry, hoy socio de la empresa constructora. “Con mis primos —también socios— no esperábamos que tuviese esa magnitud, no sabíamos de la idea que tenía Pablo en su mente, ni lo que quería crear Carlos”, señaló.

“Tan es así que siempre recuerdo una anécdota del día en que Carlos nos presentó el proyecto, allá por junio del año 2018. Fuimos a una reunión de trabajo pensando que íbamos a encontrar un proyecto con ciertas particularidades, pero dentro de lo que ya estaba construido en la Fundación Pablo Atchugarry. Llegamos a una oficina en la que no había nadie, solo estábamos Gastón (mi primo), unos planos en papel y yo. Lo primero que pensé fue que eso no era lo que teníamos que hacer. ‘Esto tiene que ser un proyecto para el exterior, una terminal de un aeropuerto’, dije. Hasta que llegó Carlos y nos indicó: ‘Bueno, esto que está acá es lo que tienen que hacer’”, relató.

De esa forma empezó el viaje, que Federico resume como “muy desafiante, pero muy interesante desde todo punto de vista y muy enriquecedor”.

Los retos de la madera y los 5.000 años

Gracias a la construcción del museo, la firma Atchugarry Ingeniería en Madera no solo se constituyó como tal, ya que hasta ese entonces era parte de la empresa familiar de construcción, sino que acuñó su identidad propia en cuanto a la creación en madera. 

“El MACA nos impulsó a esforzarnos para ver cómo podía ser viable esa construcción y en esa investigación que realizamos para ver cómo se podía construir ese diseño tan complejo geométricamente que habían pensado Pablo y Carlos, fue que encontramos la madera como aliado principal”, recordó Federico. @@FIGURE@@

El principal desafío se planteó con la sala principal del museo, que tiene una cubierta de doble curvatura. “Dio mucho trabajo para proyectarla y ver cómo se podía materializar”, agregó el ingeniero. 

“En eso de encontrar la madera, hubo muchas personas que tuvieron que ver. Una de ellas fue una ingeniera española que estuvo radicada muchos años aquí en Uruguay y en mis años de estudio en la facultad me mostró lo que se podía hacer con madera, que ya se estaba haciendo en muchos países de Europa, en América del Norte y que aquí en Uruguay era totalmente desconocido”, recordó. 

Durante el proceso hubo otros materiales posibles, pero por varios aspectos la madera terminó de convencer a la familia Atchugarry. Pablo contó la anécdota que marcó el camino: “Le pregunté a la ingeniera: ‘¿Cuánto dura esta estructura, este museo hecho en madera? Las cosas que duran menos de 5.000 años me preocupan’, le dije y ella respondió: ‘No te preocupes’”.

También el tipo de madera con la que se hizo el MACA tiene una historia que contar. Es de eucalyptus grandis, es decir, madera nacional, pero que a la vez viajó a Europa para recibir un tratamiento especial. 

“Fue producida por Urufor y fue una apuesta enorme de Pablo, de Carlos y de todo el equipo”, recordó Federico. El escultor contó el porqué: “La ingeniera nos dijo que esta madera tiene la dureza del roble y además tiene un color extraordinario. Pero también entra la parábola de aquellos uruguayos que han ido al exterior y que después vuelven. Entonces, así fue la idea de la madera, que nació en Uruguay, fue a Francia para el proceso de elaboración y volvió al país”.

Una obra que no termina, como la familia

Sumado a la construcción del museo en sí, el MACA tiene un armado pensado al detalle y ejecutado por Pablo, que contó: “El paisajismo, las obras, cada plantita, ahí yo fui decidiendo dónde ponerlas, al igual que los laguitos y las esculturas, que son más de 75, de diferentes autores. Todo eso se fue transformando en una gran obra, que es la más completa que he hecho”. 

El artista considera al museo como una obra coral, ya que está su impronta, pero además la de los escultores que exponen, la de los arquitectos e ingenieros que erigieron la construcción y también “el ser humano que lo visita”. “Esos caminitos que se ven por ahí en el medio, cada cosa fue pensada a lo largo de años, está siempre en continuación”, agregó. @@FIGURE@@

Así como el museo tiene su identidad, el apellido Atchugarry es un sello en Uruguay y así lo viven. “Es un apellido de gran unidad familiar”, dijo Pablo y recordó a su padre, a su abuelo, a Alejandro, su hermano ya fallecido, que fuera ministro de Economía durante los años 2002 y 2003. “Y ahora les toca a ellos, pero creo que no es un peso, sino una responsabilidad”, afirmó.

Federico está de acuerdo y lleva su apellido con orgullo. “Sabemos que hubo personas que ya no están y otras que siguen estando, que le aportaron mucho al Uruguay, que siempre trataron de dar lo mejor de sí, haciendo sacrificios para tratar de que este Uruguay esté lo más arriba posible y que la gente pueda estar lo mejor posible”, resumió.

“Es muy gratificante, pero también genera responsabilidad, porque queremos seguir haciendo las cosas bien. Tenemos espejos donde mirarnos y tenemos el rumbo marcado, pero sin perder la impronta personal. O sea, cada uno en lo suyo y siendo fieles a ese estilo, honestos con las raíces familiares”, puntualizó.