2026 vs. 2016: una década después, muchas brechas de género siguen intactas
Carmen Correa CEO de Pro Mujer
Carmen Correa CEO de Pro Mujer
Diez años pueden transformar industrias enteras. Entre 2016 y 2026 la tecnología redefinió la forma en que trabajamos, nos informamos y nos vinculamos. La digitalización avanzó a una velocidad impensada, surgieron nuevas formas de empleo y la innovación se convirtió en motor de competitividad. Sin embargo, cuando observamos qué cambió en la vida de las mujeres en América Latina durante ese mismo período, el balance es mucho menos alentador.
En 2016, el 54% de las mujeres participaba del mercado laboral. En 2026, esa cifra es 53,7%. Una década después, prácticamente no hubo avances. La participación económica femenina permanece estancada, mientras las economías enfrentan desafíos que requieren más talento, no menos.
La brecha salarial pasó de 22,7% en 2016 a 19,8% en 2026. Si bien hay una leve mejora, el ritmo es insuficiente. Las mujeres siguen ganando, en promedio, una quinta parte menos que los hombres por el mismo trabajo. Esa diferencia impacta en su capacidad de ahorro, inversión y construcción de patrimonio a lo largo de toda la vida.
La informalidad también creció. Hace una década, 41 millones de mujeres trabajaban en empleos informales en América Latina. Hoy son más de 50 millones. Detrás de ese número hay precariedad, ausencia de protección social y mayor vulnerabilidad frente a crisis económicas o sanitarias.
En el mundo emprendedor, la historia tampoco cambió lo suficiente. En 2016, siete de cada diez empresas lideradas por mujeres no tenían acceso a financiamiento. En 2026, siete de cada diez siguen sin el capital que necesitan. Sin crédito, sin inversión y sin redes de apoyo, los negocios difícilmente pueden escalar y generar empleo formal.
El problema no es el paso del tiempo. Es la falta de decisiones estructurales, inversión sostenida y voluntad política para transformar sistemas que continúan reproduciendo desigualdades. América Latina no puede aspirar a crecer de manera sostenida si mantiene fuera del sistema productivo pleno a más de la mitad de su población.
Desde Argentina, esta conversación es especialmente relevante ya que comparte los desafíos regionales: alta informalidad, brechas de ingresos, sobrecarga de tareas de cuidado y limitado acceso a financiamiento para mujeres emprendedoras. Por ejemplo, según INDEC, en el tercer trimestre de 2025, las mujeres enfrentan una informalidad del 39,3% (vs. 36,6% hombres), y la brecha salarial subió a 27,6% en ingresos promedio ($804.753 mujeres vs. $1.112.200 hombres). Pensar la igualdad de género como una agenda regional permite comprender que no se trata de casos aislados, sino de un patrón estructural.
La evidencia es clara: cuando las mujeres acceden a recursos, salud, educación y financiamiento, las economías crecen, las comunidades se fortalecen y las democracias se consolidan. La igualdad de género no es solo una cuestión de justicia social; es una estrategia de desarrollo.
En Pro Mujer trabajamos para cerrar estas brechas en América Latina, este año impulsamos el GLI Forum Latam, totalmente enfocado en movilizar la inversión en mujeres y la adopción de la perspectiva de género como un mecanismo efectivo para avanzar hacia la igualdad e impulsar el desarrollo económico de la región. En 2026, el Foro se llevará a cabo en Perú, reuniendo a líderes del sector público, privado e inversor para acelerar soluciones innovadoras que reduzcan brechas estructurales.
Si algo nos muestra la comparación entre 2016 y 2026 es que el progreso automático no existe. Las transformaciones reales requieren intención, coordinación y recursos. El tiempo pasó. La desigualdad no. La pregunta es si, de cara a la próxima década, vamos a aceptar la inercia o a tomar decisiones que cambien definitivamente la historia.
*La columna fue escrita por Carmen Correa, CEO de Pro Mujer