Julian Hayes II Colaborador
Shakespeare escribió que el mundo entero es un escenario. En su versión corporativa, los ejecutivos ocupan el lugar de los directores: administran la producción, absorben la presión y sostienen la función en marcha, sin importar qué ocurra detrás del telón.
Ahí aparece el problema. Las cualidades que definen a un gran ejecutivo son, muchas veces, las mismas que preparan el terreno para un declive biológico lento, silencioso y casi invisible.
Ese riesgo oculto suele pasar desapercibido porque, desde afuera, todo parece funcionar: la empresa aumenta sus ingresos y su participación de mercado. Sin embargo, el costo lo paga el operador, empujado por tres rasgos específicos.
Los ejecutivos tienen una alta tolerancia al estrés
La capacidad de trabajar bajo presión es una de las cualidades más valoradas en el liderazgo ejecutivo. El directorio la busca, los inversores la esperan y los equipos se benefician de ella. Los ejecutivos que la tienen en abundancia suelen ascender más rápido y llegar más lejos que sus pares.
Pero una alta tolerancia al estrés también tiene un lado oscuro que rara vez aparece en las evaluaciones de desempeño.
El cortisol, la principal hormona del estrés en los líderes, está preparado para responder a amenazas de corto plazo. Sin embargo, cuando se mantiene elevado de manera crónica, se transforma en un acelerador silencioso. Un amplio estudio poblacional publicado en BMC Cardiovascular Disorders reveló que esa elevación sostenida del cortisol se asoció de forma significativa con hipertensión, colesterol alto y marcadores inflamatorios elevados.
La variabilidad de la frecuencia cardíaca (VFC) cuenta una historia similar. Una investigación publicada en Frontiers in Neuroscience descubrió que la reducción crónica de la VFC es un fuerte predictor de enfermedades cardiovasculares. El estrés psicológico prolongado antecede al desarrollo de estos marcadores.
De esta forma, una alta tolerancia al estrés les permite a los ejecutivos mantener el funcionamiento incluso mientras sus cuerpos acumulan daño de manera sostenida. Pero, como una presa expuesta a una presión prolongada, el punto de ruptura puede llegar de golpe y sin aviso.
Los ejecutivos tienen grandes ambiciones
La ambición es el motor de la mayoría de las carreras, los logros y las empresas excepcionales. Empuja a los líderes hacia metas más exigentes y riesgos más altos. También trae más responsabilidad y más productividad. Sin ella, las empresas no se construyen.
Sin embargo, la ambición tiene un costo fisiológico que no siempre resulta evidente.
Un ejecutivo ambicioso rara vez permite que el cansancio lo frene. Las presiones y expectativas del puesto, sumadas a la ambición, bloquean las señales que, en otras condiciones, favorecerían el descanso y la recuperación.
Con el tiempo, según reveló una revisión publicada en GeroScience, la sobreactivación crónica del sistema nervioso simpático, básicamente un estado sostenido de alerta permanente, puede contribuir a la hipertensión y a problemas cardiovasculares y cognitivos. Para los ejecutivos que casi nunca bajan el ritmo de trabajo, esto representa un riesgo cada vez mayor para ellos, sus organizaciones y sus vínculos más cercanos.
Los ejecutivos tienen una alta capacidad de compensación
De las tres características, esta es la menos intuitiva. En teoría, una alta capacidad de compensación supone más recursos. En la práctica, también implica más herramientas para contrarrestar, esquivar o tapar las señales de alerta fisiológicas, con el mismo éxito que las provocó.
La abundancia de recursos no garantiza, por sí sola, mejores resultados de salud. Para muchos líderes, solo facilita postergar el problema. Medicamentos costosos, técnicas superficiales de biohacking y servicios personales a disposición ayudan a controlar los síntomas.
No atienden el estrés crónico de fondo que los impulsa. Se programan vacaciones, pero quedan cortas, porque las presiones del sistema siguen intactas. El agotamiento de rebote aparece apenas el líder vuelve a su rutina.
Como cuentan con medios para ocultar o esquivar los problemas, los ejecutivos pueden levantar barreras a su alrededor. También pueden usar esos mismos recursos para vincular de manera proactiva la ambición con el rendimiento, sin sacrificar la biología que sostiene todo lo demás. Sin embargo, tarde o temprano, tienen que pagar las consecuencias.
Las cualidades que forjan grandes carreras y empresas son valiosas, hasta que dejan de serlo. El problema no está en esas cualidades en sí, sino en el descuido constante, y muchas veces involuntario, del propio bienestar del líder.
La presión sobre los ejecutivos no dejó de aumentar. Los líderes trabajan bajo la lupa: tienen más frentes para gestionar y menos margen de error. En ese contexto, el bienestar personal suele ser lo primero que queda relegado.
Cada factura tiene una fecha de vencimiento. Postergar el pago no elimina el costo; al contrario, aumenta los intereses. Para los ejecutivos, esa cuenta se paga con una caída de la función cognitiva, más fatiga y menor concentración. Las consecuencias superan al individuo, porque una organización solo puede llegar hasta donde lo permita la biología de la persona que la conduce.
En el teatro existe una regla de oro: el espectáculo debe continuar. Sin embargo, la decisión más importante que pueden tomar los ejecutivos de producción es asegurarse de que el director tenga una trayectoria sólida y duradera.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.