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Forbes Argentina
Liderazgo

La gestión del tiempo y la vigencia: ¿Por qué nos hace llorar el hat-trick de un Messi de casi 39 años?

Esteban Talpone

Lionel Messi
Photo by Michael Steele/Getty Images)
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A las puertas de las cuatro décadas y en su sexto Mundial, el capitán argentino firmó un debut de leyenda en Kansas City. Una lección sobre cómo la madurez transforma el talento en sabiduría estratégica y por qué su vigencia nos conecta con nuestra propia vulnerabilidad frente al paso de los años.

17 Junio de 2026 09.55

Hay algo profundamente conmovedor en ver a un hombre desafiar las leyes de la naturaleza y del almanaque en plena era de la competencia física siempre al límite. El debut de la Selección Argentina en Kansas City no fue solo un estreno mundialista ideal desde el resultado; fue, ante todo, un manifiesto sobre la resistencia del espíritu y el desafío a los límites naturales. A los 38 años, y con la cinta de capitán más firme que nunca en su sexto Mundial, Lionel Messi convirtió un partido de fútbol en un ensayo sobre la vigencia absoluta. El mismo lo explicó después del show que dejó a los argentinos con los ojos abiertos hasta avanzada la madrugada: “Estamos mirando la serie de Rafa Nadal y me identificó mucho con él, siempre quiero dar al máximo y sentirme bien, disfruto de esa manera”.

Lionel Messi
Lionel Messi en el debut de la Argentina. (Photo by Michael Steele/Getty Images)


El hat-trick ante Argelia no se gestó desde el desborde vertiginoso de los veinte años, sino desde la maestría de quien aprendió a administrar su energía como el activo más escaso y valioso de una organización. Hoy Messi juega con el mapa de la cancha en la cabeza. No necesita correr los noventa minutos porque sabe, con precisión quirúrgica, exactamente dónde pararse, en qué segundo acelerar y cuándo asestar el golpe definitivo. Es la evolución final del líder: de ejecutor implacable a estratega supremo.
Pero la vibración que se sintió en las tribunas del Arrowhead Stadium, y que se replicó en millones de pantallas a miles de kilómetros de distancia, no respondió únicamente a la frialdad de las estadísticas. Aunque el capitán alcanzó los 16 goles en Copas del Mundo —igualando al histórico Miroslav Klose— y celebró su partido número 200 con la camiseta albiceleste, la emoción colectiva que brotó tras el tercer gol tuvo una raíz mucho más íntima. Nos conmueve Messi porque, al verlo brillar en la plenitud de su madurez, nos enfrentamos a nuestros propios balances frente al paso del tiempo.
En un mundo corporativo y social obsesionado con la novedad inmediata y la juventud eterna, la figura de Messi al borde de las cuatro décadas se erige como un monumento a la resiliencia permanente y al valor de la experiencia. Su fútbol actual es generoso, despojado de egoísmo, enfocado en potenciar a los jóvenes que hoy corren por él (¡o lo miran desde el banco de suplentes esperando correr por él!)  y a los que él asiste con la precisión de un orfebre. Ya no tiene nada que demostrar, y es precisamente esa libertad espiritual la que vuelve a su juego algo épico y, por momentos, inexplicable en término de humanidad. Hay que decirlo: si nadie habla de Dios refiriéndose a él, es sólo porque Diego Maradona llegó antes al mito para recoger ese adjetivo y apropiárselo para siempre.

Lionel Messi ante Argelia
Lionel Messi ante Argelia (Photo by Michael Steele/Getty Images)


Pero cuando promediaba el segundo tiempo y el estadio entero se unió en una ovación que parecía detener el tiempo, quedó claro que la audiencia no solo aplaudía tres puntos en la fase de grupos. Había allí una gratitud por el privilegio de ser contemporáneos de un atleta que se niega a que el almanaque decida su retiro. El hat-trick en Kansas City nos recuerda que la verdadera excelencia no tiene fecha de caducidad y que, cuando el talento se combina con la sabiduría y el compromiso emocional, los años no restan: multiplican.

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